LOS SANTUARIOS DE LA SUERTE

POR JOSÉ MARÍA SUÁREZ GALLEGO, CRONISTA OFICIAL DE GUARROMÁN (JAÉN)

Mi contertulio el viejo “Espantanublos” –catedrático en averiguarle las revueltas al oraje— me decía el otro día que los esfuerzos realizados por el ser humano para mitigar los efectos acongojantes de todo lo malo que pasa en el mundo últimamente, podrían resumirse en una lacónica sentencia de gramática parda: “Las penas con pan son menos”.

Hedonismo puro, “Espantanublos”, le dije, hedonismo puro para paliar la resignación con la que nos han enseñado a asumir que a esta vida hemos venido a sufrir y a penar, y que para pasarlo bien ya tendremos una eternidad en la otra vida donde nos desquitaremos de lo lindo.

Pese a ello, y por si las moscas, la mayoría de las veces desoímos la voz de la más piadosa resignación y tratamos cada vez que podemos que el paraíso prometido se nos haga realidad en este “valle de lágrimas”, sin necesidad de tener que esperar a la otra vida –que dicho sea de paso nos llegue cuanto más tarde mejor–. Tal vez ahí resida la explicación de por qué en estos tiempos y con mayor frecuencia encontramos más gente haciendo cola ante las administraciones de lotería para comprar décimos para el sábado, para el jueves, bonolotos y “primitivas” con bote, que ante las puertas de las iglesias para encomendarse a Dios y a su corte celestial.

Hemos hecho del mito de la suerte un dios menor a quien encomendar nuestras frustraciones cotidianas, después de que cada Navidad nos haga creer que sólo soplando burbujas podemos hacer realidad nuestros sueños.

A la vista de los hechos, por contradictorio que nos parezca, no hay mayor maldición que se le pueda desear al peor de los enemigos que aquella de: “Permita Dios que se te hagan realidad todos tus sueños”, porque casi siempre, una vez que son logrados, acabamos siendo esclavos de ellos. Bien que nos lo explicaba con su peculiar soniquete de maestra de toda la vida la poeta Gloria Fuertes cuando nos decía que ella había conocido gente tan pobre que sólo tenía dinero.

No obstante, mi amigo “Espantanublos” es de los que se aprendió aquella canción de Facundo Cabral que afirma: “Pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy”, la cual tarareamos algunas veces mientras hacemos cola ante los santuarios de la suerte.

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