EL ESTILO TAMBIÉN CUENTA

POR ANTONIO HORCAJO, CRONISTA OFICIAL DE RIAZA (SEGOVIA)

Ocurre a veces, no muchas pero ocurre, que una rabieta se puede convertir en vesania, en ataque de ira no dominada o en zafiedad, si se hace a bombo y platillo, con la intención de que todo el mundo se entere del tema que lo provoca, la sociedad civil, a la que va dirigido el lamentable mensaje que puede y debe acusar recibo con su propia interpretación. Porque si no la polémica que lo suscita queda coja si se entiende que no ha causado el efecto deseado.

Casi siempre se desvela la información buscando que el fiel de la balanza se incline por quien lo promueve. En política estos aspavientos pueden ser muy graves por el reflejo, o regusto, que dejan en la gente según se lean desde un ángulo u otro de la posición de cada cual. La intemperancia, la deslealtad por interés personal o la rabieta de creerse el ser al que tiene que mimar la familia y se descubre que no es así, cuando le dan a otro la golosina, es causa de una desazón desesperante.

Antes de escribir estas líneas he comentado con amigos, y amigas también, que juicio les merecía la polémica (no hace falta más aclaración sobre ello) que discurre estos días por los medios y la sociedad segoviana, que es la que a nosotros nos interesa y, afortunadamente, el resultado ha sido de total rechazo. La sociedad social segoviana tiene un nivel alto de criterio propio y no se recata en manifestarlo. Casi con unanimidad el resultado ha sido que a nadie le gusta la intemperancia y mucho menos que sea una manifestación pública lo que debe ser dirimido en el ámbito que le corresponde.

Siempre he creído que es bueno analizar con imparcialidad todas las opiniones con la mente clara y sin prejuicios, aplicando el mismo tratamiento a las personas que las expresan. A veces, como ocurre en el caso que nos ocupa, surgen posturas que en lugar de adornarse con virtudes se orlan con ruindad y se nos autopresentan públicamente sin escrúpulos, como vendidos y vendedores, siguiendo la paráfrasis que los segovianos aplicamos a Enrique IV cuando decimos “amado y amador de Segovia”, en este caso como justa definición de un estado anímico compartido.

Sin embargo, lo que ahora comentamos es una rabieta oportunista y mas exhibicionista por el daño que quiere causar que por el fruto que quiere obtener y que, modestamente opino, será difícil de alcanzar con posiciones maximalistas como la expresada. Hay campos personales que conviene aclararlos en la intimidad, antes que airearlos con autohalago, sin querer dejar al lector el remanso de su propio criterio.

Otro ángulo del paisaje es el que mira a la lealtad, que de aquí sale no arañada sino llena de duros cardenales, mataduras y moratones. No hay respeto a la lealtad que se supone asumida durante largo período de tiempo al tratar de imponer la fuerza de la posición personal según la posición que se alcanzó por década de posición adquirida. No cabe duda que una de las cosas que más aprecia el ser humano es la lealtad pero, acaso, también sea, en determinados terrenos, la más maltratada de las virtudes. Hay a quien no le importa utilizar a otros para lo sucio, dejándoles luego a los pies de los caballos si la situación llega al conflicto.

En fin, que la opinión pública, al menos la que suelo frecuentar, está cansada de ser la diana a la que unos y otros dirigen los dardos de sus enfrentamientos. Debemos ir preparándonos para lo que se avecina, que no va a ser moco de pavo. Al tiempo. Y que conste que soy un reverente defensor de la política, desde que mi añorado profesor don José Luis Sampedro y Platón me enseñaron sus virtudes a través del dialogo, no de la trifulca, ni de las pataletas.

Fuente: http://www.eladelantado.com/

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