«QUEDA PROHIBIDO DISFRAZARSE DE POLÍTICOS O CURAS» • ENTRE LAS IMPOSICIONES DEL AYUNTAMIENTO DE MURCIA FIGURABA REDUCIR EL CARNAVAL «A LAS CALLES EN QUE EXISTE ALUMBRADO ELÉCTRICO»

POR ANTONIO BOTÍAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA

Las célebres máscaras del Carnaval de Cabezo de Torres, en una fotografía del archivo del cronista Juan Vivancos.

Hace siglo y medio, al menos según el ‘Diario de Palma de Mallorca’, que entonces como ahora cerca no nos pillaba, el Carnaval murciano era la única oportunidad para que nuestros parroquianos se liaran la manta a la cabeza. Manta que, en tantas veces, era la manta mulera, pues no había otro atavío con el que disfrazarse y burlar, con sumo gusto, a la autoridad.

Contaba este periódico que Murcia podía presumir de «numerosos templos de piedra berroqueña», pero también del «lúgubre tañido de sus cien lenguas de bronce, y sus costumbres morigeradas». Vaya. Fue allá por 1874 cuando el redactor mallorquín describía en su crónica la celebración del Entierro de la Sardina como fiestas carnavaleras. Y no iba desencaminado, pues por entonces el popular sepelio, como también el Bando de la Huerta, formaban parte del Carnaval.

El redactor describe «los famosos gigantes y vistosos trajes de asirios y fenicios» y las carrozas que simbolizaban «la agricultura, la industria y el comercio», las de los dioses Baco o Vulcano, y otras desde las que se arrojaban «a las bellas cartuchos de dulces y una lluvia de verso». Sin olvidar las célebres «luces de bengala y los inmensos cohetes». Por último, también se hace constar que «muchos miles de duros se gastan; pero también entran muchos con la afluencia de forasteros».

En 1876, el diario ‘La Paz’ publicó el programa de actos, que arrancaban con el Bando, «rebullición famosa de los alcalde perráneos de Murcia, que en ese día se convierten en legisladores, con mengua de todas las autoridades constituidas y con el apoyo de toda la morisma huertana». El segundo día se celebraba el testamento de la Sardina y el tercero el Entierro. Acompañaban a la Sardina, «ilustre finada, las carrozas de Venus, Proserpina, Bao, Plutón y Vulcano y enanos, patos, tritones y otros peces», junto a un Bajel Pirata. En aquella época, el catafalco de la Sardina se instalaba en la plaza de Santo Domingo.

En el Teatro Romea

Junto a estos célebres desfiles también se convocaban diversos bailes de máscaras, siendo el del Casino el más célebre. En el salón del Teatro Romea se realizaban durante tres días consecutivos, comenzando a las 23 horas y alargándose hasta las dos de la madrugada. Las entradas, a cuatro reales. «Las señoras, gratis», rezaba un anuncio.

Pero no todo eran jolgorios. El Ayuntamiento, para evitar molestias y desórdenes, reguló algún año la celebración del Carnaval. La norma era tan precisa que prohibía disfrazarse de «autoridades, así civiles como militares o eclesiásticas, ni tampoco ostentar condecoraciones o distintivos oficiales». De igual forma, se proscribían los disfraces indecorosos y las armas, así como quedaban regulados los horarios para las bandas de música, que solo podían detenerse en las plazas.

Está por investigar el cumplimiento de estos bandos que incluso preveían la cárcel para quienes no los cumplieran. Lo cierto es que, año tras año, las prohibiciones se hicieron más precisas, hasta proscribir en 1909 el lanzamiento de «huevos rellenos de confeti, diversión que, aunque parece inocente, todos los años ha dado lugar a escenas desagradables y de mal gusto».

El control del Ayuntamiento se extendería a la concesión de licencias. Así, en 1927 un bando exigía permisos para «estudiantinas, comparsas y murgas que vayan a salir a la vía pública», licencias «personales» para máscaras y para poder circular por la ciudad en carruajes no matriculados en Murcia, con excepción de los automóviles.

Las normas se recrudecerían en 1930, cuando el alcalde, Gerardo Murphy, añadió al tradicional Bando de Carnaval restricciones públicas. Así, la circulación de máscaras solo se permitía desde la media noche del sábado al amanecer el lunes.

Censurar las coplas

La celebración del Carnaval se reducía a «las calles en que existe alumbrado eléctrico», sobre todo Platería, Príncipe Alfonso, Conde del Valle de San Juan, Paseo Reina Victoria y parque Ruiz Hidalgo. Y, de nuevo, se recordaba la proscripción de disfraces «que ofendan a la moral o recuerden uniformes militares o eclesiásticos». Al tiempo, en la Comisión Municipal Permanente se autorizaba a Juan Giménez a organizar una comparsa carnavalera, «con la condición de censurar las coplas que interpreten».

Concluida la Guerra Civil, el Carnaval sería prohibido en enero de 1940 por el Ministerio de la Gobernación, desde donde se aclaraba que la prohibición «se refiere no solo a los actos que se celebren en la vía pública, sino a las fiestas que se pretendan celebrar por sociedades o empresas». La primera consecuencia fue convertir en laborales, también por decreto, los días antes reservados a la fiesta.

Los diarios autorizados por el Régimen aplaudieron la medida hasta extremos pintorescos. Uno publicó que el Gobierno «ha estado acertadísimo prohibiendo, no ya las bufonadas asquerosas, sino otras manifestaciones de la intemperancia que armonizan mal con el decoro a que nos obliga la reciente tragedia». Otros advertirían de que «el jolgorio desmesurado es signo de decadencia».

Tampoco en Cuaresma

Las fiestas asociadas al Carnaval murciano no se verían afectadas. El Entierro de la Sardina no se organizó en 1940, a causa del reciente fin de la Guerra, ni tampoco en 1941 por el fallecimiento del Rey Alfonso XIII. Pero en 1943 volverían las carrozas a surcar las calles desde la plaza del Romea. Un año antes, sin embargo, diversos alcaldes y presidentes de sociedades de recreo se dirigen al gobernador civil para solicitar que se levante la prohibición.

La respuesta no solo fue negativa. Además, se advertía de que «durante la Cuaresma» estaban prohibidos «toda clase de bailes y fiestas». Pero solo un año más tarde, algunas tiendas ofrecían «artículos para el Carnaval». El argumento que se extendió evidencia tanta picaresca como pragmatismo: si el Carnaval está prohibido, no lo llamemos Carnaval sino Fiestas de Primavera. Aún perdura el término en miles de poblaciones españolas.

La realidad y la ley recorrían caminos diferentes. En 1947, el gobernador civil declaraba que «conviene recordar a los ciudadanos» que el Carnaval está prohibido y serán detenidos todos aquellos que salgan a la calle «con cualquier clase de disfraz». Aunque, claro, poco preocupados andaban los parroquianos.

Fuente: https://www.laverdad.es/

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