POCEROS Y POZOS EN EL INGENIO

POR RAFAEL SÁNCHEZ VALERÓN, CRONISTA OFICIAL DE INGENIO (CANARIAS)

La apertura de un pozo con sus instalaciones y maquinaria para su puesta en servicio llevaba consigo la inversión de un gran capital que solo podían afrontar los grandes propietarios y exportadores. De los 5000 pozos existentes en el Archipiélago, la mitad corresponden a Gran Canaria y, de estos, 91 se contabilizan en el municipio de Ingenio.

A finales del siglo XV, las tierras y aguas superficiales de Gran Canaria fueron repartidas en distinta proporción entre los que de alguna manera habían colaborado en la Conquista. En las zonas bajas se conformaron tierras de cultivo susceptibles de ser regadas por gravedad por las aguas provenientes de las cuencas de los grandes barrancos. Durante siglos el agua de riego estuvo administrada por los Heredamientos, en general en manos de poderosos propietarios, destinada en principio en su mayor parte al riego de la caña de azúcar. Ya una vez diversificados los cultivos se emplea en plantaciones de huerta, principalmente papas y millo, en una economía de autoconsumo.

Si bien los primeros colonizadores conocieron la existencia de pozos, estos eran de poca profundidad, hasta unos doce metros, cerca de las poblaciones, de los que se extraía el agua con técnicas rudimentarias para abastecimiento humano. El aumento de la población y la proliferación de nuevos cultivos obliga a buscar agua en el subsuelo a través de minas y galerías. Con los llamados cultivos de exportación la construcción de pozos se extiende a partir de finales siglo XIX, alcanzando su máxima expansión a mediados del siglo XX con sobreexplotación del acuífero y el consiguiente descenso del nivel freático, que hace que cada vez se tenga que profundizar más para encontrar agua.

Parte de este trabajo fue dado a conocer en la exposición de carácter etnográfico en el Centro Cultural García Lorca de Ingenio (Gran Canaria) con motivo XXIV Festival Internacional de Folklore.

La apertura de un pozo con sus instalaciones y maquinaria para su puesta en servicio llevaba consigo la inversión de un gran capital que solo podían afrontar los grandes propietarios y exportadores. De los 5000 pozos existentes en el Archipiélago, la mitad corresponden a Gran Canaria y, de estos, 91 se contabilizan en el municipio de Ingenio con un porcentaje del 3,6 %, que aproximadamente coincide con su superficie y población. Para la explotación y funcionamiento de los pozos se necesitaba gran cantidad de mano de obra (albañiles, piqueros, maquinistas, mecánicos, terreros) en un trabajo duro, peligroso y mal remunerado con gran precariedad en maquinaria e instalaciones que, unido a la existencia de gas, ha producido numerosas víctimas. La mayoría de los pozos que existieron en Ingenio están abandonados debido al agotamiento del acuífero, salinidad, altos costes de explotación y limitación de permisos.

Ya no se escucha el ensordecedor ruido de los Ruston y Lister… ni el sonsonete de las campanas… ni la resonancia del agua. Las casas de máquinas, estanques y terreras que formaron parte del paisaje de Ingenio se transforman o desaparecen lentamente.

Un obrero se salva milagrosamente al caer al vacío en un pozo de Aguatona (Ingenio). Relatamos uno de los muchos accidentes ocurridos en pozos de la zona, la mayoría con resultado de muerte; en este caso con final feliz.

Transcurría una calurosa jornada el 9 de agosto de 1951, cuando en el pozo propiedad de D. Moisés Rodríguez González, de 74 metros de profundidad, situado en el barranco de Aguatona del término municipal de Ingenio, se realizaban trabajos de profundización a la búsqueda del preciado líquido. En las tareas de maniobras con el guinche se encontraba el maquinista Luis Díaz Díaz acompañado de Juan Cabrera Vega; con la carreterilla para transportar el material extraído hasta la terrera, el obrero escombrero (terrero) Juan Castro González, de 18 años, natural y vecino de Ingenio, protagonista principal del suceso.

En el fondo del pozo estaban los piqueros Juan Ortega Romero y Felipe Santana Castro. Para los trabajos de extracción de escombros, existían dos tornos: uno de ellos que funcionaba normalmente para bajar y subir el personal, sacar los escombros y efectuar reparaciones, y el otro que se tenía en reserva con la cuba en el fondo del pozo para el caso de que los obreros que estuviesen trabajando abajo pudieran subir con rapidez, dado que -al igual que otros pozos de la zona- tenía bastante gas. El brocal del pozo solo disponía de un bordillo de 20 cm de altura, única defensa ante el peligroso abismo, desde donde Juan Castro tenía que arrastrar el cacharrón una vez este llegara cargado de rocas al brocal del pozo para vaciarlo y transportarlas luego en una carretilla a la terrera, en el exterior de la casa de máquinas. El joven Castro, después de vaciar un cacharrón de rocas y dejarlo vacío en el lugar, se dispuso a trasladarlas a la terrera con la carretilla; al regresar se fue a la boca del pozo para mirar las luces de los obreros que estaban abajo por si el gas las hubiera apagado, obedeciendo órdenes, en virtud de prevenir el letal gas, y para ello tuvo que agacharse por temor a caerse ante la ausencia del pretil de salvaguarda. En ese momento Luis Díaz hizo mover el torno de extracción sin percatarse que Castro se encontraba en esa situación por impedirlo la maquinaria de la bomba instalada; y aunque Castro trató de ponerse en pie, cuando observó el movimiento del cacharrón, no le dio tiempo de apartarse, siendo golpeado y cayendo al vacío. Por fortuna, después de haber caído bastantes metros en el pozo, pudo agarrarse con la mano derecha al cable del torno de reserva y así, deslizándose a lo largo de él, llegó hasta el cacharrón que estaba en el fondo. Como quiera que llevaba bastante velocidad, al golpearse en el mismo se produjo una herida en la pantorrilla derecha, fracturándose tres costillas, aparte de la herida de la mano derecha por el rozamiento del cable. A consecuencia del golpe perdió el conocimiento. El piquero Juan Ortega subió al herido al cacharrón y, después de darse las campanadas correspondientes para izar, se llegó al brocal, trasladándose luego al herido a la Casa de Socorro de Telde, donde se le hizo la primera cura, y de allí al día siguiente a la clínica de San Roque de Las Palmas, donde curó al poco tiempo.

El Cuerpo Nacional de Ingenieros de Minas del Distrito de Las Palmas, después de una visita a final de mes, incoa expediente de multa al propietario del pozo, así como la obligación de subsanar las múltiples anomalías existentes, entre ellas elevar el pretil del brocal del pozo a una altura mínima de 80 cm, dotarse de aparatos de salvamento antigás y adiestramiento de los obreros en la práctica de respiración artificial según disponía el reglamento. Determinándose que el accidente fue fortuito. El juicio de faltas sobre el suceso se celebró el 1 de agosto de 1952 en el Juzgado Comarcal de Ingenio, ante juez D. Jesús Pérez Alonso, quien después de oídos los testigos y no habiendo comparecido el lesionado, considerando que de las pruebas practicadas resultaba que las lesiones sufridas por Juan Castro González fueron ocasionadas por un hecho casual, consideró procedente terminar las actuaciones sin declaración de responsabilidades, declarando las costas de oficio.

Fuente: https://www.bienmesabe.org/

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