GODOY Y OTROS ESTADISTAS INSTANTÁNEOS

POR ALBERTO GONZÁLEZ, CRONISTA OFICIAL DE BADAJOZ

Estatua a Manuel Godoy en la ciudad de Badajoz.

Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, nacido en Badajoz el 12 de mayo de 1767, hace hoy 253 años, es el político de ascenso más fulgurante de todos los tiempos en España, y el español de sangre no real que más poder acumuló.

Personaje de luces y sombras, injustamente tratado pese a sus aciertos –entre otros restituir a España la integridad territorial con la recuperación de Olivenza– gobernó durante uno de los periodos más turbulentos de Europa y más crítico para nuestra patria, entre el acoso de Inglaterra y Francia, debiendo optar en cada una de sus decisiones, no entre lo bueno y lo malo, sino, como él mismo confiesa, «entre lo malo y lo peor».

Por su elevación al poder desde la nada, convirtiéndose en gobernante instantáneo y todopoderoso, su insólito caso parecía irrepetible. Pero no lo fue, y en nuestros días se ha reproducido con otros tres personajes.

La razón del ascenso de Godoy por Carlos IV en 1792, de soldado raso a primer ministro, fue buscar una tercera vía política frente a las ya agotadas de Floridablanca y Aranda, mediante alguien audaz, sin ataduras partidistas y acreditada osadía.

La misma por la que doscientos años después, 1976, el rey Juan Carlos I nombró presidente del Gobierno a un joven sin gran nivel, pero resolutivo, intrépido y de habilidad maniobrera probada, para acabar con el régimen franquista e instaurar uno nuevo de factura democrática. A diferencia de Godoy, con rodaje político ya, adquirido en el desempeño de diversos cargos. En definición que más que a él cuadra a quien hoy cierra la serie, Alfonso Guerra lo llamó ‘Tahúr del Missisipi’.

El tercer gobernante instantáneo, José Luis Rodríguez Zapatero, figura inane de relieve menor, surgido no se sabe cómo también de la nada, en 2004, en un momento pleno de posibilidades, con todos los vientos a favor, en ocasión que malogró al poner su acento prioritariamente en lo ideológico, consumió dos legislaturas con más pena que gloria.

El último, llegado a la jefatura del gobierno de modo rocambolesco desde la trifulca con los suyos, en 2018, como el anterior sin talla de estadista ni bagaje en nada fuera de la militancia partidista, carente de más principio que la ambición, ducho en el arte de la supervivencia, enseguida acreditado como falsario, es Pedro Sánchez, figura cuyo parangón histórico podría ser el rey Fernando VII, aquel que gobernó con una camarilla de personajes estrafalarios extraídos de los barrios bajos de Madrid, al que la gente gritaba: ¡Viva Fernando y vamos robando! Mejor que a Godoy, es a él a quien cuadra el acertado juicio del historiador Seco Serrano de que, como gobernante, más que piloto, en la tempestad que atraviesa es un naufrago desnortado zarandeado por ella.

Godoy y Suárez, con sus errores, tuvieron como único objetivo modernizar España, desarrollarla, unirla y mantener su independencia y dignidad. Ambos en coyunturas muy difíciles, anteponiendo su patria a cualquier otro interés. Zapatero y Sánchez son ya otra cosa.

Los cuatro tuvieron el mismo final dramático. Acabar sus días desterrados.

Godoy, medio siglo, hasta que en 1851 murió en París, anciano, en la miseria y olvidado por todos. Suárez, confinado en lo hondo de su propio interior por causa de una terrible enfermedad. Zapatero, expatriado voluntariamente en las dictaduras comunistas de Venezuela y Bolivia. Y Sánchez, de final definitivo aún no escrito, pero presumible, exiliado ya, a poco de iniciar su mandato, del aprecio de muchos de sus compatriotas.

Fuente: https://www.hoy.es/

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