DESCONOCIDO EN PRIEGO DE CÓRDOBA, TRIUNFADOR EN SAN FRANCISCO

EL CRONISTA OFICIAL, MIGUEL FORCADA, RESCATA LA BIOGRAFÍA DEL PINTOR JOSÉ MOYA DEL PINO, QUE ALCANZÓ EL ÉXITO EN EEUU EN LA DÉCADA DE LOS 20

Moya del Pino, ya en su madurez, posa delante de una de sus obras – ABC

José Moya del Pino. Nombre de galán para un hombre de película. Nacido en Priego de Córdoba en 1891, pero desconocido en su tierra natal. En Estados Unidos, por contra, la biblioteca del Marin Art and Garden Center de la localidad de Ross, al lado de San Francisco, lleva su nombre desde hace décadas y son cientos los turistas que pasan cada día por los murales que elaboró en la Torre Coit en pleno New Deal. Pintor desde la infancia, su biografía tiene todos los condimentos de una novela y hoy se puede contar gracias a la fabulosa investigación del cronista oficial de Priego, Miguel Forcada. El historiador ha sacado a flote la fascinante peripecia vital de este creador.

La historia de esta feliz recuperación comienza cuando a Forcada le enviaron hace unos años un artículo de una revista de la Universidad de Granada en la que estudiaban las escuelas de arte granadinas. Aparecía por allí el nombre de Moya del Pino, del que se decía que era de Priego. «Me puse a indagar —cuenta—, por lo que establecí contacto con la única familia de apellido Moya de Priego, aunque ellos me explicaron que nada sabían de este hombre». Le dijeron, eso sí, que sus antecesores procedían de Frailes, un pueblo de Jaén, y allí encontró la partida de matrimonio de los padres de Moya del Pino. De ahí volvió a Priego, donde descubrió la partida de bautismo del artista.

Resuelto el tema del origen, llegó la hora de meterle mano al personaje. Y lo que salió de ahí es una biografía inesperada. Según cuenta Forcada, el artista descubrió su vocación cuando «con diez u once años» pasó delante del taller de un pintor de Priego. Tanta fue la atracción por el oficio que trabó relación con el artista, que lo acogió como aprendiz y lo llevó de acompañante en los viajes que hacía por la comarca para restaurar y pintar santos. Forcada cuenta que en esas andanzas rurales de inicios del siglo XX el niño «bebía todo el vino que podía» y volvía a Priego andrajoso. Los padres, preocupados, decidieron quitarlo de aquella mala vida y se marchó la familia a Granada, donde José pudo matricularse en el Círculo de Bellas Artes. Tres o cuatro años estuvo en la ciudad nazarí y luego, cuenta su biógrafo, se instaló en Madrid, donde estudió por tres años en la Escuela Especial de Pintura y Escultura. «Allí —explica— debió de ser buen alumno pues le otorgaron una beca internacional», que le permitió viajar por Roma y París. En la capital francesa vivió entre 1910 y 1911, y conoció de primera mano las vanguardias y a grandes del momento como Picasso.

Retrato de dos niñas de Moya del Pino – ABC

Acabada la beca, Moya del Pino volvió a la capital española y le llegó la hora de ganarse la vida. Se especializó en la ilustración y frecuentó tertulias, en las que trabó amistad con Valle-Inclán, con los Baroja y con Romero de Torres. Al autor de «Luces de Bohemia» le ilustró varias obras, al tiempo que colaboraba con revistas como «Blanco y Negro», de ABC. Un viaje de estudios a Londres, a Kensington, cambiaría sin embargo el rumbo de su vida: allí se le ocurrió una idea con la que trataría de mejorar su situación. Ese proyecto, que tuvo gran repercusión, se llamó Exhibiciones Velázquez y a la postre sería la iniciativa que lo situaría en Estados Unidos.

Cuenta Forcada que lo que Moya del Pino descubrió en Inglaterra fue el tirón que tenía allí la obra de Diego Velázquez. «Se le ocurrió que sería buena idea hacer réplicas de sus grandes obras y exponerlas por el mundo de forma itinerante», explica. Fue en la década de los veinte cuando pudo lanzarse a realizar el proyecto. Para ello logró convencer al Duque de Alba, que atraído por la idea buscó otros mecenas e incluso le llevó la iniciativa a Alfonso XIII. Moya del Pino, tras encontrar apoyos, se lanzó a pintar medio centenar de copias y finalmente pudo embarcar en 1925 desde Cádiz a Estados Unidos, el país en el que se pudo exponer la exhibición gracias al empeño del embajador Alexander P. Moore.

La exposición giró por Nueva York, Philadelphia y Washington durante varios años, pero la suerte se tornó esquiva cuando en 1928 llegó a San Francisco y la Exhibición de Velázquez se quedó sin mecenas. El reinado de Alfonso XIII entró en crisis, en Estados Unidos empezó la Gran Depresión y el embajador Moore fue destituido. Moya del Pino «se encontró sin saber qué hacer», cuenta Forcada, aunque halló soluciones. Primero, con encargos a costa del New Deal, que le permitirán participar en proyectos como el de la Torre Coit de San Francisco. Allí se involucraron muralistas con un pequeño salario público y eso le permitió conocer a grandes de ese género como el mexicano Diego Rivera.

Y Moya se casó con Helen Host, hija de un rico industrial alemán. Solventadas las angustias, el artista dedicó el resto de su vida a la pintura y murió en 1969, convertido en un maestro del retrato y en un intelectual muy querido en Ross, localidad metropolitana de San Francisco. Tal fue su influjo que una biblioteca lleva allí su nombre, a pesar de que en España su nombre se perdiese en la neblina del ayer. A Forcada se le debe esta recuperación que nutre aún más una época dorada del arte pictórico prieguense y cordobés.

Fuente: https://sevilla.abc.es/ – Félix Ruiz Cardador

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