DE LA PESTE NEGRA… A LA PESTE ROJA

POR ADELA TARIFA, CRONISTA OFICIAL DE CARBONEROS (JAÉN)

Una característica propia de la condición humana es la falta de memoria. O la manipulación de ella. De hecho hoy los historiadores rigurosos molestan más a las elites políticas que las moscas cojoneras. Por eso la asignatura de historia pasó de ser fundamental a diluirse en la nada en los planes de estudios actuales. Así nos va. Mal.

Si nos fijamos en lo que trasmiten las redes sociales, que son las que marcan tendencia y educan, hoy cualquier indocumentado es llamado ‘experto’ en casi todo, y pontifica entemas de calado sin haber estudiado nada de la materia. Así el rigor de pensamiento es escaso y los ciudadanos andan indefensos, trasmitiendo bulos. En este momento les domina el pánico a enemigos invisibles que ellos creen nuevos, aunque son más viejos que la peste negra. Precisamente por eso, por no estudiar historia, que es la que explica por ejemplo la profunda crisis europea del siglo XIV y la eclosión de Renacimiento tras supérala, con un cambio de mentalidad, la gente de hoy se lleva las manos a la cabeza ante el avance de la nueva peste que nos azota, esta vez roja por haber nacido en China. Olvidando que antes de esta peste ya las hubo de otros colores, y que aterraron tanto o más que hoy a sus antepasados. Sí, sin duda el pánico con que la humanidad vivió sucesivas epidemia de peste negra, o la amarilla, otra nueva peste mucho más reciente que recorrió el mundo, conocida como ‘fiebre amarilla’, no es menor que hoy; y el caos político, económico y social actual que nos paraliza tampoco es nuevo.

Por cierto, todas estas clases de pestes –negra, amarilla y roja– tienen como elemento común, aparte de convertir al miedo en motor de conductas, el estar causadas por el contacto con animales; son zoonosis. Es que la convivencia de humanos y animales, tan útil, tiene tributos, y ha matado más que cualquier otra causa a lo largo de la historia. No lo olvidemos: convivir con animales, alimentarse y servirse de ellos, es un arma de doble filo, porque resulta complicado hacerlo sin controles estrictos. Por cierto, ahora que tenemos tantos ‘experto’ pontificando, acaso no sería malo que diéramos más protagonismo a los veterinarios en este elenco de supersabios sobre la salud pública que inundan los medios de comunicación. Digo yo.

Porque posiblemente si de ayer a hoy hubiera hablado más la ciencia veterinaria que otras ciencias en los Consejos de Ministros, repletos de politólogos, filósofos, juristas y demás ‘expertos’, otro gallo cantaría. Acaso así se habrían evitado incontables muertes, dado que casi siempre son animales la cadena de transmisión en estas enfermedades infectocontagiosas padecidas por los hombres, más mortíferas que las guerras.

Para lo que sí son útiles filósofos, psicólogos y antropólogos es para explicar los comportamientos humanos. Es interesante notar que en ello no hemos cambiado tanto a lo largo de los siglos. De ayer a hoy lo que nos mueve y a la vez nos paraliza es lo mismo.

Lo que nos dignifica, ante tanto heroísmo y generosidad, y a la vez nos degrada, ante ciertos comportamientos miserables, es un común y eterno denominador común: el miedo a la enfermedad, al sufrimiento, a la soledad y a la muerte. Sobre todo miedo a morir en soledad. En eso precisamente, con esta pandemia vamos retrocediendo. ¿Nos avergüenzan nuestros muertos y por eso los escondemos?

Es que no hay soledad mayor que la que viven los que ahora agonizan y mueren en hospitales y asilos de ancianos. Su muerte así, solos, sin la caricia y la mirada de los que más quieren, dicen que sirve para salvar a otros. Pero no les hemos pedido permiso para este nuevo acto de generosidad de los ya nos lo dieron todo. Nunca se lo podremos pagar. Al menos pongamos estos días un crespón negro en los balcones, y otro en el corazón. Y pidamos que nos perdonen. Aunque nunca sabremos si antes de cerrar los ojos nos perdonaron. Estamos todos condenados al tormento de seguir viviendo con esa losa encima de la conciencia, para siempre, si es que tenemos lo que hay que tener: alma.

En realidad yo quería contarles hoy otros temas históricos de interés, pero se acaba el folio. En un asunto con muchos ángulos. Pienso que sería instructivo abordarlo con mayor profundidad. Y espero poder hacerlo en otra columna. Me comprometo con los lectores a compartir con ellos algo de lo que he leído en los documentos de archivos de Jaén mientras trabajaba en temas de epidemias y salud pública de la época moderna y contemporánea.

Ojalá cuando llegue otra entrega, que dedicaré a la peste negra, se haya alejado de nosotros esta pesadilla. Aunque no lo creo. Por lo que he comprobado en mis estudios, las epidemias infecto-contagiosas llevan su particular reloj, no compatible con la urgencia que impone el mundo actual, movido por la economía productivista. Sin embargo, en el lado optimista, también es cierto que la ciencia y la investigación de nuestra época, otras hermanas pobres de los intereses electorales inmediatos que mueven la política, nada tienen que ver con aquellos tiempos pretéritos en los que los ayuntamientos combatían las epidemias con exorcismos y procesiones. Algo es algo.

Ánimo amigos. Vamos a salir de esto. Como otras veces. Es que no hay mal que mil años dure. Ni cuerpo que lo resista, dice mi papelera.

Fuente: Diario ‘IDEAL’. Jaén, 16 de abril de 2020

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