LOS MONAGUILLOS

POR JOSÉ ANTONIO MELGARES GUERRERO, CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA Y DE CARAVACA

Entre los que forman parte del denominado Refranero Español hay un refrán muy elocuente que afirma: Si quieres tener un hijo pillo, mételo a monaguillo, y es que la actividad de los niños-adolescentes vinculados a un templo, como afición casi profesional, ha existido siempre, con mayor o menor dedicación según los tiempos, siendo ocupación preferida de chicos avispados, traviesos y atrevidos.

Como viene siendo habitual en esta página de EL NOROESTE, me referiré a los monaguillos del ecuador del S. XX y años inmediatamente posteriores al mismo, fechas en que quien esto escribe fue uno, entre otros, de los monagos de la Iglesia Mayor del Salvador.

Para llamarnos a nuestras obligaciones eclesiales, cuando se requería nuestra presencia en el templo, había un toque de campana (con la que entonces se albergaba en espadaña fuera de la torre, a la vista desde la Plaza del Arco), que se activaba, mediante larga cuerda, desde la sacristía. Otros toques llamaban al sacristán y a los sacerdotes, en un código acústico que los implicados en las tareas del templo conocíamos a la perfección. Y se nos llamaba para muchas cosas, entre ellas para que nos hiciéramos presentes en actos programados como misas, novenarios, entierros, bautizos y bodas, y también en otros imprevistos como el traslado del Viático o los santos Oleos a moribundos cuyas familias los demandaban.

Las obligaciones de los monaguillos eran muchos entonces, dentro de una actividad siempre dirigida y vigilada de cerca por los sacerdotes responsables del templo parroquial, entonces D. José Barquero Cascales y coadjutores que cambiaban con relativa frecuencia (entre ellos D. Juan Uribe de Cara, D. José Freixinós Villa, D. Luís Martínez Sánchez, D. Antonio Sánchez López, D. Francisco Sánchez Abellán y un largo etcétera de difícil recordación). Su función principal era ayudar en las misas de 8 y 9 de la mañana, los días laborables y de 6, 8, 11 y 12 los festivos (que lo de las misas por la tarde vino después). Antes se preparaban los ornamentos y vasos sagrados, conociendo el color litúrgico de los mismos por una cartilla, escrita en latín, que se disponía sobre tablilla a ello destinada, en el muro, junto a las cajoneras de la sacristía.

José Antonio, Alejandro y Ángel.

Por la tarde, acabadas las faenas escolares, de nuevo los monaguillos acudíamos al templo a dirigir el rezo el rosario desde el desaparecido púlpito, de estilo neogótico, que colgaba de una de las columnas interiores del edificio. Cuando tenía lugar algún novenario preparábamos el incensario requiriendo ascuas en algún domicilio vecino, encendíamos y apagábamos las luces y cirios, y dábamos los preceptivos toques de campana, todo ello ataviados de nuestra sotana roja y roquete blanco, al que a veces se sobreponía esclavina, también encarnada.

A la actividad habitual se sumaba, entre otras muy diversas, el entierro acompañando a la Cruz Mayor, que indefectiblemente portaba El Ico, con dos ciriales y, a veces, de acuerdo con la categoría del entierro, con acetre e incluso incensario. En el bautizo de neófitos proporcionábamos al sacerdote oficiante la sal y el santo Crisma y en las bodas sosteníamos las arras y los anillos de los contrayentes, hasta que se hacían cargo de ellos los novios.

