EL TÍO VICENTE Y UNA MERLUZA EN SALSA VERDE

POR JOSÉ ANTONIO FIDALGO SÁNCHEZ, CRONISTA OFICIAL DE COLUNGA (ASTURIAS)

El viernes «pasado», 6 de marzo «del presente» (¡qué incongruencia es decir que «el pasado» corresponde «al presente»), cuando asistí a la presentación del libro XUEGOS TRADICIONALES ASTURIANOS por parte de uno de sus autores, el político y escritor XUAN XOSÉ SÁNCHEZ VICENTE, recordé (quizá por lo de «Vicente») de un cantar que, siendo yo un nenín, me enseñó una anciana en el Asilo de Colunga:

«En casa del Tío Vicente / hay mucha gente,
¿qué harán?, ¿qué harán?
Son las mocines del pueblu, ¡leré! / que con los mozós ¡leré!
quieren bailar.
Apenas sale la aurora / en la montaña se oye cantar:
es pastora al son de gaita, ¡leré! / que gime en brazos ¡leré!
de algún gañán.»

Nunca supe quién era el Tío Vicente hasta que, pasados muchos años, leí en un libro que trataba sobre costumbres extremeñas que ese buen señor de la copla era un panadero de Alcuéscar (Cáceres) que en días de fiesta o de «eventos familiares» alquilaba uno de sus locales de almacén para celebrar bailes públicos.

Por cierto, Alcuéscar casi en límite con Badajoz, en la Comarca de la Sierra de Montánchez, alberga una antigua iglesia visigótica, hoy «centro de interpretación», que bien merece la pena visitar.

¡Córcholis!, que por lo visto es sinónimo de ¡Carajo!, me dije al leer tan lógica explicación; algo así «conocílo yo en Colunga». Seguramente que algunos de mis lectores colungueses lo recordarán.

Uno de esos locales de baile popular estaba en Libardón, en el establecimiento que después fue regentado por Manolo «el de la Nava». Se conocía, si mal no recuerdo, como EL SALÓN y en él actuaban como «artistas de la música» el célebre «VIQUE» con su violín; y en ocasiones, SILVESTRE «el de La Cabañina», que tocaba el acordeón.

Creo que también había un «batería», pero no recuerdo el nombre.

Otro era LA PISTA, según se entra en Lastres yendo desde Colunga, y estaba ubicado en el actual restaurante El Descanso. El local era propiedad de Vitalio (heredado de su padre) y la terraza «al aire libre”, que era «la pista de baile” fue explotada inicialmente -según mis referencias- por Benjamín el de los Toyos y después por Humilde y Lola. La música era a base de «gramola» que así se llamaba a la que proporcionaba un tocadiscos con sus altavoces.

Creo que también tenía una parrilla para que la marinería lastrina pudiera, allí, asar a la brasa «pescau de lo menudu» como sardines, cabres, xulies y, si daba el casu, alguna que otra rodaja de bonito.

Así me lo contaron mi cuñado Adolfo Alonso y mi amigo lastrín Fernando Menéndez Braña.

Un tercero, anterior a los citados, fue el PABELLÓN BISKRA, en la Playa de la Griega, fundado y explotado por Isaac Suárez en 1935. Hombre ingenioso, polifacético y empresario en múltiples actividades entre las que contaba con un servicio de altavoces («El Risueño») para ofrecer música y canciones en las romería y verbenas del concejo colungués.

Y ya que hablamos de Lastres, nada mejor que recordar mi receta de MERLUZA EN SALSA VERDE, plato muy marinero y recomendado para estos días por tres razones:

A) Este pescado, delicioso en sabor y en textura, se ofrece a precios muy interesantes.

B) Estamos en época de Cuaresma y los viernes de vigilia son propicios para preparaciones de pescado

C) La Salsa verde fue una idea monacal para combatir la «peste negra», aquella terrible pandemia que asoló más de media Europa entre los siglos XIII al XVIII causando millones de muertos. A lo mejor, resulta eficaz para combatir el coronavirus de mis pecados.

Corto cuatro buenos lomos de merluza (que tuve cuatro días en el congelador para combatir los posibles anisakis), los pasé por harina, y después, vuelta y vuelta, les dí una fritura en aceite bien caliente.

Los llevé a una tartera y bañé con esta salsa verde preparada al modo monacal:

En una sartén con aceite, al fuego, doré tres dientes de ajo picados muy en fino y un poco de cebolla picada también muy menuda. Ya en su punto añadí un vasito de fino andaluz y dejé dar unos hervores. Después agregué una buena cantidad de perejil muy fresco majado en el mortero y «desleído» en agua (la que llevaba el mortero).

Dio unos hervores todo ello (pescado y salsa), dejé reposar unos minutos y… ¡a comer!

Por el aquel de la cursilería, adorné con unos espárragos de Lodosa.

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