LOS POZOS Y LOS PECES DE COLORES

POR CATALINA SÁNCHEZ GARCÍA Y FRANCISCO SÁNCHEZ Y PINILLA, CRONISTAS OFICIALES DE VILLA DEL RIO (CÓRDOBA)

Desde los albores de la humanidad, el hombre siempre ha ido buscando medios que le hicieran menos difícil la subsistencia y le cubriera sus necesidades. De nómadas, se convirtieron en sedentarios, y presumo que sería entonces cuando aplicarían su inteligencia hasta descubrir la fórmula de subir el agua de las corrientes subterráneas a la superficie, y construirían los primeros pozos en lugares próximos a sus viviendas y a los rediles del ganado.

Los pozos son excavaciones que se hacen en la tierra de forma vertical con el objeto de extraer agua, normalmente se configuran redondos, profundos, donde la luminosidad del día se pierde, y su fondo, donde se pone en comunicación con el manantial de agua subterránea presenta un aspecto oscuro y brilla la luz en el círculo de agua.

En mi casa hay un pozo, que sirve de ornato al patio, y a unos nueve metros de profundidad guarda celosamente su tesoro: una manta de agua pura escondida que, libre y fresca reposa bajo el paño asfáltico y que en su líquido refleja mi medio cuerpo sobrevolando el brocal, cuando curioso miro en su intimidad.

En el pueblo tuvieron pozos muchas casas hasta que al instalarse el agua corriente en la población se cegaron bastantes. Para mi felicidad, la casa que poseo en la Plaza de España, donde vivo desde mi matrimonio en 1960, lo conserva. Fue construido en 1933 de forma cilíndrica. El brocal de obra de albañilería sobre el suelo mide 80 cm. y su profundidad líquida variable es de medio metro.

En el interior del brocal se aprecia la obra de estilo encañado, donde los entrenudos los cubren ladrillos enteros sin enlucir mostrándonos sus caras, húmedas y verdosas como léganos, y sus nudos de ladrillos dormidos, colocados con tal armonía que semejan anillos nupciales fuertes como un amor sincero que, en sus 72 años de existencia, no ha detectado fisura alguna ni resquebrajamiento.

El agua de este pozo fue potable desde el principio y a él acudían vecinas de la calle con sus cántaros para abastecerse del líquido elemento. Hoy día que ya contamos con agua corriente, utilizamos el agua del pozo para fregar y regar las plantas habiendo dejado de beberla por el riesgo que pueda suponer si viene contaminada de los abonos que se le echan a la tierra, y que bien pueden venir disueltos en las aguas del venero que lo alimenta.

Antiguamente ocupaba el centro del patio y en la actualidad está adosado a la pared de una cocina y servicios que se hicieron como ampliación a la vivienda. En el patio, el pozo se eleva majestuoso, redondo, coronado de un arco metálico pintado de verde que se sostiene en el interior del brocal por sus dos extremos y sirve de soporte a la carrucha sobre la que se desliza una soga de cáñamo que tiene enganchado en un extremo un cubo metálico y el otro terminado en nudos, está amarrado. De la pared se proyectan al patio dos ventanas de cristal que sirven de mirador para ver las plantas con flores, el limonero, el pozo y la ida y venida de los pájaros.

En verano, utilizo el agua fresca para ducharme, y hubo un tiempo, cuando no existían los frigoríficos, en que los alimentos, carnes y bebidas se metían en canastas o espuertas, y se descolgaban en el interior del pozo hasta cierta altura para mantenerlas frescas y refrigeradas.

El brocal del pozo está rodeado por un escalón de albañilería de unos 30 cm. de huella sobre el patio, donde me siento yo a tomar el sol y a cortarme las uñas, o a la sombra protegido del limonero a beber una cerveza fresquita, según el tiempo y la necesidad.

El invierno pasado, unas heladas desnudaron el limonero que le hace compañía y le protege de la intemperie desde hace cuarenta años. Llegué a pensar, que el pozo disfrutó de este suceso, pues lo he sorprendido más luminoso, como gozando, mirando al exterior, cuando en sus aguas reflejaba todos los movimientos estelares del planeta. Una noche me paré a ver en sus profundidades la luna y las estrellas, que despacito recorrieron todo su diámetro, bebiendo su fresco líquido y desapareciendo sin dejar huella.

