UNA PANDEMIA SIMILAR AL COVID ASOLÓ HUESCA HACE CUATRO SIGLOS

«LAS MEDIDAS PREVENTIVAS NO DISTABAN MUCHO DE LAS DE HOY», ASEGURA EL CRONISTA OFICIAL DE LA HOYA DE HUESCA, BIZÉN D»O RÍO

Huesca ha sobrevivido a muchas epidemias, la del coronavirus no es la primera que ha evitado que salgamos a la calle. La historia recoge en sus escritos el paso de varias enfermedades que asolaron la provincia dejando consecuencias devastadoras.

Ahora se cumplen 400 años del inicio de una de las pandemias más mortales que arrasó esta ciudad. El mundo entonces no estaba tan conectado como ahora y el contagio era más lento, pero las diferencias son pocas entre cómo se vivió la epidemia en el siglo XVII y cómo se vive ahora. «Las medidas preventivas no distaban mucho de las de hoy», asegura el investigador en Historia y cronista oficial de La Hoya de Huesca, Bizén d»o Río, quien aprovecha estos días de encierro para indagar en crónicas remotas.

Comenzó en 1619 y al Alto Aragón llegó en 1650 «seguramente debido al trasiego que vivía entonces esta población ya que era lugar de paso diario de entre mil y mil quinientas personas, porque hay que recordar que entonces los peregrinos del Camino de Santiago no iban por Navarra sino por Huesca, donde hay 23 hospitales de peregrinos. Y fue, tras esta epidemia, cuando se empezó a dejar de usar», desvela D»o Río.

Se conocía cómo estaba afectando esta enfermedad en otros lugares del mundo cuando a principios de 1650 se adentró en Huesca, y el Concejo se resistió a tomar medidas y no fue hasta abril, «cuando las noticias eran ya devastadoras, cuando se actuó», asegura el investigador. «Se contaminaron todas las fuentes oscenses y se puso a todas las familias en cuarentena, incluso, se llegó a tapiar las puertas de la ciudad en San Lorenzo, Barrionuevo y Padre Huesca», detalla Bizén d»o Río, quien explica que, además, «la mayor parte de los edificios se reconvirtieron en hospitales, como el seminario, la universidad o los colegios. La mortandad era tal que fue necesario trasladar a los más graves a la plaza de toros, que entonces estaba en la calle Tenerías junto al río Isuela, y dejarlos a su suerte casi a la intemperie. Incluso, se hizo preciso recurrir a médicos forasteros, y se contrató a un experto de Canfranc, dos de Alcañiz y cuatro cirujanos, dos gascones, uno de Bolea y otro de Loarre».

«Aun con el aislamiento, no se pudo evitar que murieran cuatro mil personas, de una población de unas doce mil, entre 1650 y 1652, cuando a 30 de diciembre, ya tan solo se cuentan 20 enfermos», destaca D»o Río.

En plena la Edad Media, las medidas preventivas que tomaron las autoridades de Huesca no distaban mucho de las de este 2020, desvela el historiador.

Así cuenta que «en 1651, por burlar el aislamiento que vivía Huesca se multaba con 500 sueldos jaqueses y los enfermos que salían a la calle debían llevar una caña de ocho palmos, no podían lavar su ropa entre lo que serían los puentes de San Miguel y San Martín del río Isuela, ni acceder a lugares como el matadero». «Para los sanitarios, era imprescindible, en el hospital, el uso de borcegines, -aclara que son como las calzas de ahora,- capuza y vestido de camuza, es un cuero con una especie de cola que lo impermeabilizaba, además, tanto médicos como cirujanos debían llevar túnicas de color morado hasta el suelo y con mangas ajustadas al puño».

Entre otras precauciones, «se obligaba a desinfectar las casas de los enfermos con cal viva y agua y durante 40 días no se podía habitar en ellas. Se pidió quemar todo aquello susceptible de contagio, como ropas o colchones, o ponerlas en colada con cenizas de sarmiento y carrasca».

En cuanto a los remedios a los que recurrían los médicos, que se reunían para intercambiar opiniones en la iglesia de Santa Cruz, destacaba el aceite de escorpiones, canfor, enjundia de rabosa, manteca de arroz, zumo de acacia, violetas secas o sándalo.

Al final, y como hablamos del siglo XVII, entre esas medidas preventivas «también se resolvió llevar a la catedral las imágenes de las vírgenes de Salas, la de los Dolores de Monflorite, los santos Paciencia, Orencio, Justo y Pastor y se hizo una novena con rogativas», revela el investigador.

Y esas gestas son el cimiento de nuestro carácter aragonés.

Así, por ejemplo el cordón blanco y verde de San Lorenzo que tantos oscenses lucen hoy en sus muñecas tiene su origen en el siglo XIV, cuando una oleada de epidemias, llamadas tercinas, arrasó nuestra provincia y, tras la peste, se utilizaba para testificar el cumplimiento del Voto de los Siete Lugares. Se trata de la peste negra que podemos considerar como la «primera unificación microbiana del mundo porque prácticamente se da en todos los países», asegura Bizén d»o Río.

Desvela que, según los documentos que se guardan entre 1347 y 1360, «hubo una gran conmoción en la provincia por la alta mortalidad de niños y mayores». Asegura D»o Río que estas fiebres son el origen de muchas de las romerías que se celebran nuestra provincia.

Y si tenemos que aprender del pasado, sobre las consecuencias económicas tras estas epidemias, reconoce que «fueron enormes y se tardó muchos años en la reconstrucción».

Fuente: https://www.diariodelaltoaragon.es/

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