EN EL SÚMMUM DEL ESCEPTICISMO

POR FRANCISCO JOSÉ ROZADA MARTÍNEZ, CRONISTA OFICIAL DE PARRES-ARRIONDAS (ASTURIAS)

Cuando España se quedó en estado de shock, sin pulso, y entró en coma por la pérdida de las últimas colonias, el gran Miguel de Unamuno escribía: “Unas veces me siento anarquista, socialista otras, ya conservador, ya retrógrado, místico a menudo, quietista no pocas veces, escéptico nunca”.

Llegados a este punto en el que acabamos de entrar los españoles, creo que aquel joven Unamuno nos diría prácticamente lo mismo, aunque dudo que -vista la sociedad española actual- es posible que revisase su alusión al escepticismo.

Los españoles nos encontramos -por las razones de todos conocidas- intentando concienciarnos de la que se nos ha venido encima por llegar tarde a todo, por creernos por encima del bien y del mal, por ser los europeos con una irrefrenable tendencia a la desvertebración y al desgobierno, con la aviesa y firme voluntad de particularismo que no atiene a razones, algo que ha sido desde siempre nuestro denominador común, como diría Ortega.

La proverbial y secular desconfianza de los gobernados hacia sus dirigentes -cualesquiera que éstos sean- alcanza a veces en España el estado de insubordinación.

Por ese ´fenómeno mortal´ España siempre representa un caso extremo, grave, a veces casi terminal.

Sin duda alguna la mayoría de los españoles han dejado de ser intolerantes, envidiosos, agresivos, fanáticos, incapaces no sólo de darle la razón al otro -aunque con toda evidencia la tenga- sino hasta de ponerse en el lugar del otro, mentalmente hablando.

La ignorancia, la superstición, la cerrilidad, la ordinariez, el desprecio por la cultura, el cotilleo y el chismorreo, aún no han desaparecido de cierta parte de la España de siempre, sólo basta observar qué programas de televisión son los que más éxito tienen en nuestro país. Cuanto más ordinarios, cutres o barriobajeros, más audiencia tienen.

Reproducen un retrato de lo que nos rodea, no un espejismo.

De cierta parte de la sociedad en la que -materialmente- decenas de miles de ciudadanos viven en el bar desde la hora del desayuno hasta altas horas de la madrugada, se puede esperar lo que vemos en las calles, donde todavía algunos desaprensivos dan un corte de manga a la gran mayoría que respeta las normas que se han dictado.

Sobre esta base ¿existe en España el sentido de la colectividad? Sí en muchísimos casos, no en grupos aún demasiado evidentes.

El ´estado del bienestar´ que habita entre nosotros está a punto de colapsar y sus muros de contención peligran, arrasando todo lo que encuentren a su paso.
El “estado de alarma” -en el que viviremos durante semanas- trastocará con sus medidas de calado absolutamente necesarias, el habitual discurrir de nuestras vidas.

La situación que viviremos (que estamos viviendo ya) -pasada por el crisol de la solidaridad española- será una auténtica prueba de fuego para la convivencia nacional.

Un «estado de alarma nacional» es algo muy serio y quien se salte las normas dictadas -bien sea por avaricia, por miseria moral, por indisciplina, por instigar o poner en práctica la típica picaresca española de cualquier tipo- deberá ser sancionado con dureza, por el bien de toda la comunidad nacional.

Todo llega un poco tarde -como es habitual en España- pero ya no hay vuelta atrás.

Tesón, tenacidad, obstinación, paciencia, perseverancia, solidaridad y disciplina han llegado para quedarse durante varios meses.

Veamos si España es capaz de superar la gravísima e inédita situación a la que hemos llegado, siendo coherentes y respetando rigurosamente las normas que se nos han impuesto por el bien de todos.

De modo que: en el súmmum del escepticismo, dejemos un intersticio para que se cuele un rayo de optimismo…sobre todo tras escuchar la magnífica intervención que acaba de tener el Presidente del Gobierno al dirigirse al país, un auténtico “discurso de Estado” a la altura de lo que España necesita en unas horas de tanta trascendencia para toda la nación.

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