BRIHUEGA, ROCA DEL TAJUÑA

POR ANTONIO HERRERA CASADO, CRONISTA OFICIAL DE LA PROVINCIA DE GUADALAJARA

En los pasados días hemos girado, junto a la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Guadalajara, una detallada visita a Brihuega, de la mano de ese gran guía de monumentos que es Manuel Granado. Y hemos podido admirar la secuencia patrimonial de Brihuega, en la que se han abierto, anchas y diáfanas, nuevas puertas, especialmente en el Castillo de la Roca Bermeja.

Desde el parque de María Cristina, donde paran los buses, hasta el Castillo de los Obispos, Brihuega va mostrando al viajero todos sus humildes y densos rincones, en los que palpita la historia.

Cuando llegamos al castillo al que llaman de la Roca Bermeja, porque asienta sobre un alto roquedal de tonos férreos, nos deslumbra la grandiosidad del entorno. Y a los que ya hemos ido muchas veces, nos vuelve a sorprender lo cuidado que está, y las mejoras en su conservación y restauración que ha recibido en los últimos tiempos. De tal modo que ahora son espacios nuevos los que se pueden admirar. Desde la capilla gótica de los obispos, a las caballerizas castilleras.

A la fortaleza medieval de la villa alcarreña de Bri¬huega llaman el castillo de la Roca Bermeja, porque tiene su basamenta sobre un roquedal de tono rojizo, muy erosionado y socavado de pequeñas grutas y anfractuosidades que acentúan su carácter legendario, en el que se sitúa la tradición piadosa de la aparición de la Virgen de la Peña, patrona de la villa, que toma su nombre de ese mismo roquedal, siendo una más de las advocaciones marianas españolas en las que lo castrense y lo religioso se entremezclan.

Algo de historia

Por centrar la historia del edificio, cabe recordar primeramente la presencia de un castro ibérico en su entorno. Ello se ha demostrado por el hallazgo de restos cerámicos de la época celtíbera, contando además con la presencia de restos romanos y monedas visigo¬das encontradas en la vega del río y en las laderas del monte en que asienta la villa.

Además está inequívocamente probado que los árabes tuvieron en este enclave un castillete o torreón defensivo, que en la época del reino taifa de Toledo, especialmente ya en sus últimos años, se amplió y llenó de comodidades, de tal modo que sirvió para que en él pasaran algunas temporadas el rey Almamún, y su hija la princesa Elima, más el rey de Castilla Alfonso vi cuando todavía no era sino aspirante al trono. En esa ocasión, y según refiere la Crónica de España escrita por Alfonso x el Sabio, el futuro monarca castellano recibió en donación del musulmán la villa de bryuega donde refiere que avie y buen casti¬llo para contra Toledo. El historiador y arzobispo toledano, señor de la villa del Tajuña de la que aquí tratamos, la denomi¬na en su De Rebus Hispaniae como «Castrum Brioca». En la ocasión en que, tras la toma de Toledo, el año 1085, el rey castellano otorga Brihuega al arzobispo de la nueva sede, don Bernardo, le concede en señorío la villa de Brihuega, a la que se refiere como poseedora de un fuerte castillo bien situado estratégicamente. Indudablemente, los árabes fueron los constructores primeros de esta fortaleza vigilante del Tajuña. Y a partir de finales del siglo XI, serán los castellanos, y más concretamente los arzobis¬pos toledanos, quienes aumenten y den a la fortaleza briocense el estilo y la forma en que hoy la vemos.

El rey Alfonso vi donó entera la villa de Brihuega, como acabamos de ver, a la mitra primada de España, en documento fechado el 15 de enero de 1086. Es esta la primera vez que aparece esta localidad nombrada en un documento. El primer arzo¬bispo que poseyó a Brihuega fue don Juan, quien formó con ella un feudo amplio en el que incluía lugares de relieve, como Illescas, Alcalá de Henares y Talavera. El arzobispo que más ayudó a Bri¬huega fue don Rodrigo Ximénez de Rada, el que fuera gran político e historiador que tanto ayudó al engrandecimiento de Castilla durante los reinados de Alfonso VIII y Fernando III.

