CARAMELOS PROCESIONALES

POR FRANCISCO SALA ANIORTE, CRONISTA OFICIAL DE LA CIUDAD DE TORREVIEJA

Domingo de Resurrección, procesión del Encuentro, año 1963. Bernardo Parodi, ‘El Torres’, retira el manto de la Inmaculada Concepción. / Foto: J. M. Ruiz Valero – Colección de Fco. Sala Aniorte

Introducción

Una de las principales características que distingue a la Semana Santa de Torrevieja del resto de las que se celebran en España, es la entrega de caramelos y obsequios por parte de los capirotes al público que presencia el cortejo penitencial. Un capirote en las filas del cortejo, puede repartir a lo largo del mismo, hasta unos ocho o diez kilos de caramelos.

Niños y mayores tienden sus manos para recibir el primer caramelo de los capirotes salidos a la calle con sus túnicas de distintos colores y caracterizados por una enorme «barriga» formada por una gran bolsa sujeta con un apretado cordón, donde van guardados dulces, estampas, regalos, etcétera, que van repartiendo entre amigos y familiares a lo largo de la procesión. Hay desfiles más sobrios, donde no hay reparto de golosinas, como la del Silencio, una de las procesiones más impresionantes que sale en la noche del Jueves Santo, o en la del Encuentro en el Domingo de Resurrección.

¿Ustedes se han preguntado por qué los capirotes dan caramelos?

Origen

Esta tradición se viene desarrollando desde hace siglos sin que ningún historiador haya podido concretar cuál fue la primera Semana Santa en la que se dieron caramelos. Su entrega rememora una costumbre medieval por medio de la cual la Iglesia obligaba a restituir el daño ocasionado por faltas cometidas en el transcurso de las penitencias públicas. El «pecador» aprovechaba el anonimato de la túnica para entregar al ofendido aquellos bienes que creyera oportunos en señal de arrepentimiento, repartiendo dulces y regalos. Los componentes de las cofradías repartían también viandas para los más necesitados.

Eran gente adinerada que daban comida (huevos cocidos, monas de pascua y pan), a las personas del pueblo. Al comienzo, iban sin capucha, enseñando su rostro. Pero realmente no daban comida al pueblo para que los demás los viesen, sino para hacer una obra de caridad, para ayudar al pueblo. Por eso comenzaron a cubrirse la cara con capirotes.

Ya en el siglo XVII, los capirotes solían llevar dulces o pasteles escondidos en sus buches regalándolos durante el recorrido, sucediendo en todos los desfiles de aquella época.

El 4 de abril de 1712 el cardenal Belluga estableció un edicto “prohibiendo que durante las procesiones los nazarenos dieran dulces ni cosa alguna, haciéndolo extensivo a los que presenciaban el cortejo”, amenazando con penas de diez días de cárcel y diez ducados de multa. Esta medida la ratificaron muchos prelados de otras diócesis, dando origen a una nueva picaresca, sustituyendo los dulces por los caramelos menos voluminosos y más fácil de camuflar.

¡Que tiren! ¡Que tiren! El Domingo de Resurrección

Hay quien fija su origen en la sisa gremial que realizaban los comerciantes, siendo como una forma de devolver al pueblo lo sustraído durante el año, lo que posiblemente tras una buena confesión les dejaba tranquila la conciencia a más de uno. Esto justifica que en otras épocas, al celebrar la Resurrección en la mañana del Sábado de Gloria de Resurrección, hubiera una “caramelada” multitudinaria, un gran reparto de caramelos entre las gentes que, recorriendo las calles de Torrevieja, a las puertas de las confiterías y tiendas gritaban a coro: “¡Qué tiren! ¡Qué tiren!”, esperando que sus propietarios les arrojasen los menudos dulces y otras viandas. Los tenderos, por lo general, tiraban al aire caramelos y monedas de 5 y 10 céntimos que eran cazadas al vuelo o recogidas en tierra por los más avispados. Al unísono comenzaban a sonar las sirenas de los barcos anclados en la bahía, se rompían sobre las aceras cántaros viejos y se lanzaban aleluyas de papel multicolor.

También, con alguna malicia, había gentes que desde los ventanales arrojaban a la calle objetos de peligrosa repercusión, observándose el lanzamiento de clavos, paquetes con ceniza, basura, objetos inservibles, etc., desdiciendo el sentido general de júbilo. Algunos, al toque de Gloria, llegaban a disparar armas de fuego, cohetes y petardos.

Las cuentas claras

En las cuentas del Ayuntamiento de Torrevieja queda constancia de diversas partidas económicas para la festividad de la Semana Santa y Pascua de Resurrección, entre las que destacan los gastos detallados para palmas, hachas de viento, cera, enseres para adornar el Santo Sepulcro, funciones religiosas, procesiones, bandas de música, obsequios a las cofradías del Viernes Santo, reparaciones del Santísimo Sepulcro, etcétera; destacando las cantidades dedicadas por la corporación municipal para la compra de caramelos, que, en el año 1909, fue de cuarenta y cinco pesetas a José Bernabeu, ‘El Malagueño’, cantidad con la que había para, en esa época, dar de comer a muchas personas.

Conclusión

Al día de hoy, la dimensión artística y espiritual de sus procesiones le otorgan un carácter propio, dejando despintado el sentido reponedor alimenticio que para las familias más necesitadas tenía el dulce. Niños y mayores tienden sus manos para recibir un caramelo, pensando que ellos sean los más necesitados en épocas de crisis, paro y hambruna.

Teatro y fiesta. Tragedia festiva en plena calle. Y en medio de todo un objeto característico, sin explicación lógica, que se añade popularmente a esas desventuras: el caramelo.

Bueno sería que parte del gasto en los glúcidos elementos se dedicara, como en otros tiempos, a suplir las carencias alimenticias de muchos vecinos de Torrevieja y que especuladores, ladrones, corruptos, estafadores y carentes de escrúpulos – si los hubieran-, fuesen vestidos con túnicas de raso y cabeza cubierta con capirote devolviendo las “sisas” que hubiesen realizado. ¡Otro gallo cantaría! Además de tres veces el de San Pedro.

Y… ¡Qué tiren…! ¡Qué tiren…! ¡Qué falta hace!

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