LA ABUELA CARMEN, UNA CENICIENTA LAGUENSE

POR OSCAR GONZÁLEZ AZUELA, POR OSCAR GONZÁLEZ AZUELA, CRONISTA DE LAGOS DE MORENO, JALISCO (MÉXICO)

Carmen Rivera de la Torre.

Mariano y Carmen con tres de sus hijos.

Su nombre, Carmen Rivera de la Torre; nacida en Lagos en 1876; la cuarta de cinco hermanos. Pedro, Antonio y Jesús sus mayores, luego de ella María de la Luz. Su casa, la que fuera de don Diego Romero, el famoso alcalde de Lagos, comprada por su padre, don Antonio Rivera y Sanromán, escribano público de Lagos, fallecido relativamente joven. Luego de su muerte, don Margarito Larios, su tenedor de libros, fue sobre todo lo habido y por haber: viuda, costumbres, haberes y caudal hereditario. Del nuevo matrimonio de la viuda, los Rivera, -en Chiclana, Cádiz- ni se enteraron; no fue el caso de los Sanromanes que nunca se lo perdonaron, poniendo un foso de distancia con ella, quedando los sobrinos en la indefensión; al llegar los nuevos herederos fue más fácil mandar a los primeros vástagos a la cocina que ampliar el comedor. Sin embargo su tío, el sabio sacerdote liberal no solamente vio por ellos sino que indignado también acabó mochándose el apellido Sanromán, firmando desde entonces simplemente como Agustín Rivera. Confesor de las madres Capuchinas expulsadas de su convento así como de algunas otras mujeres de la localidad, acercó a las sobrinas con doña Paulina González de Azuela, a quien las encomendó fervorosamente; es así que empezaron a formar parte del séquito que iba de vacaciones, al rancho de La Providencia, al pie de la Mesa Redonda, como si fueran parte de la familia; así se conocerían y trabarían simpatía, noviazgo y vida Carmen y Mariano. El novelista pinta así esas salidas:

Mariano y Carmen con sus hijos Salvador, Mariano, Carmen, Julia y Paulina; María de La Luz venía en camino…

“Caballos ensillados para hombres y hombrecitos y burros con aparejo para el mundillo femenino luciendo sus claras gasas, sus sombreros de sollate adornados con listones de vivísimos colores, bien dispuestos a dar la nota más regocijante con sus gritos y aspavientos a cada tumbo de los asnos. (Entre aquella chiquillada iba ya la que más tarde sería mi compañera por la vida)”. Azuela, Mariano, O.C. p. 1184

De los hermanos varones, Pedro fue a Cananea en donde enfermó de tuberculosis muriendo joven; Antonio -padrino de mi madre- fue periodista y escritor; gran amigo de Mariano, mucho le enseñó de teatro, ópera y toros. La inconformidad de su pluma le hizo lo mismo pisar la prisión que llegar a ser director de El Imparcial. Jesús, el más rebelde, enfrentó al padrastro saliendo un día por la puerta de aquella casa para no volver jamás; se supo que había embarcado en Veracruz rumbo a La Habana; su figura resucitó en forma de broma como el tío de Kimberly que regresaba a México en donde quería morir, misma que cimbró a la familia; es la historia que mi primo Arturo convirtió exitosa novela: “El tamaño del infierno”. Por su parte, María de la Luz su hermana casó, vivió y murió en San Luis Potosí.

Paulina González Romo de Vivar viuda de Azuela, la suegra que tanto protegió a Carmen.

Volviendo a Carmen y Mariano, seguramente la Mesa Redonda fue testigo de sus primeras miradas, suspiros, caricias y besos; trabaron noviazgo cuando ella tenía 16. Al estudiante de medicina que llegaba en vacaciones a Lagos a dividirse entre madre, hermanos, amigos y novia, ya próximo a la titulación, se le hizo fácil hacer la propuesta de matrimonio, más con ganas de ser rechazado que aceptado. Escribe:

“Admiro la intuición de la mujer. A la que le tocó ser compañera de mi vida (y que hoy celebra conmigo treinta y seis años), -cumplieron 51- le dije en vísperas de pedir su mano:

Las hermanas María de La Luz y Carmen Rivera de la Torre, contemplando la vida en plan de triunfo.

-Tú eres católica y yo soy… una cosa echada a perder. Tú no sabes si a poco de casados nos aburrimos y tenga yo que largarte. Pero como ahora te quiero mucho, te propongo el matrimonio: ¿qué dices?

-Sí -me respondió con una serenidad estupefaciente.

Mi boutade no la sorprendió, pues, lo menos del mundo. Y hasta hace muchos años más tarde vine a darme cuenta de que ya entonces me conocía mejor de lo que yo mismo he creído conocerme”. Azuela, Mariano, O.C. p.1237

Fotografía tomada por mi querido tío Antonio Azuela, cuando iba rumbo a Puebla junto con toda su familia; viendo el campo de flores, en una de sus genialidades, detuvo el auto y le pidió que se bajara para hacerle este que fue de los mejores de su vida.

Fue así que el 12 de septiembre de 1900 contraerían matrimonio luego de ocho de noviazgo, en la iglesia de La Merced, yendo a vivir cerca del lugar, en donde ahora se encuentra el Café Mariano Azuela; ahí empezaría ella a contemplar con indiferencia la actividad literaria de Mariano mientras ejercía la medicina, ayudándole en casos extremos como enfermera; recordaba así que algún día le tuvo que ayudar a detener a un enfermo mientras Mariano serruchaba una pierna gangrenada; era un borrachito que tiempo después salía a gritar por las noches en la plaza: “¡Que viva el doctor Azuela, que me mochó la pata y me salvó la vida..!”.

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