EN EL DIA DE LOS DIFUNTOS: “RÉQUIEM AETERNAM DONA EIS DOMINE, ET LUX PERPETUA LUCEAT EIS”

POR MANUEL GARCÍA CIENFUEGOS, CRONISTA OFICIAL DE MONTIJO Y LOBÓN (BADAJOZ)

En estos días ya no hay misa de tres capas negras, ni catafalco, ni sala de los muertos, ni el canto penetrante de los latines del introito de difuntos “Réquiem aeternam dona eis Domine, et lux perpetua luceat eis”. Ni monaguillos con sotana y roquete pidiendo, de puerta en puerta, una ayuda para doblar las campanas por los sufragios de los difuntos en la noche de Los Santos (día de alegría) a los Difuntos (día de tristeza por los seres queridos). En otros tiempos, cuando caía la tarde, comenzaban a llorar las campanas al toque de ánimas. Entre los dobles, los muchachos entretenían sus quehaceres asando castañas allá arriba, en la torre.

La conmemoración de los fieles difuntos fue instituida por San Odilón, quinto abad de Cluny, en el siglo XI. Aunque su origen bíblico se remonta al siglo I antes de Cristo, cuando Judas Macabeo ordenó un sacrificio expiatorio en el Templo por las almas de sus soldados muertos en pecado, haciéndolo “con gran rectitud y nobleza, pensando en la resurrección, pues si no hubiera esperado la resurrección de sus compañeros, habría sido completamente inútil orar por los muertos. Pero él consideraba que, a los que habían muerto piadosamente, les estaba reservada una magnífica recompensa. En efecto, orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados es una acción santa y conveniente” (2 Macabeos 12:43-46). De su origen judío han pasado veintiún siglos y del cristiano, diez.

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