ENERO. SUBIENDO LA CUESTA

POR MANUEL GARCÍA CIENFUEGOS, CRONISTA OFICIAL DE MONTIJO Y LOBÓN (BADAJOZ)

Principia enero con lo que no suele fallar, pues, un año sí y al siguiente también, arranca la festividad del año nuevo tocando las palmas ¿Cómo? Pues sí, de palmeros, escuchando el concierto de la Orquesta Filarmónica de Viena, a los compases de la Marcha Radetzky, que para mí es, sin género de dudas, el Himno mundial de la resaca de la Nochevieja. La primera semana del año y por ende de enero es muy intensa en actividad de compras y regalos. El Año Nuevo, que este año es bisiesto, nos lleva hacia la imagen retenida en un retrato de color sepia de aquellas cabalgatas de mi niñez, de sabor antiguo, repletas de gente. Ahora todo desprende melancolía al contemplar en un puñado de caramelos aquellas tardes del cinco de enero inundadas por los sentimientos de un tiempo agradecido. Afloran así, en estos primeros días de enero, los ritos, los personajes, los recuerdos y las nostalgias que almacenan los pasillos de la memoria. Son días de ilusión por la espera anunciada, desde la hermosura de la luz que desafía el tiempo.

Las primeras horas del día de Epifanía, 6 de enero, nos saludan con un Roscón de Reyes. Momento propicio para ello. Deseando que la ilusión, la sorpresa, la magia y la alegría de la mañana de esta festividad no se pierda nunca. Roscón que elaboraba la maestría y el buen oficio de Diego Gallardo, de Pastelería Nieves, transmitida por las manos expertas de Paco García Trejo, para mí cariñosamente y siempre Paco el dulcero de feliz recuerdo. El futuro me ha deparado, gracias a quienes más quiero, que la ilusión de la mañana de Reyes sea aún más hermosa. Ellos son todos los años quienes me obligan a mirar desde el barandal de la memoria al niño que siempre fui. El 7 de enero es la festividad de las devoluciones y los cambios. El jersey me queda pequeño. Los zapatos están grandes. Prefiero otro color para la corbata. Me gustaría un pañuelo más pequeño. El anillo me entra con dificultad. El perfume me resulta demasiado fuerte, ¿puedo cambiarlo? El color del pijama no me gusta. Todo bien pero el manual no está en castellano y no me entero. Así todos los años. Mientras, bosteza el domingo en su tarde de invierno bordada por la luz de enero. Todo ha quedado desnudo de abalorios, de árboles con luces incandescentes, de resacas que machacaron los cuerpos.

Pero todo es efímero y pasan las buenas intenciones, los mejores propósitos, la buena voluntad, y ya no habrá programas solidarios en la televisión que pidan para mitigar la pobreza. Se marcharán las serpentinas, el espumillón navideño y las macetas de Pascua. Dicen que el tiempo no existe, que el tiempo son aquellas cosas que te pasan, por eso pasa tan deprisa. Un segundo puede ser el origen de los sueños. Un segundo es todo y nada. Las rebajas han llegado tomado los escaparates. En la cercanía, bajo el reposo, los almendros cantan de gozo porque llega su íntima primavera particular. Pronto se colocarán sus prendas vistiéndose de blanco. Rompe la luz ganándole tiempo a la noche. Pespuntea el frío de la mañana empujando las yemas y los brotes que se ejercitan en su gestación ante el parto que esperan. Lo hacen calladamente, sin molestar, sin quejarse. La luz produce latidos para que lo concebido se ponga en marcha y abandone dentro de poco la placenta. Pronto, en unas semanas, se abrirá de par en par el canto que anunció Miguel, el poeta oriolano que iba del corazón a sus asuntos por los altos andamios de las flores. El campo ya pide, pregona, desde el ropero de estos días finales de enero, labores y faenas. La vida, en el principio, fue la luz. Benditos sean los minutos de luz que cada día, en este tiempo, con estos fríos y estas tardes azules, le van ganando a la noche. Luz ancha, honda y entera que avanza en la cuesta del primer mes del año, la de enero.

Fuente: https://cronicasdeunpueblo.es/

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