UN MAR DE PLÁSTICO

POR ADELA TARIFA, CRONISTA OFICIAL DE CARBONEROS (JAÉN)

Viajo con frecuencia por la carretera de la costa que va de Alicante a Granada, camino de La Alpujarra. Gran parte de ese recorrido lo hice muchas veces siendo chica, cuando mi padre me llevaba cada nuevo curso al internado de Almería para hacer el bachiller. Aquella vieja carretera, infernal por la curvas, era bellísima en paisajes. Salíamos bordeando Sierra Nevada camino de Berja; allí ya no hacia tanto frio. El paisaje cambiaba, abundaban los parrales al acercarnos a Dalias, un pueblo grande y próspero. Cerca estaba El Ejido, barriada de Dalias, que solo lo formaba unas cuantas casas junto al camino. Allí empezaba a oler a mar y sal. Se imponía la belleza desnuda del desierto. Luego entrabamos en aquellas curvas hacia Almería, zigzagueando la costa- el Cañarete creo que le llamaban- con paisaje azul e infinito; con barcos que se acercaban al Puerto, y la Alcazaba en el horizonte.

El Parque de Almería nos daba la bienvenida a otro mundo cada fin de septiembre, sin la amenaza de nieves ni fríos invernales. Las palmeras eran dueñas del horizonte. En el patio del colegio, cómplice mudo de secretas confidencias de niñas que se hacían mujeres vestidas de azul marino, gastado con las pisadas de “zapatos Gorila” de las colegialas de Santa Juana de Lestonac, unos grandes ficus fueron nuestro parasol. No imperaba todavía el reinado del plástico. Se reciclaba todo. Hasta el papel de plata de las chocolatinas que de cuando en cuando comprábamos, servía para fabricar una pelota, que crecía con el transcurrir de los meses de encierro. En mayo íbamos con flores a la Niña María. Junio era mes de exámenes durísimos; asignaturas completas nos exigían los profesores al finalizar el curso, cuando los calcetines de reglamento nos cocían los pies.

Yo solo soñaba con volver al pueblo en vacaciones. Nunca he deseado tanto con mayor ilusión que aquello. Algún año de esas mágicas vacaciones me tocaba ir con mi abuela a Lanjarón, un paraíso de agua, arboles y sombras. Otros veranos nos llevaba mi madre a la playa más cercana, La Rabita. Quince días eran los habituales para ese veraneo de olas y sol, sin plásticos en el horizonte. El único plástico sería el de las chanclas, que duraban una eternidad. Poco más. En este pueblo a veces subimos al castillo, que era Cuartel de la Guardia civil, y otras caminábamos por la carretera que iba a La Mamola, para ver el mar desde arriba. Eran tardes trasparentes en un horizonte libre de plásticos. No se habían inventado los invernaderos, ni en Roquetas, ni en Aguadulce. El Ejido ni soñaba con ser la capital del plástico; por las ramblas, cuando no caía una tromba de agua y lo arrasaba todo, crecía esparto y adelfas y habitaban los lagartos. Bellísimo paisaje lunar desnudo, como el de Tabernas.

Pero esos lugares un día eligieron como seguir viviendo. Ser más o menos rico cuenta demasiado en un mundo como el nuestro. Eso lo aprendieron pronto los jornaleros inmigrantes, que venían a recoger lo que los españoles desechaban: el duro trabajo bajo el sol, y el más duro bajo plásticos. Y así muchos edificios que habían nacido para alojar veraneantes por quincenas fueron alquilados por años para dormitorios de estos africanos que viven de día bajo un mar de plásticos que impide ver el mar. Y así el negocio del turismo se fue muriendo allí donde imperaba el plástico y los plaguicidas. En ello seguimos; Porque hoy allí ningún veraneante puede mandar una foto a la familia con un paisaje sin plásticos como fondo. Es que allí hoy el único paisaje que sale en las fotos es un mar de plásticos infinito, que avanza imparable hasta el borde mismo del mar. Aquello, dicen, es la huerta de Europa, Pero una huerta feísima. Desde luego, al viajero que tiene que atravesar esa carretera lo último que le apetece es buscar allí un lugar de veraneo. Lo comprendo.

Por eso servidora, que conoció el paraíso perdido, cuando recorre hoy esas tierras, tan íntimamente unidas a mi existencia, siente un nudo de tristeza dentro y cierra los ojos para no ver un horrible mar de plásticos que ha intoxicado el mapa de mis recuerdos más felices. Y que ahoga el mar.

Cada ser humano debe de ser libre para elegir como vivir. Aunque se equivoque. Y cada tierra elige su destino. Luego no vale quejarse porque hay decisiones que no tiene marcha atrás. Turismo y mar de plásticos no son compatibles.

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