CALLEJERO SENTIMENTAL DE CÓRDOBA • RONQUILLO BRICEÑO: SOPLA EL VIENTO EN SANTIAGO • EL ENCANTO DE ESTA CALLE RESIDE EN EL CONTRASTE ENTRE SU MODESTO ASPECTO Y EL ESPLENDOR RECUPERADO DE SANTIAGO

SEGÚN JOSÉ MANUEL ESCOBAR, CRONISTA OFICIAL DE HORNACHUELOS, EN 1483 LA CALLE YA SE LLAMABA VIENTO

Fachada principal de Santiago en la calle Ronquillo Briceño – VALERIO MERINO

Al penetrar en la estrecha calle Ronquillo Briceño, antigua Viento, que discurre entre Agustín Moreno y la Ribera, recuerdo el triste aspecto que ofrecía la parroquia de Santiago cuando en diciembre de 1979 sufrió un incendio seguido de posterior derrumbamiento que la convirtió parcialmente en ruina. Pero el templo fernandino del siglo XIV fue renaciendo de los escombros gracias al empeño y los dineros de la Junta. Y once años más tarde, en febrero del 91, reabrió sus puertas al culto tras la ejemplar intervención dirigida por los arquitectos Antonio Cabrera y Oscar Rodríguez. Santiago es el lujo monumental del barrio y en su fachada principal, que mira a la calleja, se abre la puerta abocinada, con sus arquivoltas ceñidas por puntas de diamante, y más arriba, en el hastial, el renovado rosetón de piedra, aunque la estrechez de la calle impida contemplarlo, una lástima. Hoy está abierta la iglesia y Mónica aguarda el goteo de visitantes que recorren la ruta fernandina. Me asomo al interior y me alarma ver los andamios que rodean la base de la torre, cuyas ventanitas ajimezadas ponen de manifiesto que fue alminar de la mezquita del barrio. Y es que están reparando la cubierta de la nave del evangelio; que sea leve. Aunque la blancura interior -fruto de una reforma decimonónica- desfigura el aspecto gótico primitivo, el templo es hermoso. Conmueve la doliente expresión del Cristo de las Penas, imagen tardogótica que sale cada Domingo de Ramos con su corte de nazarenos. Y provoca división de opiniones el extemporáneo baldaquino instalado en el presbiterio, procedente del pabellón del Vaticano en la famosa Expo 92. ¿Una ocurrencia? Sigamos.

Antigua calle Viento

Según José Manuel Escobar, cronista oficial de Hornachuelos, en 1483 la calle ya se llamaba Viento, viejo topónimo que permanece inscrito en un azulejo, pero el nombre oficial es Ronquillo Briceño. Por curiosidad pregunto a un viandante: «¿Sabe usted quien fue ese Ronquillo Briceño, que da nombre a la calle?». Sorpresa en su gesto por la pregunta a bocajarro, pero ni idea. Pues Francisco Ronquillo Briceño fue un conde y militar milanés al servicio de Carlos II y Felipe V que entre 1682 y 1689 rigió la ciudad de Córdoba como corregidor -equivalente a los alcaldes de hoy-, y que emprendió la reforma de la plaza de la Corredera en 1683, dotándola de nuevas fachadas con numerosos balcones para ver los toros y otros espectáculos. Encomendó la obra al arquitecto salmantino Antonio Ramos Valdés, que adoptó un modelo castellano, con soportales para guarecerse de la lluvia.

Hotel Viento 10 en la calle Ronquillo Briceño junto a la ribera – VALERIO MERINO

Quien le puso a la calle el nombre de Viento hace cinco siglos no hizo más que reflejar una realidad, pues en efecto, transitando por ella se percibe la caricia de la brisa sobre la piel, que en los días calurosos será una bendición. Es una calle sosegada, como paréntesis en el ajetreo que registran sus colindantes. En ella el tiempo parece detenerse y el goteo humano es espaciado, aunque de vez en cuando brama una moto que ataja por aquí para salir a la Ribera. Tiene una longitud de 120 metros y ofrece un curioso contraste entre sus aceras, pues mientras que en los pares las casas que ostentan los números del 6 al l8 tienen protegidos sus patios claustrados, las de los impares, sin protección, muestran más deterioro y abandono, muy ostensible en los números 9 y 13. Algunas casas de los pares han sido recuperadas con esmero, bien como viviendas unifamiliares o como pisos sociales, caso de la 12, rehabilitada por Vimcorsa, en cuyo portero automático cuento dieciocho pulsadores. La número 14 se distingue por la greca que decora su dintel y un delicado bajorrelieve empotrado en la fachada. La casa situada frente a la calle Claustro -nombre relacionado con un remoto convento- la rehabilitó Gerardo Holgado y sus socios como hotelito de siete habitaciones, abierto en 2011 bajo el nombre de Viento 10. Llamo al timbre y me abre Gerardo hijo, discreto y hospitalario, que me invita a pasar. Tras el zaguán, oh sorpresa, se extiende un depurado patio blanco con arcadas laterales sustentadas por columnas toscanas muy erosionadas, como si fuera la recreación moderna de un peristilo romano. Los artífices de la transformación han sido los arquitectos Manuel Pedregosa y Lola García. Una grata sorpresa en esta calle perdida. Todo comenzó cuando una tarde veraniega de 2005 Gerardo vio un anuncio pegado en una farola ofreciendo la venta de la casa y llamó al teléfono de contacto. Fue como un flechazo. Pueden leer la historia completa en la web hotelviento10.es

Un río invisible

La calle desemboca en la Ribera y marca la división entre el Paseo de la Ribera propiamente dicho y la Ronda de los Mártires. Enfrente, el Molino de Martos y, más a la derecha, los barandales del río. Recuerdo la Ribera de los barandales frecuentados por pescadores pacientes y por vecinos que se asomaban al río para ver pasar las barcas de Enrique Caballero, el último barquero. Hoy no hay pescadores ni barcas ni siquiera río visible, pues lo ha ocultado la maleza silvestre que crece incontrolada en las márgenes e impide contemplarlo. Un paseante entrado en años dice con rabia que «es una vergüenza» y que «el río necesita limpieza, pues está lleno de mierda y comido de basura». Un rótulo hipócrita de la Confederación proclama que «tu río también es Córdoba, cuídalo». Pues que se aplique a sí misma el consejo y cuide sus márgenes como Dios manda. Pero unos por otros, la casa sin barrer. Y termino con un recuerdo emocionado. En la casa que hace esquina con Agustín Moreno vivió y tuvo su estudio el pintor, dibujante y grabador Emilio Serrano, que nos dejó en enero de 2012, en plena madurez creativa. En sus obras, de inusitada belleza, late una Córdoba de líricas ensoñaciones en las que hasta la miseria suburbial se transforma en poesía. Muchos de sus cuadros incorporan la Ribera vista desde Miraflores y dominada por la mole de la Catedral. En sus obras de esmerada composición, sean figuras, bodegones o paisajes, brilla «la luz que no pudo arrebatarle la muerte», como escribió su amigo Ángel Aroca. El recuerdo de Emilio revive cuando hoy visito su estudio -un santuario de arte que Estrella mantiene como cuando él vivía- y piso la calle que él tanto paseó para asomarse a la Ribera. Como hacía Julio Romero.

Fuente: https://sevilla.abc.es/ – Francisco Solano Márquez

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