SOLEDAD SIN RECUERDO

POR MIGUEL ROMERO SAIZ, CRONISTA OFICIAL DE CUENCA

¿Soledad? Pensar la soledad, la decepción y la tristeza. Es casi como ver el fantasma de la azotea o el armario, ese que temíamos de niño, y enfrentarlo no importando las consecuencias. Es un mirar lo negativo, un cara a cara, más que salir huyendo ante él. Ponemos palabras a lo amargo, lóbrego e infausto, pero no para regodearnos en lo oscuro, sino para hallar un futuro mejor.

¿Decepción? Sí, una palabra fuerte, dolorosa, pero que casi musitamos con resignación. Es que la decepción se puede producir cuando la vara estaba muy alta y la realidad la desmiente para mal, o cuando el resultado es tan malo que ya una mínima apetencia la supera.

¿Imagen poderosa? Una mano sosteniendo una soga que tira, y en el mismo tirar lastima la piel, tortura los dedos ¿La moraleja? A veces soltando se está mejor, porque las realidades forzadas penden de un hilo.

En la tristeza y decepción siempre es digno preguntarse, una y otra vez ¿Por qué? Porque solo en la interrogación perpetua podemos encontrar una solución o por lo menos vislumbrar con un poco más de claridad, el que se socavan energías y siempre perdemos ante ello.

¿Soledad? Y hoy por qué traigo esta palabra llena de tristeza, porque es cruel lo que estamos viendo, demasiado cruel. Nuestros padres, abuelos, esposos, hijos en los menos casos, ¿se merecen morir en soledad?, en ese mismo momento en el que abandonas la vida terrenal donde has compartido tus vivencias, tus sentimientos, tus recuerdos.

No puedo entender que esa soledad que han llevado muchos de nuestros mayores, tristes en sus habitaciones, hogares, residencias, se reafirme en estos tristes y desolados momentos en los que una pandemia ha roto el cordón umbilical de la vida.

Hemos acabado la Semana Santa, un momento de reflexión espiritual y moral, un momento de descripción de aquel sufrimiento y muerte del Redentor, y esa Soledad como virgen que ha procesionado en nuestras mentes, en nuestros videos, en nuestro corazón, es la misma Soledad que ahora ofrece su regazo, su acogida a quienes, ancianos en su mayoría, están alcanzando la miseria del mundo en su enfermedad, en su soledad y en gran parte, en su muerte. Abandonados de Dios -por no estar sus gentes más queridas-, en sus últimos segundos de expiración, en su recorrido mortal, en su camino hacia la sepultura, en su despedida del espacio terrenal a donde dieron todo a cambio de un simple ¡gracias! si eso llegó en algún momento.

Pero esa dimensión tan cruel, de no estar reviviendo el espacio de solidaridad donde una mano tendida de su familia más cercana, una muestra de cariño apretando el moflete o el mentón, una mano en la frente, una presión en tus dedos, una palabra a tiempo, que sigue estando vedada para el familiar, para el ser querido que quiere compartir el sufrimiento a su lado, expresando su sentir, eso también está prohibido, y ahí, ahí, sin más dilema que la esencia del corazón, ahí está el sanitario, el enfermero, el médico, el camillero, el celador, el de las cocinas, el auxiliar, acercándose a tu lado, ofreciéndote su apoyo, su cariño, sin apenas conocerte, sin saber quién eres, sin que haya más empatía familiar que su solidaridad y cariño profesional y eso es «IMPAGABLE» porque no hay más crueldad en vida que una Soledad impérterrita, cruel y trágica, cuando la realidad supera a la ficción.

Recordamos aquellos años de guerra civil y recordamos cuántos muertos en fosas comunes han tenido que ser recuperados para el descanso eterno de la propia familia del ser querido. Ahora, que no son tiempos de guerra por mucho que quieran así vendérnoslo porque no hay enfrentamiento entre personas como sucede en una guerra, no hay odio ni venganza como en una guerra, no hay traición política como en una guerra, sino que es un lucha por la supervivencia, por la vida, por la propia razón de ser, ahora también vamos a tener la necesidad de buscar los restos de nuestros seres más queridos, ¿es posible que en un siglo XXI, también vaya a suceder esto, algo inconcebible, algo inaudito y algo tan irracional?

Por eso seamos humanos, reconozcamos nuestros errores, paliemos lo defectuoso, porque el ser humano por serlo comete errores, pero tan grande es su grandeza cuando sabe disculparlos, reconocerlos, dejando el orgullo político en la trastienda y haciendo que esa Soledad pudiera evadirse del silencio de la muerte.

No hay guerra, hay supervivencia y en la solidaridad, en la ayuda, en el perdón, en el sentimiento, en la creencia de los valores eternos, estará la salvación, esa que hará -seguramente-un mundo nuevo y mejor.

Lección de la vida: tal vez las realidades no se parezcan a nuestros anhelos.

Fuente: https://eldiadigital.es/

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