Al día siguiente se paró a beber el radiante sol y encendió una hoguera en su centro calentando las aguas y desprendiendo rayos multicolores a las frontales paredes. En un momento de arrebato y envidia ante tanta idolatría y belleza, arrojé un chino al fondo y destrocé todo el espectáculo, haciendo añicos el. Escenario. Al día siguiente, cuando las aguas volvieron a estar sosegadas, el sol se paró de nuevo a beber… y yo, me recreé viéndolo. Me habían perdonado la travesura.

¡Qué agradecido te estoy pozo querido! En ti se han reflejado este verano todos los pájaros que visitan mi solitario jardín y gracias a ti no se han mudado de hogar, a pesar de no contar con el limonero que los cobije; ufanos te sobrevuelan, y se paran en el arco verde, que sostiene la carrucha, y cantan para oír el eco de sus trinos que tú, con voz amorosa y fresca de barítono le devuelves desde el fondo de tu lago.

Muchas veces me han aconsejado que te ponga un motor para elevar el agua desde tu profundidad, y hasta ahora he rechazado la propuesta, porque, esa instalación, me privaría de muchos placeres: del ejercicio físico que desarrollo equilibrando la bajada del cubo vacío mientras la soga se desliza suavemente entre mis manos; de oír el golpe ¡plof! del cubetazo contra el agua al fondo; del chapoteo, al rescatarlo lleno de agua de tu lago; del balanceo que trae el cubo lleno durante la subida; de contemplar los choques del cubo que a veces se producen contra el muro y las salpicaduras de agua estrellarse contra las paredes y caer en el vacío; todo ello acompañado del chirriar de la carrucha y del ritmo que marcan mis brazos llenos de vigor, movimiento y armonía, al subirlos y bajarlos agarrándose a la soga, como artista de circo que trepa a un trapecio, hasta depositar el cubo lleno de agua en el borde del brocal. Una escena envidiable para fotografiar y recordar.

A todo el mundo le es atrayente, acercarse a un pozo, y una vez próximo a él, apoyarse en el brocal y buscar con la mirada el fondo; incita, asomarse al ventanal oscuro, y complace ver la figura humana, invertida, reflejada en el agua pura como si se tratara de un espejo de consola en feria.

Un pozo es, como un valor añadido en una casa. En mi primer hogar, en casa de mi abuela paterna, me enseñaron a querer el pozo que había en medio del patio. Tenía acoplada una pila de piedra donde lavaban la ropa, y un pilón más profundo para que bebieran agua las caballerías, y del que constantemente mi madre y tías sacaban cubos de agua para las faenas de la casa y para dar de beber a las gallinas, conejos y cerdos.

Un día, mi padre, puso en un cubo con agua varios peces de colores vivos que había comprado a un pescador del río y en ese recipiente los bajó al fondo del pozo. Los peces, al contacto con el agua dulce de inmediato se salieron del cubo y comenzaron a nadar en su nuevo estanque.

Entonces mi padre me dio un trozo de cristal de un espejo roto y dirigiendo hacia los peces los rayos solares que reflejaba el espejo, me enseñó a verlos en el agua. Esta distracción me gustó tanto, que la repetí muchas veces siendo niño; me asomaba al brocal y contemplaba desde lo alto el agua, y buscaba los peces y sus movimientos, y las cuevas del pozo, con el trozo de cristal del espejo roto que me dio mi padre y, siempre quedaba maravillado comprobando, cómo los rayos solares iluminaban el espacio donde yo los dirigía, y mientras, sin darme cuenta, las aguas secretas del pozo se apoderaban de mi conciencia y penetraban en mi alma.

Tanta admiración despertaron en mi los descubrimientos de aquellos secretos del agua subterránea que, pienso que, desde entonces amo los pozos que, generosos, propician la salida de su espíritu para darnos vida; y amo a los peces de colores, porque la contemplación de sus bellos cuerpos en armoniosos movimientos producen en mi un éxtasis de felicidad.

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