LA RIBA DE SANTIUSTE: CUANDO LOS CASTILLOS DOMINAN LA HISTORIA

“SE HIZO MUY IMPORTANTE EN LO ESTRATÉGICO, POR SER ATALAYA FUNDAMENTAL EN UNO DE LOS CAMINOS NATURALES PARA LLEGAR A LA MESETA MERIDIONAL”, CONFIRMA EL CRONISTA PROVINCIAL DE GUADALAJARA ANTONIO HERRERA CASADO

Guadalajara es una tierra «castillera». A lo largo y ancho de la provincia se pueden distinguir un gran número de fortificaciones y atalayas de diferentes épocas y estilos. Sin embargo, la relevancia patrimonial e histórica de estos complejos entronca directamente con la causa de su nacimiento. No hay que olvidar que el espacio arriacense se alzó –durante siglos– como un territorio de frontera…

La propia geografía provincial facilitó esta circunstancia. Las cordilleras emplazadas al Norte y al Este de Guadalajara –coincidentes con los sistemas Central e Ibérico– favorecieron el establecimiento de divisiones entre reinos y gobiernos. Unos límites que –según los gobernantes de turno– habían de defenderse a capa y espada. Y como muestra, las guerras entre cristianos y árabes o entre Castilla y Aragón.

Unas luchas continuas que, entre otras consecuencias, permitieron la edificación de un gran número de fortificaciones y torres vigías, como la localizada en Riba de Santiuste. Ésta es una localidad situada a poco más de 17 kilómetros de Sigüenza, que se define por el abolengo de su fortaleza.

“El castillo de La Riba, como por allí le llaman, o de San Justo –como fue denominado en siglos anteriores– es uno de los más espectaculares de la tierra de Guadalajara. Y por estar incluido en la cuenca del Henares, muy cerca de la Ciudad del Doncel y en un entorno «castillero» denso, merece siempre una visita”, asegura el actual cronista provincial, Antonio Herrera Casado.

Este monumento se comenzó a construir en el siglo IX, durante la época andalusí, para defenderse de las embestidas castellanas. Desde entonces, ha sufrido varias restauraciones e intervenciones. Entre ellas, la ampliación y reconstrucción acaecida a finales del siglo XII por parte de los obispos de Sigüenza, señores del lugar.

Pero, ¿cuál fue el verdadero origen de este monumento? “Ya habitado en épocas celtibéricas, los árabes hicieron un castillete de vigilancia sobre el valle, que durante las guerras de la «Reconquista» se hizo muy importante en lo estratégico, por ser atalaya fundamental en uno de los caminos naturales para llegar a la meseta meridional”, confirma Herrera Casado.

Sin embargo, la historia del monumento no finalizó aquí. Todo lo contrario. “En la primera mitad del siglo XI, Fernando I lo conquistó, perdiéndolo luego. A los musulmanes se lo ganó definitivamente Alfonso VI, en el gran empuje hacia Toledo de 1085. El rey Alfonso VII, en 1129, hizo donación del castillo y de la villa al obispo de Sigüenza y –desde entonces– formó parte del señorío seguntino”, indica el cronista provincial.

A pesar de ello, el carácter fronterizo del complejo acabó afectando a la propiedad del mismo, aunque siempre –por H o por B– regresaba a manos de los prelados seguntinos. “Temporalmente lo incautó para la Corona el rey Pedro I de Castilla, alegando su interés para la defensa del límite con Aragón, pero volvió a pasar a los obispos inmediatamente”, explica Herrera Casado.

/ Foto: Javier de Lorenzo

“A lo largo del siglo XV fue lugar de enfrentamientos guerreros: durante la contienda «de los infantes de Aragón», tropas navarras lo ocuparon en 1451. El obispo de Sigüenza, Fernando de Luján, planeó su reconquista, la cual fue llevada a cabo con éxito al año siguiente por parte del deán del Cabildo, don Diego López de Madrid”, describe el cronista provincial.

