AQUELLOS INTRÉPIDOS AUTOMOVILISTAS

POR LUIS MIGUEL MONTES ARBOLEYA, CRONISTA OFICIAL DE BIMENES (ASTURIAS)

Una mirada atrás nos lleva a repasar el parque automovilístico de Bimenes allá por los años 1932 y 1933. Se trata de vehículos sujetos al impuesto de circulación. Los intrépidos conductores de la época eran un puñado de valientes que a bordo de aquellas máquinas transitaban por los escasos kilómetros de carretera que había en el concejo. Los dueños —todos de Rozaes y San Julián, salvo uno de Martimporra— formaban parte de un club exclusivo, un lujo al alcance de unos pocos.

Solo había tres coches en el concejo, todos de la marca Citroën. El de los médicos Paulino Antuña y Manuel Vázquez, ambos de San Julián, y el de Ramón García Antuña, del «Comercio Antuña», de Rozaes. Pertenecían a la clase A. Mientras que a la clase B, la dedicada al transporte de viajeros, estaban el Chevrolet de Apolinar, de Rozaes; el Buick de Mariano Roces, padre de Pepín de Mariano, y el Fiat de Manuel Argüelles Montes (Manolín de Bastián), estos dos últimos de San Julián.

El apartado de camiones y camionetas (Clase C) lo conformaban el Mánchester del ya citado Ramón, el Ford de Gaspar Gutiérrez Montes, de Rozaes, y el camión Sterling de Primitivo Fernández (Primo), de Martimporra. En la clase D, sección de motos, solo se contabiliza la de Atanasio Felgueroso Argüelles, de Rozaes, con la matrícula O-6071.

Al año siguiente, en 1933, se amplía el club con José Ordóñez Fernández, César Roces Corte, Graciano Montes Gutiérrez, de Rozaes, con su Chevrolet, y el médico Ángel F. Isasi-Isasmendi. Pero, sepamos algo de ellos. Ramón era un floreciente comerciante que disponía de coche particular y dos camiones o camionetas. En aquellos años, en su tienda, se vendían pistolas que se probaban en el roblón de Azaña, en Piñera, según información de Mable el de Melendreros, quien decía que era el árbol con más plomo de todo el concejo.

Manolín de Bastián, entre otros oficios, fue fotógrafo, carpintero, técnico de radio y minero, además de hacer las tareas propias del campo. Me cuenta Isaz el de Castiellu que, en El Malatu, ponía ruedas a las cajas de dinamita para sacar el carbón. De gran fama gozó su taxi.

Cada uno de los tres médicos citados disfrutaba de un Citroën. El más recordado es don Ángel, quien ejerció su profesión durante más de treinta años. Visitaba a los enfermos a caballo, pues casi todos los pueblos eran inaccesibles por carretera. Atanasio Felgueroso, personaje notable, era administrativo de Duro-Felguera y junto con su mujer, Amanda, eran dueños del negocio «Comercial AFALVA». El matrimonio formado por Primo y Prima regentaba un bar y una fonda en Martimporra.

Los titulares de los vehículos pagaban una cuota anual, en dos plazos, cuyos precios oscilaban entre las 832 pesetas que abonaba Primo, por el camión, y las 52 de Atanasio por su moto. Los coches pagaban alrededor de 250, los taxis sobre 500 y los camiones unas 700 ptas. Los médicos tenían un 50% de bonificación.

No cabe duda de que en estos años transcurridos hubo un gran avance para la clase media, hoy rara es la casa que no cuente con un coche o dos, las carreteras llegan hasta las aldeas más recónditas y los conductores se cuentan por decenas.

(Artículo publicado en ‘La Nueva España’ de Asturias el 29 de julio de 2019)

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