EL ALMA DE TACANDE

POR MARÍA VICTORIA HERNÁNDEZ, CRONISTA OFIICAL DE LOS LLANOS DE ARIDANE (CANARIAS)

«Sucedió en treinta de enero, allá en la remota etapa de mil seiscientos veintiocho un hecho que al orbe pasma», relata el romance de la aparición del Alma de Tacande, en el actual municipio de El Paso, que extiende su término por montes donde las cumbres atraviesan mares de nubes y la bruma evanescente de los vientos alisios.

Según la tradición más extendida, la casa, recientemente pasto del fuego, donde habitó el alma es la que se encuentra próxima a la montaña de la Asperilla, frente a la montaña de Miguel Sosa, entre las que discurre el camino a Enrique. En esa lejana época, el monte circundaba la rica hacienda de Tacande. Viviendas de oscura piedra seca se confundían con la espesa vegetación. La casa, de unos veintidós metros de largo y unos seis de ancho y dos de altura, guarda aún hoy la leyenda de un alma en pena que quedó atrapada entre sus paredes y techo a cuatro aguas de teja canaria, con sólo cuatro huecos, una puerta por el poniente, otra por el sur y a los dos lados de esta dos pequeños postigos. Junto a la casa, un gran aljibe en ruinas.

Cuentan que durante ochenta y siete días el Alma de Tacande deambuló su pena y su pecado. Se presentaba en esta casa a arrullar a un niño y la cuna se movía sola, se oían dulces cantos y voces que procedían de persona no visible… y los desconocidos lloros de un niño recién nacido. Otras noches se escuchaban tamborcitos, panderos y castañuelas y cantaban voces de decenas de mujeres invisibles al son del ancestral villancico a lo divino: «María lo envuelve, José lo arrulla; | por ser carpintero, el niño no tiene cuna. | María lo envuelve en sus lindos cantares».

El 26 de abril, el Alma habló y «descargó». Pidió que subiera desde la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, en Los Llanos de Aridane, fray Juan Montiel, confesor que ayudaba en el curato del lugar, hasta la casa de la hacienda de Tacande, haciéndole saber que no tuviese temor, que ella era alma cristiana. El fraile cogió una estola, se puso un relicario y se trasladó a caballo hasta el lugar.

Llegaron a Tacande entre la una y las dos de la tarde. El Alma recibió al fraile diciéndole «seya muy bien venido». Continuó pidiéndole perdón por darle tanto trabajo, agradeciéndole con un «Dios Nuestro Señor se lo pagará». Lo mandó a descansar y a merendar, a lo que el fraile se negó. Entonces el Alma le dijo: «Ya se acerca la hora, trate V. R.ª de echar asperges y decir Salmos, para ahuyentar el malo, que quiero declarar quién soy». El fraile así lo hizo y le preguntó al Alma: «Hija mía, ¿apartóse ya el espíritu malo?», respondiendo el Alma: «Ya se apartó de mí». Contestó el fraile: «Pues ya podréis decirnos quién sois y qué es lo que queréis» y el Alma dijo: «Soy Ana González, la heradora (sic)»; descubriéndose en ese momento que era familia de los moradores de aquella casa. Había muerto de parto, dejando a un recién nacido al que le pusieron el nombre de Salvador. Ella pidió que lo trajeran y le susurró: «Hijo, pedazo de mi corazón, chiquito y por criar». Le suplicaron calmarse y «al punto, sosegó su llanto».

Continuó el Alma hablando, pidiendo poder conversar con su sobrina Juana Gutiérrez. Le recordó una historia: «Te pregunté si estabas preñada, como decían, y me respondiste que no estabas tal, que era testimonio que te levantaban. Yo no le di crédito y tuve para mí que estabas preñada, y lo dije». Habiendo confesado su culpa, se le mandó «pidiese perdón delante de las personas a quien yo lo había dicho, y no lo pedí. Mándame Dios Nuestro Señor te pida perdón: perdóname Juana Gutiérrez, por el amor de Dios», repitiendo esta frase por tres veces. Y Juana Gutiérrez la perdonó.

Después de esto, Ana González rogó al fraile que tomara pluma y escribiera que debía tres romerías: una a la «Bienaventurada Santa Lucía, por mi hija María, que nació con un grano en un ojo y la prometí llevar a su bendita casa con una candela de un rial; mando que la dcha, mi hija vaya y cumpla le esta romería y vaya con ella en mi lugar mi hija Beatriz»; una segunda «al Bienaventurado San Blas» por su hijo Luis, que había estado enfermo de una «esquencia» [«amigdalitis»]; y, por último, otra romería al «Bienaventurado San Amaro por mi hijo Juan que cayó de una pared y se desconcertó», pidiendo las cumplieran, mandando además se diera medio real de aceite a la Virgen de las Angustias, a la que debía este voto.

Finalmente, mandó el Alma dar «medio tostón a la mujer de Domingo Francisco» por unas tijeras nuevas que le había prestado. Se las había perdido y nunca se las pagó. Terminado esto, el Alma confesó no tener más que decir. El fraile le preguntó hacia dónde se dirigiría ahora y ella le respondió que al Purgatorio. El clérigo le inquirió cómo lo sabía, a lo que respondió que su ángel se lo había dicho. Entonces fray Juan Montiel le pidió que diera el nombre del ángel, «que lo quería tener por su devoto y se lo dijo en latín, y lo escribió el fraile, y no pasaron de cinco letras». Los asistentes le preguntaron el nombre del ángel, pero aquel no lo quiso decir. En latín y con cinco letras podría tratarse de Uriel, el arcángel protector de Israel, quien la esperaba a las puertas del Purgatorio. Pero Montiel no quiso revelarlo, acaso por temor a ser tenido por judaizante.

El fraile le pidió una señal delante de todos. Después de despedirse y reclamar perdón, dijo a su hermano Cristóbal González que la perdonara por lo que le había hecho en su casa; y que le mirase por su hijo Salvador, por amor de Dios, y de repente «botó por la cumbrera una piedra, del tamaño de un cuarterón, dentro de la casa, y abrió la puerta de un golpe con mucho ruido, y el fraile cayó del escabel donde estaba sentado».

En el lugar donde cayó la piedra nació el árbol de la paz, un olivo que -según cuentan- fue el primer ejemplar que floreció por aquel pago. Lo cierto es que un olivo viejo y retorcido por la brisa permaneció erguido hasta principios de los años cincuenta del siglo xx entre la casa y el aljibe. Hoy, otros caminantes buscan su rastro en el sobrecogedor lugar, donde el viento y el umbrío siguen recordando y repitiendo los desconsolados cantares de cuna de Ana González, el Alma de Tacande.

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