En este castillo que denominaron sus descendientes palacio fortaleza, pasó largas temporadas don Rodrigo, entre los años 1224 y 1239, escribiendo en él muy probablemente algunas de sus importantes obras históricas. Él fue quien redactó y otorgó el conocido Fuero de Brihuega para sus habitantes, y consiguió del rey Enrique I, en 1215, un privilegio para celebrar feria por San Pedro y San Pablo cada año.

Menudearon las visitas reales al castillo de la Peña Bermeja, tanto de Alfonso VIII como de Fernando III y de su hijo el Rey Sabio, y en 1258 llegó a tanto la importancia de la villa y de su castillo, que sirvió de sede para clausurar uno de los concilios toledanos que convocara el año antes el arzobispo infante don Sancho.

Tanto la fortaleza como la muralla completa de la villa de Brihuega hubieron de sufrir algunos avatares guerreros de cierta importancia. Fue uno de ellos el cerco al que en 1445 sometió a la villa el ejército del Rey de Navarra, que pretendía anexionarse esta población. Sus habitantes y el propio ejército episcopal la defendieron gallardamente, impidiendo su caída. Todavía en 1710, ya en las postrimerías de la Guerra de Sucesión al trono de España, los austriacos del Archiduque Carlos penetra¬ron en la villa y resistieron el asalto de las tropas borbónicas del futuro Felipe V, quien personalmente comandó el ejército que, finalmente, el 8 de diciembre de 1710, tomaba la población no sin antes haber causado notables desperfectos en la muralla, en sus portillos y en numerosos edificios briocenses, incluido el propio castillo, donde el general inglés Stanhope se había refugiado, siendo sacado de allí por la fuerza.

En el siglo XIX se destinó el edificio, ya notablemente arruinado, a cementerio municipal y dependencias religiosas, misión en la que sigue.

La visita al castillo de Brihuega incluye, de una parte, la de la alcazaba propiamente dicha, asentada en una eminencia de la peña bermeja sobre el Tajuña. Y, de otra, la de toda la muralla que circuía a la villa, con algunas de sus más señaladas puertas de acceso.

El castillo asienta, como ya he dicho, sobre una eminencia rocosa, en el extremo sur de la población. Sobre el primitivo fortín de los árabes, se añadieron estancias en el siglo XII, de estilo románico, y posteriormente en el XIII le construyeron la capilla de estilo gótico de transición. En sus orígenes, el castillo tenía adosados por su costado norte varias estancias en diversos pisos, para albergue de los señores obispos toledanos y de su corte.

La visita al castillo de Brihuega se hace entrando por la puerta que existe junto a la iglesia de Santa María. Por ella accedemos al núcleo central del castillo o palacio‑fortaleza como antiguamente le llamaban sus obispos, que consta de un espacio central, el más elevado, en el que hoy aparecen unas construcciones o amplia logia dividida en tres tramos cubiertos de bóvedas de sencilla crucería, que pertenecieron a salones del palacio. Delante, un amplio espacio abierto, restos de otras construcciones, sirve de cementerio. Adosado a este primitivo núcleo constructivo, existe el conjunto de edificaciones al norte, recientemente recuperado en todo su esplendor, consistentes en una larga nave cubier­ta de bóveda de cañón, y que hoy se denomina y utiliza como capilla de la Vera Cruz, a la que han abierto una sencilla puerta de medio punto, adovelada, en el prado de Santa María, pero que antaño solo tenía entrada desde el interior del castillo. En el piso superior, al que se accede desde el cementerio, se ha recuperado totalmente el gran salón noble de la alcazaba.

Desde este gran salón se accede, a través de estre­cha puerta de arco apuntado, a lo que fuera capilla del castillo, y que es hoy la pieza artística más singular que en él se conser­va. Se trata de un espacio de dimensiones cuadradas, de poco más de seis metros por cada lado, que remata en ábside semicircular, de planta poligonal, con cinco lados, de los cuales los dos primeros son continuación de los de la nave. Esta capilla, que constituye un elegante espacio de arquitectura gótica inicial, obra sin duda de los primeros años del siglo XIII, ofrece sus cubiertas formadas por arquerías apuntadas, ojivales, y en el ábside se abren tres ventanales esbeltos y apuntados, mostrando ménsulas de decoración vegetal, y claves en las bóvedas. El muro correspondiente al fondo del ábside tuvo pinturas de estilo mudéjar, de las que aún quedan algunos restos mínimos, con deco­ración geométrica y figuras de animales.

