EL PATIO DE MI CASA

POR CATALINA SÁNCHEZ GARCÍA Y FRANCISCO PINILLA CASTRO, CRONISTA OFICIALES DE VILA DEL RÍO (CÓRDOBA)

En las casas, el patio es un espacio cerrado con paredes, en el que se deja el techo al descubierto para que penetre la naturaleza: la lluvia, el sol, la luna y las estrellas, y desde el que se puede contemplar el firmamento. Es una pieza más de la casa, con el atractivo de que a él se asoman ventanas y puertas del edificio para recibir la luz natural y el aire para la ventilación interior. Es la habitación multiusos donde se desempolvan esteras, se arreglan ropas o se lavan caracoles, etc. Los patios por las múltiples aplicaciones a que se destinan ofrecen una muy diversa configuración, pero casi todos tienen en común: estar encalados de blanco, desinfectante símbolo de pureza, poseer espacios de claroscuros, zonas húmedas y sobre todo que en ellos hay plantas florales y huelen muy bien.

Los patios suelen ser durante el día, el centro y habitad de la casa para los moradores de la misma, y de los animales domésticos donde los perros y los gatos se disputan los mejores espacios. En el pueblo abundan los patios de tradición morisca cargados de flores, con pilas lavaderos de piedra y pozos de agua fresca, aunque cada día van quedando menos.

El patio de mi casa era especial, en él se hacía y distribuía todo el orden de la casa, y eso que no era muy grande. A él desembocaba la cocina a la derecha, donde se preparaba la comida y donde se hacía normalmente el desayuno y el almuerzo, la cena la hacíamos en la casa. A la izquierda una pila de piedra con un grifo en lo alto, pues, disponíamos de agua corriente canalizada desde la fuente pública de la calle, y a continuación una cuadra. Frente a la puerta de la casa de la calle había tres salas seguidas y la puerta de entrada al patio, y frente a ésta una habitación con el lavabo, una ducha y el retrete.

De modo que todas las operaciones básicas fuera de dormir y estudiar teníamos que hacerlas pasando por el centro del patio. La vida familiar estaba organizada de tal forma, que en torno a él giraba todo.

Mis padres se dedicaban a la venta de bebidas, tenían una taberna, y los barriles y las garrafas de vino, en muchas ocasiones llegaron a ocupar parte del patio. Al mismo tiempo, mi padre, ejercía de corredor de ganado y compraba y vendía bestias, lo que originaba un trajín continuo de entrada y salida de animales a la cuadra tiradas por un mulero “Alfonso el Pajita” y para darles comida y agua.

Mi casa se parecía un poco al Arca de Noé. Teníamos perros, gatos, conejos, gallinas y pulgas. Entre los animales con solera se crió un galgo de nombre “Volante” que después de más de cincuenta años aun lo recuerdan los galgueros de oficio, por la fama que alcanzó entre sus congéneres, y entre los que sobresalió con muchos palmos, en altura, largo, poderoso y gran corredor y cazador.

El patio lo encalaban todas las primaveras, y estaba ensolado de chinos del río, y mis hermanos más pequeños y yo sembrábamos semillas en agujeros que hacíamos sacando chinos próximos a las paredes, y después de los hoyos salían plantas de enredadera que echaban flores trompeteras de variopintos colores, las que guiábamos hasta los alambres que servían de tendederos, y así cubríamos las paredes de flores.

En una ocasión entre las semillas cayeron unas pipas de calabaza y aunque nos asombraban las hojas tan grandes que nacían, continuamos protegiéndolas entre los alambres y cuando de las flores salieron los frutos los tuvimos que soportar con tela metálica para ver el resultado del experimento, que resultó muy admirado por todos los niños y amigas de mi madre.

En otra ocasión, mi padre, que era un hombre muy bondadoso y que quería mucho a sus hijos, a un legionario que andaba suelto por el pueblo, y que se presentó con un camaleón en el hombro a tomar vino en mi casa, le compró el camaleón, y nos lo puso en la parra para cuando volviéramos de la escuela, dándonos una gran sorpresa y alegría cuando lo contemplamos en el árbol y entre la chiquillería nos sirvió de mascota durante mucho tiempo.

El patio se unía por bajos tapiales con los de los vecinos, y uno de ellos Antonio Córdoba tenía una panadería a la que acudían muy temprano todas las mujeres del vecindario para hacer dulces, pestiños, roscos, magdalenas, etc. así que cuando soplaba el aire solano inundaba de olor a canela, clavo, azúcar, pimienta, limón rayado, etc. mi casa, y la calle, junto con las tortas y el sabroso pan candeal de diario.

Todas las mañanas se barría y regaba el patio, y cuando llegaba la costurera, Catalina Arenas Grande, con su máquina bajo el brazo, la colocaba en una silla alta y ella se sentaba en otra baja, y bajo la sombra del emparrado, manualmente moviendo la máquina Singer se ponía a coser. El patio se convertía entonces en un poco de confesionario, pues hasta él acudían las mujeres a comprar alcaparrones, pimientos y pepinillos en vinagre o aceitunas, puesto que allí estaban al sol o a la sombra los lebrillos y las tinajas con los productos hasta que se endulzaban y se aliñaban. Y durante las compras las mujeres formaban tertulias y se cruzaban toda clase de comentarios sobre la vida social del pueblo. Noviazgos, bailes, estrenos de vestidos en fiestas, bodas, parejas que no se llevaban bien, enfermedades, etc.

También las monjas, vecinas, visitaban mi casa para comprar vinagre, gaseosas o sifones y siempre tuvieron dispuestas en el patio sillas bajas de anea para sentarse cómodas y echar un ratito de charla con mi madre, mientras contemplaban y alababan de las parras, los hermosos racimos de uvas de “corazón de cabrito” como las llamaban, por su forma y color tan sugestivo.

A pesar del cantar de las niñas: El patio de mi casa es particular… No era así el de mi casa en la calle San Roque número 24, que hace esquina a la calle de este nombre y a la de Antonio Machado, antes de que se convirtiera en el bloque de pisos actual, pues más bien el patio de mi casa, era un lugar de reunión y tertulia entre amigas de mi madre.

Quiero y dejo patente mi admiración por esos espléndidos patios que dejan entrever su intimidad tras el artístico forjado de sus cancelas.

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