AQUELLAS COMUNIONES DE ANTAÑO

POR JOSÉ ANTONIO FIDALGO SÁNCHEZ, CRONISTA OFICIAL DE COLUNGA (ASTURIAS)

Cuatro recordatorios de Primera Comunión que conservo en mi colección de «curiosidades colunguesas». Pertenecen a los años de 1911, 1913 y 1933.

Hace años, muchos años, los niños (ahora hay que decir los niños y las niñas; pero según la Real Academia, cuando se habla en PLURAL lo correcto es utilizar el MASCULINO) cuando cumplíamos entre 6 y 8 años hacíamos la PRIMERA COMUNIÓN.

El maestro o la maestra (en mi caso, doña Aurora, maestra en San Juan de Duz-Colunga) nos enseñaba el Catecismo (el del jesuita P. Astete) en conjunción con las catequistas de la parroquia y la supervisión del párroco.

En realidad no teníamos edad para entender el misterio de la Eucaristía y, por supuesto, lo que significaba la Transubstanciación, palabra que aún hoy, ya viejo, me cuesta pronunciar.

Admitíamos que ese acto, la Comunión, encerraba un algo de divino, un estar con Jesús de Nazaret porque Jesús venía a nosotros y nos quería y nos iba a ayudar y también ayudaría a nuestra familia y amigos.

Y nos animaría a ser buenos y obedientes y estudiosos en la escuela y que no debíamos pelearnos con los amigos…

Las normas eclesiales de entonces obligaban al ayuno eucarístico (no se podía comer cosa alguna desde la medianoche del día anterior) y por eso, para que los niños no tuviéramos «debilidad» («fame», para que me entiendan) la Misa y Comunión se celebraban a horas tempranas de la mañana. Después, «de la Misa a la mesa», es decir, a la Sacristía donde el párroco y las catequistas invitaban a los comulgantes a un chocolatín bien caliente con galletas u otra dulcería.

Luego, a mediodía, el comulgante y su familia invitaban a allegados, parientes y amigos a una sencilla, pero sabrosa, comida en la casa o, si «había posibles», en un restaurante.

Los trajes y vestidos de comunión eran sencillos y llamativos. En los niños predominaban «los de marinero» y los de «oficial marino» (como mínimo capitán de navío, vicealmirante o almirante). En las niñas dominaba «el blanco de novia». Unos y otras portaban un rosario, un devocionario, una cadena al cuello con medalla… y un bolsín para repartirlas «estampas de recuerdo» y recibir los dinerinos (pocos) que se regalaban (25 a 100 pesetas como mucho). Otros regalos eran libros de cuentos, algún juguete (muñecas, balones, etc.).

Trajes y vestidos que «heredaban» hermanos y otros niños, hijos de familiares o amigos.

Y los invitados guardábamos con emoción las «estampas -recuerdo» que regalaban los comulgantes. Algunas de las de entonces eran preciosas obras de arte impreso; todos muy devotas, todas muy emotivas.

No. No quiero hablar de la Comuniones -si Comuniones se puede decir- que se celebran actualmente. Pura parafernalia exenta de sentido cristiano, de fe y de devoción. Un acto social donde lo religioso brilla por su ausencia.

Una muestra palpable de la cultura siglo XXI donde la hipocresía corre pareja con la presunción de lujo y de elegancia muchas veces hortera.

Y todo ello porque falta una auténtica catequesis religioso-cristiana. Y la Jerarquía, callada, callada…

No. No. No es esto, no es esto.

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