EL PARAÍSO EN TIEMPOS DE LA GRIPPE

POR EDUARDO JUÁREZ, CRONISTA OFICIAL DEL REAL SITIO DE SAN ILDEFONSO (SEGOVIA)

Palacio de La Granja de San Ildefonso, Segovia, antes del incendio de 1918. / COLECCIÓN DE J. F. SÁEZ PAJARES

Así, con dos pes, se referían nuestros paisanos hace ahora cien años a la epidemia que asoló estos lares sin misericordia, abandonados sus vecinos al miedo del contagio y la peste. Así, en un túnel del tiempo indeseable, me sentí ayer en Madrid, sospechoso de portar la muerte con cada tos que escapaba de un servidor en el vagón del metro camino de mi coche. Así, rodeado de la nada, con la mirada preocupada de aquella pobre gente que no sabía de mis más de cinco horas dando clase, hablando en la radio y presentando mi último trabajo en la librería Tercios Viejos. Y, viendo ese recelo en el rabillo del ojo de aquella señora que no perdía ripio de la dirección de mis miasmas, empecé a rememorar la crónica de aquella grippe, con dos pes, que se llevó por medio a la mitad de la familia de mi abuelo Agapito y a una buena parte de los vecinos del paraíso, atrapados en la sinrazón del desgobierno en esos momentos en que más necesaria es su existencia y más volátil suele ser su acción.

Pues, aunque ustedes no lo crean, en los años en que la grippe campaba a sus anchas por el Paraíso, los vecinos no andaban tan preocupados ni atemorizados como aquellos compañeros de viaje que me hubieran prendido fuego, si hubieran podido, a la tercera tos que les regalé. En efecto, aunque les parezca increíble, aquella gente de principios del siglo XX estaba más que acostumbrada a toda clase de epidemias. A las frecuentes de tuberculosis, tisis o como quieran llamarlas, que se llevó por medio incluso al rey Alfonso XII y a buena parte de la población de la capital, habría que sumar disenterías, viruelas, sarampiones, varicelas, paperas, poliomielitis, sarnas, cólera y unas cuantas pestes más. De modo que aquella grippe fue una más de las desgracias que tenía que afrontar el miserable pueblo español, carente de acceso a la sanidad y sin un antibiótico decente que llevarse a la vena. Además, a todo ello, como ya les he señalado, había que sumar la irresponsabilidad de algunos insensatos, poco preocupados por mantener un mínimo orden o conocedores de la solución a todos los males de la sociedad y dispuestos a ponerlo en práctica, a pesar de la oposición del personal sanitario.

En esa tesitura se colocó el comandante militar del Real Sitio durante el verano de 1918, poniéndose el mundo por montera y remitiendo al maestro armero todas las quejas de los médicos del Real Sitio, especialmente de Joaquín Trillo, quien acababa de ser cesado como alcalde en beneficio de Severiano Heras. Y es que han de saber que la grippe llegó al Paraíso a través de los pobres soldados que vivían hacinados en los viejos y cochambrosos cuarteles del Real Sitio. Sin un duro que destinar a nada que fuera necesario, la administración del ejército español mantenía a la tropa en cuarteles como el de Corps, levantado por José Díaz Gamones a mediados del siglo XVIII y carente de inversión seria durante más de un siglo. De eso modo, un millar de soldaditos españoles ocupaban el espacio destinado a no más de seiscientas personas. Sufrían cortes de abastecimiento de agua por la noche, dada la pertinaz sequía y la terrible gestión del agua llevada a cabo por la administración del Patrimonio de la Corona. En uno de los cuarteles sólo había un inodoro en piso bajo y de tiempos de Fernando VII. En esas condiciones, veintiún reclutas la diñaron sólo en ese verano, existiendo quince gravemente afectados y más cien enfermos dados de alta. En un alarde de inteligencia, el comandante de la fuerza tomó la decisión de que la instrucción de los reclutas se hiciera frente al Hotel Europeo y las casas de rentas, tratando de transmitir normalidad y tranquilidad a vecinos y paisanos, mientras los soldados enfermos eran trasladados en camillas de la Cruz Roja al hospital del Real Sitio, pues ni siquiera tuvieron a bien disponer de un servicio sanitario hasta que ya fue irreversible.

Así iba un servidor, reflexionando en medio de un cordón sanitario dentro del vagón de metro, comparando las caras de aquellos compañeros de viaje con las imaginadas de mis antepasados viendo cómo alabarderos, reclutas y soldados vestidos de paisano se pertrechaban junto con los veraneantes para dejar el Paraíso bien infectado y abandonado a su suerte.

Fue justo en ese momento que pensé en los que derrotarán esta infección que nos asusta más de lo que debiera, como ya hicieron sus antepasados en la profesión. En el esforzado personal sanitario de este país, héroes sin recursos, garantes de una sanidad que siempre les deja en la estacada. Estos profesionales que callan y van al trabajo cada día a afrontar su dura realidad, mientras los políticos recortan sus recursos cada año a la vez que se vanaglorian de tener uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo sustentado en el compromiso de aquellos a los que desoyen una y otra vez. Esos mismos políticos que, conocedores de la necesidad de controlar una epidemia y tranquilizar a la población, primero permiten multitudinarias manifestaciones para, al día siguiente, paralizar la vida en la comunidad más poblada del país. Esos mismos políticos que, como los veraneantes de hace un siglo, saldrán corriendo los primeros dejando que nosotros, ciudadanos sanos y enfermos, y nuestros queridos sanitarios, afrontemos esta nueva batalla desde el sentido común, la tranquilidad, la paciencia y, como con todo lo que es importante y trascendente, la resignación.

De modo que, como ya hicimos en el pasado, como haremos en el futuro, esforcémonos, cuidemos unos de otros, trabajemos duro y pasemos esta cuarentena renegando de aquellos que ponen un ojo en la tos y otro en el autobús que lleva a ninguna parte.

Fuente: https://www.eladelantado.com/

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