EL RELOJ DE LA VILLA

POR DOMINGO QUIJADA, CRONISTA OFICIAL DE NAVALMORAL DE LA MATA (CÁCERES)

El reloj instalado en la torre de San Andrés, al que en los antiguos documentos oficiales se refieren siempre como «Reloj de la Villa», tiene ya casi siglo y medio de vida, ya que se instaló en el año 1873. Por eso no cuenta con reloj el Ayuntamiento, porque se hizo dos décadas después y, además y como acabo de decir, el reloj instalado en la torre no es de la iglesia sino municipal: lo colocaron arriba (con permiso del párroco) para que lo vieran y escucharan sus horas el mayor número de personas y desde lejos.

Desde entonces formará parte de la vida morala, pregonando las horas visual y acústicamente. Horas alegres, tristes o cotidianas; pero que todo moralo tenía grabadas en su retina, en el tímpano o en el corazón.

Varios excelentes profesionales lo cuidaron en sus primeros años, lo mimaron durante su «infancia». El primero fue Enrique Rícher que, además de desempeñar el cargo de Jefe de Telégrafos, era el encargado del mantenimiento de este aparato. Tiene que cesar en 1906, medio año antes de su fallecimiento.

Le relevará Francisco Lirón Ayuso (que también sería vocal de “La Redentora” y del “Centro Moralo”, concejal y arrendatario agrario), gran profesional de la relojería y que lo cuidó muchos años con esmero: cambiaba las agujas y maromas de las pesas, lo ponía en marcha cuando se paraba o reparaba si se averiaba. Es decir, que durante muchos años, sería el responsable de que los moralos supieran la hora, de que no llegaran tarde a la cita o al trabajo (hoy no apreciamos eso, como tantas otras cosas, porque el reloj es un objeto universal y asequible…). Más tarde lo harán sus hijos; Antonio y Francisco Lirón Parra.

Antes de esos sucesos, el 23 de Febrero de 1908, siendo alcalde Andrés López Simón, la Corporación aprueba dotar al reloj de la Villa de iluminación, a la vez que se coloca una esfera nueva, «para que pueda verse la hora de noche». Medida que es aplaudida por el vecindario. En Enero de 1916, con Cipriano Casas Sánchez como alcalde, cambiarían esa esfera por otra trasparente.

En Agosto de 1908 se rompen los cables de las pesas del reloj. Se compran unas maromas para reponerlos. Sin embargo, las obras no se efectúan correctamente y, un mes después, tendrá que tratar la Alcaldía con el párroco para solucionar el problema (se subían los niños por los cables al tejado de la Iglesia). Y más tarde, como hemos dicho, volverán a reemplazarlos (1913).

En Noviembre de 1915, siendo alcalde Juan Millanes Marcos (el mismo que mandó hacer el “Caño de los Herreros”), se repara el recinto de la torre de San Andrés donde estaba ubicado el reloj de la Villa, «por mal estado que perjudica a la maquinaria».

Además de los empresarios, comienzan a surgir los operarios de este ramo, cuyo trabajo de relojero era apreciado y estaba bien remunerado (si lo comparamos con otros). La prueba está que en 1909 cobraban el doble que un zapatero, por las mismas horas de trabajo: 1’5 y 3 pesetas las 8 horas, respectivamente.

Por eso, además del citado Francisco Lirón, hubo otros “reparadores”: Luis Gómez, Florencio Toledano, Francisco Moreno Costa y Vidal Merchán Sánchez.

Pero eran tantas las averías que la Corporación decide en 1928 que haya un Encargado del Reloj de la Villa, que percibía una cuota fija de 150 pesetas anuales (al margen de las actuaciones puntuales).

Durante la Segunda República, el relojero encargado seguía siendo el ya citado Francisco Lirón Ayuso. Y en la posguerra igual, con algunas intervenciones puntuales: como la del mencionado Vidal Merchán.

Además de las periódicas averías, había otro grave problema: no solía estar armonizado con el de la Estación del Ferrocarril, lo que hubo que subsanar para evitar retrasos a los viajeros.

En 1983 sus agujas se detienen definitivamente, al fallar completamente la obsoleta maquinaria. Pero, doce años después, el 28 de agosto de 1995, siendo alcalde el recordado Luis Duque cumple su promesa y ordena su adecuación: se desmonta el reloj de la torre de San Andrés, para ser sustituido por otro nuevo. Lo que se llevó a cabo en el mes siguiente, con mecanismos automáticos y electrónicos que evitan las averías (las que surgen son mínimas y leves).

Y de ese modo, aunque a algunos molesten sus campanadas (al igual que hacen otros servicios públicos…), el “Reloj de la Villa” continúa desarrollando la misión que le encomendaron: acompañar y servir diariamente a los moralos.

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