Otras actividades propias de los monaguillos eran la de recoger de las Monjas Claras las formas para consagrar (cuyos recortes, facilitados por las religiosas en cartuchos de papel de periódico, constituían un manjar exquisito). De la agencia Sabater (en la Pl. de Arco), las garrafas de vino para la consagración durante la misa (al que hacíamos las correspondientes sisas con relativa frecuencia, pues estaba riquísimo). Montábamos el catafalco ante el presbiterio para funerales de tronío social. Colocábamos los cortinajes morados que cubrían los santos durante las vísperas de la Semana Santa. Buscábamos a testigos de bodas y bautizos en los comercios del entorno urbano de la Parroquia (Javier López y Pedro Guerrero, mancebos ambos en la farmacia de D. Pedro Antonio López, lo fueron de centenares de una y otra ceremonia). Durante el invierno desplegábamos la enorme estera de esparto que cubría la nave central del templo, y que el resto del año permanecía enrollada en las dependencias de los distintos cuerpos de la torre. Al comenzar noviembre (mes de difuntos), y en los funerales de categoría superior, ayudábamos a los operarios de Juan Firlaque a montar el retablo adicional, de luto, que se sobreponía al mayor. Ayudábamos, también, a los campaneros, a voltear las campanas en fechas señaladas del calendario festivo, y repicábamos los sábados y vísperas de fiesta, al toque de ánimas, con maestría singular, utilizando las manos y los pies para ello, en el cuerpo de campanas de la torre.

Nuestro cuartel general era la citada torre. Sus laberínticos y empinados callejones de acceso, sus siniestras y oscuras estancias (utilizadas en tiempos remotos como cárcel eclesiástica, según se afirma en textos escritos y grabados en puertas y muros de aquellas), constituían para nosotros un mundo diferente al real, donde se desarrollaba la imaginación, nos poníamos perdidos de polvo, cazábamos murciélagos y arriesgábamos nuestras jóvenes vidas asomándonos por ventanucos y claraboyas que daban a la calle o al interior de la iglesia, a más de veinte metros de altura.

Durante las vacaciones, las horas y los días discurrían en la iglesia, descubriendo lugares ignotos para nosotros, trepando por la parte trasera del retablo mayor, jugando al escondite en el coro y accesos al mismo; así como por el desvencijado y hoy desaparecido órgano de tubos (destruido durante la Guerra Civil), y habitación contigua destinada al fuelle.

Sin embargo, el lugar preferido para los monaguillos era la torre. Cualquier excusa era válida para encerrarnos en aquel mundo de luces y sombras, de aventuras sin límite, de concesiones a la imaginación infantil. A la torre había que subir con frecuencia a repicar, a doblar por al muerte de un vecino, o por simple inactividad. El último cuerpo, bajo las campanas, constituía el final del trayecto. Allí, en invierno encendíamos hogueras para calentarnos, y en verano paliábamos (entre corrientes), el calor estival. Conocíamos todos los toques de campana (ángelus, viático, doblar, foliar, repicar, voltear, alzar a Dios, avisos, misas etc.) en ese código acústico referido, transmitido por la práctica (y por un manual ya desaparecido), de generación en generación.

Aquello tenía su recompensa económica pues, con frecuencia, generosamente éramos objeto de propinas por parte de los padrinos de bodas y bautizos, y de las empresas de pompas fúnebres en los entierros. Propinas que nuestros padres nos requisaban cada domingo, al concluir la jornada laboral, para evitar el mal uso del dinero acumulado, que en ningún caso sobrepasaba las diez pesetas. En vísperas de Navidad hacíamos tarjetas de felicitación y, como el cartero, el basurero o el barrendero del barrio, felicitábamos a los feligreses, quienes eran generosos con nosotros aportando pequeñas cantidades de dinero, como aguinaldo, que luego repartíamos a partes iguales entre el grupo.

Hubo monaguillos que supusieron un referente social durante toda una época, como el Jabalí (sobrino de D. José Barquero, en El Salvador. De nombre Antonio, cuyo apodo le sobrevenía por ser oriundo de Jabalí Nuevo, pedanía de la Huerta de Murcia), y Ulpiano (sobrino de D. Antonio Ortiz, en La Concepción). También Miguel Ángel Martínez Gallego, Alejandro Reina, José Manuel Cantó, Gustavo Melgares, Juanito Sola, Paco Porras, Pepe el Pitirri, Salvador Martínez, Eugenio Martínez Celdrán y Pepe Guerrero entre otros muchos, a quienes conocí y fueron mis colegas.

La profesión de monaguillo era respetada, y constituía el último puesto de un amplio escalafón que tenía en la cúspide al Papa de Roma y situaba en los lugares más bajos a sacristanes y monaguillos, denominados por la literatura de la época como los ángeles del altar.

Fuente: https://elnoroestedigital.com/

Sin Comentarios.

Responder

Mensaje