CANÓNIGOS ORIOLANOS

POR ANTONIO LUIS GALIANO, CRONISTA OFICIAL DE ORIHUELA

Los canónigos Antonio Pamies (dcha.) y Ginés Ródenas (centro). 2011. / Gaspar Poveda

Hace unos días nos dejaba un buen amigo de toda la vida. Me refiero al canónigo de la catedral de Orihuela, Antonio Pamies Andreu con el que siempre tuve, al igual que con su hermano Manolo, una entrañable relación, desde aquellos años de la niñez en los veranos de Torrevieja. En los momentos que supe la noticia, me pasó por mi memoria las muchas coincidencias con él y en los lugares que habían sido. Primero en la tierra de la sal; después como seminarista cuando asistíamos a los conciertos que organizaba la Caja de Ahorros de Ntra. Sra. de Monserrate; a continuación en sus destinos como párroco en Pilar de la Horadada, con el que colaboré proyectando la instalación eléctrica de la nueva iglesia, en Santa Pola cuando me desplazaba a impartir cursos; en Orihuela, en muchas ocasiones, desde su nombramiento como canónigo el 10 de julio de 2007, y ostentando la representación del Cabildo Catedral en algunos actos del día de San Antón. Para mí, Antonio fue un buen hombre y un mejor sacerdote.

Al enterarme de su fallecimiento recordé a otros canónigos de aquel Cabildo de los años cincuenta con los que tuve más o menos relación. Y me vino a mi mente, el que era deán entonces, José Sanfelíu Giner, que había sido nombrado en 1952, y que cinco años después desempeñaba entre otros los oficios de canciller secretario de la Curia Diocesana, desde 1947, profesor y rector de Honor del Seminario Mayor. Mi relación con él se redujo a ayudarle alguna misa en la catedral. Recuerdo que vivía en la Corredera y que asistí a su multitudinario entierro.

También fui monaguillo con monseñor Joaquín Espinosa Cayuelas, prelado doméstico de Su Santidad, que había sido nombrado en 1947 y que diez años después, ya jubilado, era visitador general de religiosas. Recuerdo que al terminar la misa, me daban como salario una peseta de las de entonces.
Era frecuente, todas las tardes encontrarnos por las calles de Orihuela dando la vuelta a los puentes o por los Andenes, a Jesús Mª Imaz Urcola y al arcediano Modesto Díaz Zudaire. El primero accedió a la canonjía en 1947 y el segundo, en 1953. Cuatro años después, además de otras obligaciones lo encontramos como fiscal y defensor del vínculo del Tribunal Eclesiástico. A don Jesús lo tuve como profesor de Filosofía en sexto de Bachillerato en el Colegio Santo Domingo. Su presencia por Orihuela en «vespa» era frecuente e insólito. Con los años ocupó el decanato del Cabildo Catedral, y en él siempre vi a un hombre liberal en todos los sentidos. El segundo, don Modesto, en el citado Tribunal, en 1957, era provisor o juez eclesiástico, y lo traté muchos años como hermano mayor de la Cofradía Ecce Homo.

Dentro de la incorporación de canónigos en 1947, también localizamos a Juan Martínez García, vicerrector del Seminario Conciliar, al que saludábamos siempre cuando junto con mi padre y mi madre ascendíamos hasta el Seminario para llevar a cabo la vacunación contra la peste aviar de las dos mil gallinas que había en su granja. Al terminar nos obsequiaban con una limonada y unos rollos salidos de la manos de las carmelitas, al frente de las cuales estaba la madre Micaela.

También de los años cuarenta, concretamente nombrado en 1948, el canónigo oriolano Monserrate Abad Huertas, muy amigo de mi padre. Parece que lo estoy viendo visitando todos los veranos a las familias oriolanas por las calles próximas a la entonces ermita del Sagrado Corazón de Torrevieja. Así como en el Archivo Catedral cuando desempeñó el oficio de canónigo archivero.

Entre estos canónigos, también encontramos al magistral Salvador Ivars Devesa que fue nombrado en 1951, y con la distinción como «canónigo de Honor», el sabio José Andreu Rubio, al que lo tuve como miembro de tribunal de la Reválida de Cuarto de Bachiller en Alicante.

Los de aquella promoción tuvimos la fortuna de que los dos vocales estaban relacionados con Orihuela (el otro fue al catedrático Francisco Morote Chapa, casado con una oriolana). Estoy seguro que debieron echarnos una mano a alguno. A mí, entre ellos.

Quede todo lo anterior como un recuerdo, y en memoria de mi amigo Antonio Pamies Andreu.

Fuente: https://www.diarioinformacion.com/

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