GONZALO, EL ÚLTIMO FERRAOR

POR LUIS MIGUEL MONTES ARBOLEYA, CRONISTA OFICIAL DE BIMENES (ASTURIAS)

Gonzalo.

Hoy hablaremos de un oficio ausente de nuestros pueblos desde hace varias décadas, un oficio que como otros muchos quedó sin relevo generacional.

La nave de ladrillo con tejado de uralita que albergaba la fragua y el potru de ferrar estaba detrás de la iglesia de San Julián, junto a la bolera de Germán, a mano derecha, según se sube hacia Canteli. En el muro de hormigón que la separaba de la carretera, era donde se colocaban los curiosos, mientras, abajo, esperaban turno las caballerías. Para los que no tuvieron la suerte de ver a un ferraor en plena faena, les recordamos, a vuelapluma, el trabajo: una vez sujeto el animal al potru, primero se quitaban las herraduras antiguas, se pasaba la escofina y después el pujavante, luego se ajustaba la herradura nueva y se remataba con clavos para terminar cortando el sobrante con las tenazas.

Todo ello lo hacía un joven con carácter y decidido, Gonzalo Camblor Arboleya, nacido en Diagües, lugar de La Rubiera, el 13 de julio de 1947; hijo de José, natural de Roíles, y de Magdalena, de La Rubiera. De sus comienzos nos dice: «Aprendí, con 12 años, con Eusebio el de Nava, y a los 16 ya empecé a trabayar». Nos dice que «ferrar les cuatro pates a una yegua costaba 60 pesetes, y referrar, 30». La vaca salía más barata: « A 3 pesetes por pezuña».

Después de cumplir el servicio militar, en Segovia, entró en la mina, su principal profesión. Fue un año crucial en su vida, entró a trabajar en el pozo Pumarabule (Carbayín). No olvida la fecha: «Fue el 18 de junio de 1971». Toda su vida como minero se desarrolló aquí, empezó de ayudante de barrenista, pasó por barrenista y acabó como minero primera. A él ya le tocó viajar en camión, camión que cogía delante del bar de Mino Vigil, en San Julián.

Los guajes de aquella época aún recordamos el olor a pezuña que impregnaba la nave cuando Gonzalo pasaba el pujavante, pero hace muchos años que no resuena el martillo sobre el yunque, ni se oyen conversaciones ni cagamentos entremezclados con rebuznos, mugidos o relinchos. Ahora, reina el abandono y el silencio. Gonzalo, además de trabajador y servicial, fue cazador y pescador, y compaginaba el trabajo de la mina con la casería familiar, y aún sacaba tiempo para atender el potru. También defendió la casaca amarilla del Iberia C. F. varias temporadas y le tocó disfrutar de aquellos partidos de máxima rivalidad contra el Rozadas C. F., a mediados de los sesenta.

El hombre que pasaba el pujavante, el hombre que ferraba los caballos, ahora disfruta de la jubilación sin olvidar su terruño de La Rubiera, al que vuelve todos los días, y no se olvida de rendir visita a los escasos chigres que aún perviven en el concejo, entre Rozaes y San Julián, siendo muy respetuoso con el horario: siempre entre las doce y veinte y las dos menos diez.

Gonzalo sigue la estela de los paisanos de antaño, seres entrañables que poblaban nuestros pueblos y que ahora están en trance de extinción.

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