EL CRONISTA DE LA CORONA DE CASTILLA

POR EDUARDO JUÁREZ VALERO, CRONISTA OFICIAL DEL REAL SITIO DE SAN ILDEFONSO (SEGOVIA)

Castrillo de los Polvazares (León).

He de confesarles que, llevando ya un servidor unos pocos años a la orden de mis vecinos en esto de ser Cronista, he ido pillándole el tranquillo, no sin llevarme algún que otro disgusto. A veces contrariado por no ser entendido por mis vecinos; a veces incapaz de afrontar todas las obligaciones que me impongo para servir justamente en tan honrosa responsabilidad, sigo tratando de cumplir semanalmente con la cita de mostrar el Paraíso en el que tengo la suerte de vivir a cuantos se acercan a estas páginas, a mis clases y conferencias; a las tertulias mensuales que comparto con mi querido Juan José Martín Durán y tantos buenos amigos o a cualquiera de los momentos en que ejerzo como Cronista, ya sea caminando por el bosque, ascendiendo cumbres o, simplemente, gastando algún que otro vinito con mi Compadre, el Sr. Bellette.

Es por todo ello, por esa obligación autoimpuesta, por la confianza de aquellos trece concejales en representación de cinco mil y pico vecinos, que he ido desgranando el enorme compromiso que el citado nombramiento conlleva y asumiendo que deberé luchar por estar a la altura de mis queridos paisanos durante el resto de mi vida. Quizás, comprendiéndolo finalmente, no volverá a mi cabeza la idea de recomendar a este o a aquella el ser Cronista Oficial de su villa, ciudad o pueblo. No sin antes hacerle comprender lo complejo del nombramiento.

O, quizás sí.

Verán Vds., a pesar de todo lo dicho, uno no deja de ser un habitante de la sierra, ya saben, un tanto montaraz, amante de lo extraño e imposible y, ¿por qué no decirlo?, tendente a la insensatez que tan bien definió mi querida abuela María. Y si estoy cambiando de opinión es porque conozco a uno que no sólo debería ser Cronista, sino que lo lleva siendo, sin él saberlo, los últimos treinta años de su vida. De perfil castizo, barba blanca y voz más que rota, trasegada como los vinos ásperos del Bierzo, mi querido Javier Pérez de Andrés lleva todo ese tiempo gastando zapato viejo, rueda nueva y bota dura por los caminos estériles de la vieja Castilla y del León crepuscular.

Durante todos estos años, Javier, ya fuera de viva voz, presencia poderosa o fina pluma astringente, nos ha ido enseñando que detrás de esos clichés de la España vacía o vaciada; de lo rural abandonado, gastado por la emigración forzosa; de las tradiciones congeladas en el tiempo por ausencia de sangre que las alimente; detrás de todo aquello, hay una Castilla que late con una fuerza descomunal; una tierra leonesa que se rebela contra ese sino maldito de creer que lo malo para el pueblo es lo único que existe. Detrás de ese velo de tristeza, abandono y olvido impuesto, Javier abre su arcón y nos muestra un mundo de tradiciones frescas que reviven; vinos jóvenes que riegan su barba blanca y el futuro de villas, aldeas y villorrios; jóvenes empresarios efervescentes que cogen con fuerza el picaporte de esa puerta que ha de llevarles hacia el futuro.

Y lo hace con la cotidiana tranquilidad de quien comprende lo importante que es dar espacio al cocido maragato de Castrillo de los Polvazares, al Prieto Picudo de Valdevimbre, al botillo del Bierzo, a los judiones del Real Sitio. A los garbanzos de Valseca. Al cordero de Sepúlveda y el cochinillo segoviano. Al chorizo de Cantimpalos y el jamón de Guijuelo. Al pan de cualquier pueblo y a las frutas de la huerta de tu vecino.

Y, sin ninguna duda, a la gente. No hay pueblo que se precie de esta tierra castellana, leonesa, comunera, que no haya sido ensalzado por Javier. Estoy seguro de que, en su pequeño tamaño, caben todas las llanuras castellanas y valles leoneses; ríos y lagunas empotrados en todas las sierras que rompen esa eterna meseta que rasgó el corazón del más castellano de los poetas sevillanos. En su voz rota están los lamentos y el jolgorio de todos sus paisanos. En su blanquinegra barba, el retrato de una España que fue y será. Por todo ello, querido Javier, estoy convencido de que no habrá otro más digno para cumplir con la obligación de la Crónica de esta tierra.

Apresurémonos, pues. No sea que pase como con José Antonio Labordeta y quede el morral lleno, la cachaba lista y el Cronista perdido.

Fuente: http://www.eladelantado.com/

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