Precisamente, en ese momento, y con el fin de recuperar la plaza, se realizó un asedio de la misma por parte de las huestes clericales. “El cerco duró entre abril y agosto de 1452, desarrollándose continuas escaramuzas en las cuales el número de navarros fue disminuyendo […]. Así, López de Madrid se dispuso a dar el asalto final a la fortaleza. Para ello, ordenó a sus tropas que subieran por el cerro dos culebrinas y otras armas de fuego, con las cuales tiraron –por dos o tres sitios– las cortinas del complejo. Y, seguidamente, lo conquistaron”, aseguran diversos especialistas en castillodelariba.com.

Así, el clero seguntino continuó siendo el propietario del castillo de la Riba de Santiuste. Y lo fue hasta la supresión de los señoríos, aprobada a inicios del siglo XIX. Empero, la fortaleza acabó siendo destruida por orden del general Duvernet en 1811. Un lance que ocurrió durante la Guerra de la Independencia española…

A partir de ese momento, el complejo sufrió diversas circunstancias. Desde el abandono más cruel a la utilización –ya en el siglo XX– por parte de la polémica organización Nueva Acrópolis, cuyos miembros hicieron en su interior varias celebraciones y ritos. En la actualidad continúa en manos privadas y ha visto cómo varias de sus estancias han sido rehabilitadas…

En la cresta de la montaña

/ Foto Antonio Herrera Casado

La fortaleza de la Riba de Santiuste es típicamente medieval, aunque su forma viene determinada por la loma en la que se ubica. Desde la misma se domina no solamente el municipio de Riba de Santiuste. También una parte muy importante del valle del río Salado, que atraviesa el lugar. “El castillo se asienta sobre el largo y agudo lomo de un empinado cerro formado por fuertes sinclinales rocosas”, explica Antonio Herrera Casado.

El complejo “se adapta a las peñas que la sirven de sólidos cimientos, teniendo la forma de largo y estrecho buque con la aguda proa dirigida sensiblemente hacia el norte. Carece de foso y barbacana, innecesarios dada la pronunciadísima pendiente de las laderas”, subrayaba hace decenios otro de los cronistas provinciales, Francisco Layna Serrano, en una de sus obras.

Esto hizo que el monumento sea de “planta muy estrecha y alargada”, de 90 por 12 metros. “El monumento se compone de un cuerpo principal de altos muros almenados y limitados por poderosos cubos esquineros, con un pequeño patio central y un aljibe. Al sur está el gran patio, también rodeado de un alto murallón y cubos cilíndricos en los ángulos.

Y [además destaca] un último cuerpo –en el que se abre la puerta al norte–, muy estrecho y rematado en saliente y alta torre”, explica Antonio Herrera Casado.

Una estructura que también es descrita por el historiador Amador Ruibal. “El edifico tuvo antemuro, del que restan escasos vestigios, tanto en el frente norte –delante de la torre pentagonal– como en el sur, que hace función de primer recinto, donde hay un patio cerrado por cortinas de mampostería con dos cubos cilíndricos”, explica. “A continuación está la zona central –el auténtico castillo–, con cámaras y aljibe, rectangular, con torres cuadradas. Y, finalmente, hay otro patio central, al norte, que termina en torre pentagonal”, explica.

/ Foto: Javier de Lorenzo

A pesar de esta luenga historia y riqueza artística, el Estado español –que acabó siendo el propietario del complejo– subastó el castillo en la década de 1970. En ese momento fue adquirido por un particular. Desde entonces, siempre ha permanecido en manos privadas. Incluso, llegó a ser utilizado por Nueva Acrópolis, una entidad supuestamente vinculada a estudios esotéricos teosóficos. Pero aquello ya pasó, por lo que no quedó rastro de las reuniones de dicha organización, que algunos calificaron de secta con pretensiones filonazis.

