TRES GUARDIANES PARA FRENAR LAS AGUAS DEL SEGURA • EL TRIUNFO A LA INMACULADA Y LAS ESTATUAS DE SAN FULGENCIO Y SAN PATRICIO CUSTODIARON LA ENTRADA AL MALECÓN EN MURCIA

POR ANTONIO BOTÍAS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA

Portada del Malecón anterior a la actual y antes de recuperar las hornacinas.

A la entrada del Malecón huertano, tras subir las escalinatas que se construyeron para evitar el paso de caballerías, existen dos hornacinas a cada lado de la puerta principal. Hoy están vacías y polvorientas. Pero no siempre fue así. Los murcianos del siglo XVIII pudieron admirar en otras similares las estatuas de San Fulgencio, Patrón del Reino y el Obispado, y San Patricio, Patrón de la ciudad.

Era solo un detalle del gran proyecto de reforma de aquella estructura que hasta entonces había servido, mal que bien, para evitar el embate de las aguas del Segura y que se convertiría, como aún lo sigue siendo, en un paseo para el solaz de los murcianos.

El recordado catedrático Antonio Peñafiel, en un artículo titulado ‘Urbanismo murciano del siglo XVIII: las reformas del Malecón’, dio cuenta de una obra literaria desconocida y que, por suerte, describe el estado del Malecón por aquellos años. Del misterioso documento no se conoce el título ni siquiera el autor, pues falta la portada. Pero sí está registrado en los fondos del Museo de Bellas Artes y fechado en 1737. Su valor radica en que refleja de primera mano cómo había quedado el Malecón tras su reforma que, según asegura, está «ya concluida».

Antes de aquellas obras, una enorme muralla que evitaba que el Segura, tan propenso a inundar la ciudad, siguiera causando estragos. Sin embargo, la dejadez y el empuje de las aguas habían convertido la barrera artificial en algo casi inservible. Basta recordar la riada de 1701, que arrasó el puente de piedra, para comprobar que el río era incontenible.

Y a esa inundación se sumarían otras en 1733. O la crecida de 1736. Menos mal que andaba por Murcia el corregidor Francisco de Luján, quien decidió consolidar el entorno y, como novedad, propuso ensancharlo.

Al proyecto se sumarían otros de no menos interés, como la eliminación del meandro de La Condomina, en 1722, o la iniciativa dirigida por el ingeniero Sebastián de Feringán para desviar las aguas del Guadalentín o Sangonera hasta Orihuela, evitando así no pocos peligros del afluente.

Arreglar el paseo suponía regularlo. Así que en 1737 se promulgaron las Ordenanzas del Malecón, que garantizaban los futuros usos del lugar. Por ello, a menos que cualquiera quisiera enfrentarse a graves multas, quedaba prohibido barrer el paseo, comprobado como estaba que, con el paso del tiempo, disminuía su altura y grosor.

Graves multas

De igual forma, la ordenanza impedía plantar árboles próximos a la muralla o emplear herramientas para remover la tierra de sus cimientos. Ni siquiera estaba permitido el paso de ganados, salvo que cruzaran por los pasos empedrados.

Para hacer cumplir estas normas se nombró un guardia, además de levantar hitas que fijaran la anchura de la obra para evitar mondas y robos del material que la componían. Por descontado, también se penaba algo que, en siglos posteriores, se realizó con total descaro: el causar perjuicio a «las estatuas, pinturas, asientos de piedra y graderíos, empedrados, fachadas y ermitas», según recuerda Peñafiel.

El entorno pronto se convertiría en lugar de esparcimiento de los murcianos. Y muy celebrado. Tanto, que algún autor, como fue el caso de Espinalt en su ‘Atlante español’, llegaría a escribir que «diciendo muchos que no es poco, que no hay en España, otros que en la Europa, y aún otros que no habrá en el mundo cosa que le iguale».

En realidad, lo elevado del terreno, la profusión de árboles en sus márgenes, el sol que podía disfrutarse desde allí en invierno y el fresco de la huerta al atardecer en los estíos convertían el Malecón en cita indispensable para los parroquianos. Desde aquellos bancos de piedra podía contemplarse un espléndido retablo de bancales y barracas, la huerta en toda su plenitud y que parecía desbordarse sobre la ciudad.

La auténtica tierra de María

A estos alicientes se unían otros, como las ermitas del Vía Crucis, la primera de ellas establecida por los franciscanos al comienzo del Malecón, donde también se alzaba su convento y huerta, hoy reconvertida en jardín botánico. Y allí permaneció hasta que una turba de incultos lo arrasó en 1931.

Curiosamente, las tapias del monasterio fueron reedificadas y coronadas de almenas mayores y menores. En las más grandes se pintaron al fresco emperadores, reyes y príncipes; y en las pequeñas florones. Un florón es un adorno hecho a modo de flor muy grande que es utilizado en pintura y arquitectura. El conjunto lo completaba un mural de un jardín con sus cuadros, una hermosa fuente cercada de cipreses, con canalones para verter las aguas del tejado dentro del convento. Las obras permitieron unir con esas tapias las ermitas franciscanas.

Todo aquel esplendor, que caería en el olvido hasta fecha muy reciente, incluía otra construcción de gran predicamento en su época y que, como tantas cosas en esta desmemoriada Murcia, ya nadie ni siquiera recuerda.

Al inicio del Malecón se alzaba un Triunfo dedicado a la Inmaculada, advocación que también dejamos perder a pesar de que fue un obispo de Cartagena, Trejo, quien encabezara la primera embajada a Roma para que se promulgara el dogma. El Triunfo, según las crónicas, constaba de dos gradas de jaspe negro, sobre las que había otra peana del mismo material que soportaba la columna, cuadrada y con capitel de jaspe.

Relata Peñafiel que sobre ella se alzaba un escudo coronado, en mármol blanco, con las armas de Castilla y León al lado de Oriente, y las de la ciudad de Murcia al de Poniente.

A cada lado de los escudos se colocó un ángel con una palma en una mano y en la otra un farol de vidrio, que alumbraba a la imagen. La Purísima era de alabastro, aunque fue pintada al óleo y dorada su peana, armas y adornos del escudo.

El 7 de diciembre de 1736, víspera de su festividad, sería inaugurado el Triunfo que, además de bello, cumpliría otra curiosa función. Así lo aclara el desconocido autor de la obra citada cuando señala que la Purísima «volviéndose al Segura le intima: Hasta aquí llegarás y de aquí no pasarás». Aunque lo cierto es que seguiría pasando, para desgracia de los murcianos.

Fuente: https://www.laverdad.es/

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