‘SIC TRANSIT GLORIA MUNDI’

EN 1865, SEGÚN RECOGE ANTONIO DE LOS REYES, CRONISTA OFICIAL DE MOLINA DE SEGURA, APARECE UN MOTE EL 8 DE ABRIL INDICANDO QUE HAN APORTADO 634 REALES PARA LA OBRA DE LA CATEDRAL

Catedral de Murcia.

Hay momentos en los que parece que se acerca la Apocalipsis. Los milenaristas ya lo pensaban, las runas parece que dan malos augurios y seguro que el oráculo de Delfos, si lo consultáramos, también estaría de acuerdo en que vivimos tiempos difíciles.

Algo parecido debieron pensar en la Murcia de finales del siglo XIX cuando en unos pocos años se sucedieron revoluciones, epidemias de cólera, desamortizaciones de bienes de la Iglesia, derribos y varios incendios como los de la Fábrica de la Seda, el Teatro Romea y la Catedral.

Como escribieron Díaz Cassou, Fuentes y Ponte, Baquero Almansa o Sánchez Madrigal, en la noche del 3 al 4 de febrero de 1854, a las diez y media exactamente, se produjo un pavoroso incendio en la Catedral de Murcia. Según las habladurías del momento fue provocado por unos franceses en venganza por no poder comprar unos cuadros de la Catedral. Otra explicación que se barajó: un ascua de un incensario del coro había caído en la estera que cubría el suelo y desde ahí el fuego se extendió hacia el altar mayor, destruyendo por completo el retablo. Este incendio se inició de abajo hacia arriba, las llamas y el humo hicieron explotar las vidrieras pero no provocaron el colapso de las bóvedas. Sin embargo, el incendio de Notre Dame de París ha sido más dramático para el edificio, al iniciarse en la techumbre.

La sillería del coro, los órganos y el retablo, según cuenta Sánchez Madrigal en 1924, sufrieron más al avivarse las llamas cuando se abrieron las puertas para entrar a sofocar el fuego. Se recreó en grabados y en dibujos como el de Gil de Vicario en los que aparecen los chorros luminosos saliendo por los altos ventanales, cuyas vidrieras estallaban con crujidos semejantes a ayes.

Los atrevidos rescatadores entraron para salvar lo que pudieran, ya que no existía por aquel entonces en la ciudad un servicio de extinción de incendios. Cuenta Sánchez Madrigal que fue a partir de este suceso cuando se organiza la Brigada Municipal de Bomberos. Las obras de arte perdidas, según recuento de Baquero Almansa, fueron muchas, entre ellas cinco pinturas de Villacis y una de Murillo. El obispo Barrio, titular en el momento del incendio, promovió la rápida reconstrucción del templo catedralicio, con peticiones de apoyo financiero a otras diócesis y especialmente a la reina Isabel II.

Las obras duraron hasta 1868 y el 24 de enero de 1912 se volvió a consagrar la iglesia, por ser aquel día festividad de Nuestra de Señora de la Paz, titular de retablo que se construyó tras el incendio.

Escuchar a Macron decir que en cinco años va a dejar la catedral como nueva, incluso más bonita, da miedo. ¿Recreación o reconstrucción? Ya tenemos polémica.

El obispo Barrio consiguió el compromiso financiero de la reina, lo que se tradujo en el traslado a Murcia de la sillería del coro del monasterio madrileño de San Martín de Valdeiglesias. En 1865 el obispo Landeria convoca un concurso para la realización del retablo y se acepta el de estilo gótico clásico que en realidad no era del gusto de nadie, pero era el más barato y se iba a pagar con dinero de la reina. El gasto total ascendió a 969.400 reales, de los cuales 122.882 fueron donativos y el resto aportación de Isabel II (digo yo que se merece un monumento en nuestra capital).

Los historiadores echan en falta a la municipalidad, que miró de soslayo la obra, como si aquello no fuera cosa suya. En las Actas Capitulares no se indica nada sobre el suceso, aun habiendo tenido reunión el 4 de febrero. Solo, según recoge Antonio de los Reyes, cronista oficial de Molina de Segura, aparece un mote el 8 de abril indicando que han aportado 634 reales para la obra de la catedral. El autor destaca con atino que a continuación se apuntan 180 reales para la suscripción al Boletín Oficial. La desproporción es evidente.

Desde la segunda mitad del XIX, el patrimonio de la Iglesia en nuestro país ha pasado por desamortizaciones, concordatos, aportaciones del Estado a través de la renta y leyes que benefician a este tipo de patrimonio frente al civil. Todo eso nos debe hacer pensar en quién debe hacerse cargo de los planes de emergencia, de las restauraciones y del mantenimiento de estos edificios religiosos. Si hemos decidido que el gasto lo realice la Administración, que los beneficios reviertan en la ciudadanía…

Fuente: https://www.laopiniondemurcia.es/ – Clara Alarcón Ruiz

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