Al exterior, esta capilla del castillo ofrece la airosa silueta del ábside, todo él construido con buen sillar, ofreciendo las aberturas de los ventanales con múltiples arcos reentran­tes que estrechan su luz. Remata en desbaratada terraza. Finalmente, de los edificios construidos en el ala de levante, sobre el muro que limita el castillo hacia el barranquillo de San Miguel o del Molinillo de los jerónimos, nada queda sino los mínimos restos de unos arcos góticos. Hoy se ha abierto, también a la visita, la sala baja dedicada en su día a caballerizas del castillo.

Esta alcazaba se encontraba precedida de un amplio espa­cio, por el norte y poniente, que podemos denominar como patio de armas aunque nunca tuviera el sentido guerrero que tal denomi­nación presupone. Este espacio, completamente rodeado de murallas, ofrece hoy algunas particularidades. En su conjunto se le denomina el Prado de Santa María. Se accede a él por la llamada puerta del Juego de Pelota, estrecha, que hoy queda pegada a la Plaza de Toros y tiene adosada una construcción particular de rancio sabor castellano, la llamada Casa de los Gramáticos. También puede llegarse a este espacio a través del arco de Santa María, abierto más modernamente en la parte norte de este cinto amurallado, y que por la parte de la villa ofrece una hornacina para la Virgen y un tejaroz.

Dentro de este patio de armas se alberga la magnífica iglesia de Santa María de la Peña, soberbia obra gótica de tran­sición, edificada en el siglo XIII y con posterioridad mejorada, así como las ruinas del que fuera Convento franciscano de la reforma alcantarina. Mas modernamente le añadieron una Plaza de Toros, a la que llaman «la Muralla». En definitiva, trátase de un lugar pleno de silencio, de arboledas, de jardines, cuajado de monumentales edificios, y que sirve de amurallado recinto que inicia la entrada a la fortaleza episcopal.

Pero la villa toda de Brihuega estuvo amurallada por completo. En un documento de finales del siglo XII, concretamente en una Bula del Papa Celestino III fechada en 1192, se hace alusión a la fortificación que rodea a Brihuega. Posiblemente entonces se inició la construcción de su recinto amurallado, que se completó a lo largo del siglo XIII. Este recinto es enorme, de una longitud de casi dos kilómetros, y puede seguirse con facilidad en su totalidad, aunque donde mejor se observan hoy en día las murallas briocenses es en su costado noroeste, en el que, incluso restauradas y con algunas almenas restituidas, evocan con fuerza su aspecto más primitivo.

Un par de interesantes puertas de entrada a la villa merecen también admirarse. Así, el arco de Cozagón, situado en el extremo sur de la villa, servía de entrada a la misma desde los caminos que venían, Tajuña arriba, desde Toledo. Trátase de un magnífico elemento de la arquitectura civil gótica, y consiste en un par de solidísimos machones de planta cuadrada, que se unen en lo alto por un apuntado arco. Un pasadizo de diez metros de largo, entre los muros de los machones, permite el acceso, cuestudo. En lo alto, abierto espacio permitía, a manera de enorme matacán, la defensa de la entrada desde las terrazas de la puer­ta. Tiene esta una altura de 12 metros aproximadamente.

La otra puerta, ésta situada en el extremo norte de la villa, es la formada por el arco de la Cadena, más sencilla, pero también escoltada de cubo semicircular, y rematada por murete almenado. Sobre el arco de acceso, una lápida antigua recuerda el hecho bélico de la entrada de las tropas borbónicas en asalto el día 8 de diciembre de 1710. Aun existieron otras puertas en este recinto amurallado, como la de San Felipe, o la de San Miguel, ya desaparecidas, lo mismo que otra buena parte de la cerca.

No obstante, este conjunto fortificado briocense, com­puesto por su castillo, su precedente patio de armas, y sus murallas con portaladas, constituye un ejemplo magnífico, muy completo y evocador de la arquitectura militar y el urbanismo castrense de la Edad Media castellana. En todo caso, algo que merece ser visitado y admirado con detenimiento.

Fuente: http://www.herreracasado.com/

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