La leyenda continúa

Sin embargo, el castillo de La Riba de Santiuste sigue siendo muy conocido en la actualidad. Y lo es no solo por su interés patrimonial o histórico. También por las leyendas que lo rodean. Unos misterios que han generado el interés de algunos periodistas «afamados», como el ya fallecido Antonio José Alés –director del programa Medianoche– o Iker Jiménez. Éste último llegó a emitir en 2006 un programa desde el interior del mencionado monumento…

Todo ello debido a la existencia de Manuela, un hipotético espectro del tipo «dama blanca» que –según cuenta la leyenda– sigue vagando por la fortaleza. Algunos dicen que, incluso, le gusta asomarse desde las almenas… La presencia de esta figura, a su vez, generaría diferentes fenómenos paranormales, que son los que «han investigado» varios «expertos», como Iker Jiménez o Antonio José Alés.

Además, existe una diversidad de versiones sobre el origen de Manuela. La primera y más conocida es que dice que se trataba de una joven árabe, hija de uno de los primeros señores de la fortaleza, que acabó enamorada de un cristiano. Flechazo que ocurrió a pesar de que su familia ya le había organizado un matrimonio de conveniencia. Enterado de dicha «infidelidad», su progenitor tomó represalias. Y, desde entonces, el alma de la chica continuaría vagando por el lugar…

También se cuenta que Manuela fue una cantinera que acompañaba a los soldados durante el asedio producido en 1451. Entre sus funciones se hallaban las de cuidar a los militares durante esos difíciles días. Finalmente, la mujer también habría acabado trágicamente asesinada durante el mencionado sitio.

Pero, en realidad, nada se sabe de esta historia… “Detrás del personaje de Manuela no hay ninguna documentación histórica que pueda avalar [su origen]”, confirmaba el historiador Juan José Sánchez-Oro a un programa de radio local de Guadalajara. “Nos movemos en la bruma del mito”, añadía durante su intervención.

Empero, lo que parece más verídico es que los relatos en torno a este etéreo personaje son de reciente aparición. “El «fantasma» de Manuela no era conocido por parte de los habitantes de Riba de Santiuste hasta la llegada de los programas de radio [de Antonio José Alés e Iker Jiménez]”, aseguraba el historiador José Sánchez-Oro. Incluso, hay quien dijo que la referida «presencia» pudo ser un invento de los componentes de Nueva Acrópolis…

Eso sí, en la zona aún hoy se conservan otras tradiciones orales. Entre las historias que sí existían antes de la llegada de Manuela se debe mencionar aquella en la que se aseguraba que, en el interior de la fortaleza, vivió una gallina que producía huevos de oro. “Todo ello tiene su origen en la contribución que tenían que abonar los habitantes del pueblo para el sostenimiento de la escasa mesnada que mantenía el obispo de Sigüenza en la fortaleza.

Este pago consistía en una gallina anual por vecino”, explican varios especialistas en castillodelariba.com.

En cualquier caso, lo que también es verídico es que la fortaleza de Riba de Santiuste tiene una importante y larga vida a sus espaldas. Al emplazarse en una zona que, desde hace siglos, ha poseído un carácter fronterizo, se han levantado un gran número de emplazamientos defensivos. Entre ellos, el castillo de dicha localidad serrana.

Estos complejos no dejan de ser parte de la historia. Hablan de la estructuración del territorio en la Península Ibérica. De hecho, la actual Serranía de Guadalajara se encontró en liza entre diversos pueblos, reinos y poderes políticos. Por tanto, las diferentes fortalezas y atalayas de la zona se constituyen como una muestra pétrea de lo ocurrido en tiempos pretéritos. Por eso, es tan importante la conservación y divulgación del patrimonio.

Es parte de nuestro pasado. Porque como señaló el Premio Nobel de Literatura mexicano Octavio Paz:

«La arquitectura es el testigo menos sobornable de la historia»

Bibliografía.

HERRERA CASADO, Antonio. Guía de campo de los castillos de Guadalajara. Guadalajara: AACHE, 2000.

LAYNA SERRANO, Francisco. Castillos de Guadalajara. Guadalajara: AACHE, 1994.

RUIBAL, Amador. Castillos de Guadalajara. León: Ediciones Lancia, 1992.

Fuente: http://henaresaldia.com/ – Julio Martínez

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