LA MONEDA DE CARONTE

POR JOSÉ MARÍA SUÁREZ GALLEGO, CRONISTA OFICIAL DE GUARROMÁN (JAÉN)

Caronte, de Gustavo Doré, ilustración para la Divina Comedia.

Suele decir mi contertulio El Caliche, viejo gastrósofo del terruño, de forma tajante, que de esta vida sacarás panza llena y poco más. Y debe llevar razón cuando, curiosamente, el primer refrán gastrosófico que sentencia Sancho Panza en El Quijote (capítulo XIX de la primera parte), en una aventura que recuerda el traslado de los restos mortales de San Juan de la Cruz desde Úbeda a Segovia. Es aquel que en boca del buen escudero suena así:” …Y como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza“.

Hay quien ha dicho, con cierto sentido burlón, que la vida es una aventura de la que nadie sale vivo, asociando el hecho de irse al otro barrio con la única circunstancia vital que no tiene remedio: morirte, le he leído a alguien, es lo peor que puede pasarte, porque después de eso ya no te vuelve a pasar nada más, seguro.

Tal vez sea por ello por lo que, sabiendo de antemano el desdichado final de tal aventura, tratemos de dilatarla en el tiempo todo lo que sea menester y hacerla lo más llevadera posible, pues por mucho valle de lágrimas que aquí tengamos son muy pocos los que quieren irse.

Llegando el primer día del mes de noviembre, es tradicional que nos acordemos de todos los que se nos fueron para siempre, pero sin perder de ojo la hogaza. En prácticamente todas las villas y ciudades de Jaén han existido las antiguas Hermandades de Ánimas, cuyo cometido no era otro que recaudar fondos para sufragar las misas y los rezos que hicieran posible que las almas en pena encontraran la paz eterna purgando sus pecados. La noche de tránsito desde el día de Todos los Santos hasta el día de Todos los Difuntos es el tiempo propicio para que los vivos se enteren del descontento de sus muertos, pues no es menos cierto que muchas de las hogazas que se comen algunos vivos se han amasado con los sudores de algunos de sus muertos, y a veces en contra de la voluntad del finado cuando vivía. Plantearse eso de noche, mediado el otoño, en el que las mariposas de luz, ancestrales luminarias, nadan en el tazón sobre el aceite dibujando tenebrosas sombras, siempre suscita algún que otro remordimiento, cuando no mucho canguelo, pues si bien es cierto que nadie ha vuelto del otro sitio, cualquier día puede ser el primero, como bien repetía la tía Jesusona para general susto de los niños que la oíamos contar aquellas historias.

En pueblos como Baños de la Encina y Guarromán, es tradicional que para esas fechas los hombres desde antaño, y ahora pandillas de ambos sexos, abandonen la localidad pasando la Noche de los Santos en el campo junto a un fuego comiendo y bebiendo. Según parece tal circunstancia es debida al hecho de que era piadosa costumbre durante esos días que las campanas de la iglesia no dejaran de “tocar a muerto”, lo que creaba el normal desasosiego y la consabida congoja de ánimo. El mejor remedio, empinarse un medio (medida tabernaria para el medio litro de vino que se expendía en las clásicas botellas labradas de anís El Mono), lejos de tan lúgubre sonido y con alguna que otra engañifa de cerdo. Mientras tanto las mujeres acudían a las misas pertinentes (había que oír tres por difunto de la familia), preparaban gachas dulces de harina con tostones de pan, y miel o leche caliente según el gusto del lugar. Los niños, como broma, les echaban trozos de corcho que los más viejos confundían con el pan frito, y con la masa sobrante tapaban los ojos de las cerraduras de todas las puertas y candados de la casa, para que ningún alma en pena, errabunda en la eternidad, pudiera entrar en ella.

En la mitología griega, Caronte era el barquero del Hades, el encargado de guiar las sombras errantes de los difuntos recientes de un lado a otro del río Aqueronte, si tenían dinero para pagar su último viaje, razón por la que en la Antigua Grecia los cadáveres se enterraban con una moneda bajo la lengua. Moneda que en nuestra cultura cada año gastamos en flores y en vino para echarle las honras a quienes ya cruzaron el río que separa las orillas de las sepulturas y las hogazas.

Fuente: https://josemariasuarezgallego.com/

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