ENSEÑANZAS DEL ENCIERRO (XL): CUATRO AÑOS.

POR JOSÉ ANTONIO AGÚNDEZ, CRONISTA OFICIAL DE MALPARTIDA DE CÁCERES

Coincide la cuarentena con este recuerdo a mi padre en el día que nos dejó hace cuatro años. Su memoria y huella siguen intactas. No hay celebración familiar en que no se le recuerde y el vacío que dejó en lo más profundo de nuestros corazones será imposible de colmar nunca.

José, Pepe o Pepín, tuvo una vida ni más ni menos difícil o afortunada que la de tantos otros de su generación, una generosa vida dedicada al trabajo, a sacar adelante a su familia y a dejar una sociedad más próspera y justa que de la que venía. Era un trabajador nato, de hábiles manos y de gusto por las cosas bien hechas. Orgulloso de sus hijos y orgullo para sus hijos, poseía una gran inteligencia y capacidades, seguramente muchas de ellas veladas o faltas de promoción por la carestía y circunstancias que ofreció su tiempo para cultivarlas. Y tenía también fuerte carácter -más de apariencia que de esencia-, y una fina ironía, y una cumplida memoria vertida mil veces en la mención de fechas y sucesos o recitaciones de poemas y textos larguísimos, porque era un ávido lector que devoraba todo lo que caía en sus manos.

De su pulcra caligrafía hablaré otro día.

En fin, mucho aprendimos de él y mucha es la falta que nos sigue haciendo. Mi padre murió hace cuatro años tras larga enfermedad, por lo que su fin fue de alguna manera una liberación del sufrimiento.

Es ley de vida y así lo aceptamos, con la tranquilidad de conciencia y confianza de que su despedida se realizó en el mejor de los entornos: en la paz de su casa, rodeado del inmenso cariño y el cuidado de todos los suyos.

Hoy vemos aquello como un enorme privilegio, una formidable merced que Dios nos hizo y que desgraciada y lamentablemente tantas familias no han podido disfrutar en los últimos tiempos. Deseamos acompañarles a todas en su pesar.

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