ÁNGELES VILLARTA, BELMONTINA DE CUNA Y LLASTRINA DE CORAZÓN

POR JOSÉ ANTONIO FIDALGO SÁNCHEZ, CRONISTA OFICIAL DE COLUNGA (ASTURIAS)

Portada de «Una Mujer Fea», Premio Fémina 1953. Editorial Colenda. Madrid 1954- 2ª Edición.

Falleció en Madrid a la edad de 105 años y el jueves, 8 de noviembre del pasado año, fue enterrada en Lastres (Colunga-Asturias) una de las mujeres pioneras del periodismo asturiano y español, la belmontina de nacimiento y llastrina de vida y cariño, doña ANGELES VILLARTA TUÑÓN.

Permítanme una breve historia con data de finales del siglo XIX y origen en la villa toledana de Alameda de la Sagra. En ella nace don Pedro Villarta Encinas y su padre, veterinario, ve en él la semilla de un futuro médico rural. Don Pedro estudió el bachillerato y la carrera de Medicina en Madrid (Instituto de San Isidro y Facultad de San Carlos y, recién titulado ejerce su profesión en Beteta (Cuenca).

Según me contó su hija Ángeles, fue el Premio Nobel don Santiago Ramón y Cajal quien animó a don Pedro a solicitar la plaza de Lastres para, poco tiempo después, ejercen en Aller y en Belmonte de Miranda, localidad donde se casa con doña María Tuñón García-Ramírez y nacen sus hijas.

Era el año de 1913 cuando allí nació doña ÁNGELES VILLARTA TUÑÓN.

Pero los llastrinos no se resignaron a «perder a don Pedro». Y a Belmonte de Miranda fueron en comisión para solicitarle su retorno al pueblo colungués. Y a Lastres se vino don Pedro, y en Lastres murió el 3 de octubre de 1961 y en Lastres reposan sus restos.

Y Lastres recuerda a don Pedro dando su nombre a la calle donde vivió.

Su hija, ANGELES VILLARTA, estudió en Madrid y en Suiza. Respondió a la llamada del periodismo, de la poesía, de la novela… y el triunfo fue su compañero de profesión.

Su novela UNA MUJER FEA fue galardonada con el Premio Fémina en 1953. Es una muy buena novela, si bien para mi tiene el valor añadido de ser un retrato de la marinería y vivir lastrinos en aquella época un tanto difícil.

Tengo la suerte de poseer un ejemplar de la segunda edición de esa obra, que leo y releo con placer y nostalgia.

Conocí y traté con admiración y respeto a doña Ángeles. Su cuñado, don Pedro Pascual, fue director de LA NUEVA ESPAÑA y con él inicié yo mis colaboraciones en ese periódico en 1982.

Esa brisa de mar que riza caprichosamente el oleaje y lo transforma en espuma será el murmullo musical que dará reposo a su sueño eterno en la gloria del cielo.

Ese cielo donde no hay mujeres feas.

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