EL JARDÍN DE LA REINA

POR EDUARDO JUÁREZ VALERO, CRONISTA OFICIAL DEL REAL SITIO DE SAN ILDEFONSO (SEGOVIA)

Palacio de Valsain, 1906, lonja de acceso.

¡Qué lugar tan increíble! Rodeado por los muros de palacio, estaba cerrado al sur con un muro jalonado de ventanas que daban al parque. Al Oeste se abría una galería de arcos peraltados y un poco carpaneles que daban acceso al piso superior, donde se extendían las estancias de la Reina. En el lado Norte había otro acceso que daba paso a las estancias del Rey y al Patio de Honor, al que se accedía a través de la puerta principal de palacio, sobria, pero engalanada años más tarde con siete arcos de medio punto rebajados y precedidos de un enorme enlosado. En su jardín enlatado, la Reina paseaba entre los setos recortados, deleitada por los aromas de las flores serranas y esa brisa que curte el rostro aunque sea el mes de agosto. Si se le ocurría alzar la mirada, se encontraba, frente a ella, sobre las torres de la Casa de Oficios, las estribaciones de los montes de Valsaín que recorría el Camino Real, atravesándolos desde el puerto de la Fuenfría. Era éste un camino infernal, de gorrones desiguales y piedras asesinas, especializadas en quebrar ruedas y patas de jamelgos con un único refugio en la pradera, viejo y desgastado; apestoso y carente de comodidad. Fue por ello, porque casi malparió entre aquellas cuatro viejas paredes, que el Rey construyó un albergue real en la cercanía del puerto que fuera consecuente con los hospedados.

Desde el jardín, a su espalda, podía ver la Reina la torre nueva a su derecha, cerrando el patio, paralela a las otras dos que coronaban la construcción única de los bosques segovianos. Aún recordaba cómo Gaspar de la Vega inició las obras de tan singular edificio, asistido por otros grandes maestros como Juan Bautista de Toledo, salvación de Michelangelo Buonarroti en San Pietro y diseñador de las tripas de San Lorenzo del Escorial con Juan de Herrera y Alonso de Covarrubias.

Sea como fuere, aquella magnífica construcción, otrora joya de la corona Habsburgo, retiro en el Paraíso serrano y modelo para tantas otras edificaciones de inspiración borgoñona, flamenca, valsaína y segoviana a lo largo y ancho del país, languidece desde entonces en terrible abandono y, aún peor, trágico destino: sabiéndose singular y única, verse abocada al olvido consciente de todos aquellos que deberían venerar hasta la argamasa de sus ladrillos más ínfimos.

De aquel oloroso Jardín de la Reina nada queda ya. Ni siquiera el recuerdo de la menor y más humilde de sus piedras. Apenas un esbozo del más corriente de sus patios, convertido el antaño orgulloso acceso regio en almacén de leña, abigarrados sus arcos por maderas secándose en infame oprobio al honor que, durante dos siglos, hubo de disfrutar.

Y, regodeándonos en tamaña ignominia, la de ver cómo los responsables de preservar la maravilla, excusaron su responsabilidad endosándosela a quienes, humildes habitantes, deberíamos estar disfrutando de la joya serrana, dejamos que nos señalen y avergüencen ante semejante dislate. Como le expliqué a Ramón Arangüena hace ya unas semanas en Radio Nacional de España, somos los del Real Sitio los que hemos preservado las cuatro gotas de dignidad que le quedan al edificio, aunque seamos incapaces de hacer creer a nuestros visitantes, ante la ruina de Valsaín, que exista en este país una ley de protección del Patrimonio Histórico.

Afortunadamente para ellos, para los que legislan sin ton ni son, a mis paisanos les dio por vivir allí, como lo han venido haciendo durante los últimos ochocientos años, reutilizando los espacios y la memoria de lo que una vez fue orgullo del país, regocijo de reyes, fuente de riqueza y recoleto para aquellas pobres reinas, sometidas a un destino imposible de esquivar, encerradas en bellos jardines como burbujas en la espuma del mar.

Fuente: http://www.eladelantado.com/

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