AÑORANZA

POR JOAQUÍN CARRILLO ESPINOSA, CRONISTA OFICIAL DE ULEA (MURCIA)

Desde mi Atalaya.

El azar, que no sabes lo que te puede deparar, me trasladó en el tiempo 27 años atrás. Como todas las semanas me acerco a mi pueblo para compartir con mis paisanos, escuchar sus opiniones, revisar documentos y explorar la historia de Ulea.

Pues bien, allí me encontré con un señor llamado Carmelo, que conozco de mis tertulias, de los lunes por las tardes, en Murcia. Nos saludamos y nos preguntamos ¿qué haces tú aquí?

En este momento median en la conversación Plácido, y el hijo de Paco “el francés” ¿Sabes que Carmelo es el dueño de la finca de la Rambla? Quedé sorprendido…, no sé si de alegría, o de rabia.

Lo cierto es que el corazón se me disparó y comenzó a latir a gran velocidad. Se despertaron sensaciones que creía olvidadas. No, no fue así. A mí mente afloraron recuerdos que parecía vivirlos en ese instante… y me acordé de todos vosotros; y de papá, y de los abuelos Joaquín y Clarisa. En una palabra, quedé absorto. Lo vivía como si hubiera sido ayer, emulando a Fray Luis de León, y habían pasado más de 50 años.

Cambié de “guión” y volví a la realidad de ese momento. Allí estaba una persona, que me conocía desde hacía unos años y que al identificarme se desvivía en atenciones. En esos momentos, Plácido y “el Francés” hicieron mutis por el foro y nos dejaron solos.

Tras preguntarme por todos los pormenores de la finca, le describí cuantas vicisitudes habíamos vivido durante bastantes años. Cuando le comenté que allí viví con mis abuelos, en una cueva, durante 7 años; quedó sorprendido. Tanto le impresionó que me invitó a visitar la finca. No lo dudé en absoluto. No sé por qué. Lo cierto es, que le dije que iba a coger los papeles que tenía sobre la cueva en mi despacho, y acompañados por “el Francés”, que es quien le lleva la finca, nos fuimos a Verdelena- al lugar de nuestra infancia y juventud, de nuestros desvelos…, de nuestros sueños.

Parecía como si no hubiera pasado el tiempo: El Molino, el Gurugú, el Salto del “Golgo”, el “Cabecico Cortao”, “el Barco Viejo”, “la Sardina”, “la Rambla”, “el Canal”… y “por el camino que ideó nuestro hermano Paquito hace 47 años”, llegamos a la explanada de la que fue “nuestra RAMBLA”.

Allí aparcamos los coches y, en principio, todo me pareció estar igual. ¡Puro espejismo! Mirando hacia abajo contemplaba la finca del tío Francisco, “el de la pipa” y los bancales de la Senda, el de debajo de la Senda, el de encima de los limoneros y el de los limoneros, propiamente dicho. A la izquierda la finca del tío Julio Carrasco y la tubería que se empinaba hasta lo más alto, para regar los bancales más elevados de todo aquel paraje.

Tras ese breve instante que me hizo revivir una historia inmemorable e irrepetible, Carmelo me invitó a que diéramos una vuelta por toda la finca a la vez que le dijo al “francés” que me cogiera un cesto de higos, de los mejores que encontrara, y unos “caquis”.

Hicimos un recorrido desde el bancal de los limoneros hacia arriba. ¡Me llevé una gran decepción! Allí no quedan nada más que mochos de árboles serrados. Ni un albaricoquero, melocotonero, peral, ciruelo, limonero, etc. Nada de nada. En el bancal de encima, solamente hay unos árboles en el centro que merecen la pena, pero sólo diez o doce. En el siguiente más de lo mismo.

El bancal de la Senda, otrora “la niña bonita de la finca”, apenas unos árboles frondosos en el centro y la caseta que hay a la entrada. El bancal hondo, totalmente mochado, como el de los limoneros. El bancal de los pepiteros es el mejor, los árboles replantados están en plena producción. El bancal de los melocotoneros tiene muchas “calvas”; faltan bastantes árboles y los que quedan están viejos y “asisconados”. El bancal nuevo, con aquellos limoneros tan frondosos es una quimera; los árboles están con mucha madera seca. El bancal de la cueva parece que lo ha arrasado un tornado pues solo quedan 3 árboles plantados, el resto está arrancado con todas sus raíces al aire y secas.

Las oliveras que había por encima del canal del agua siguen en pie, y los pinos que plantaron sobre la cueva están frondosos. ¿Habrían llegado las raíces al vacío de la cueva tras su hundimiento y enterramiento?

Parados sobre el canal, a la altura de la cueva, le expliqué cómo; entre Toni, Luis del Manco, papá y lo que yo pude ayudar, se hizo la cueva. Le conté el tiempo que vivimos, los abuelos y yo, allí y como se hundió el “frentil” dejando la cueva casi enterrada: apenas quedó un pequeño resquicio por el que pudimos escapar, tras escarbar con las manos sobre las láguenas, para poder salir, ya que la abertura que quedó no nos permitía ni siquiera reptar, si bien nos dejaba respirar. La media hora que permanecimos dentro, la abuela y yo, se hizo eterna. El abuelo Joaquín ya había fallecido.

Cuando le describí la historia de la cueva me prometió desenterrar el terraplén que cegó la puerta de entrada y dejarla al descubierto si no se ha hundido por dentro, pues de este suceso hace la friolera de “58 años”.

Carmelo, tras darme un abrazo, en presencia del francés, mostró un enorme interés y me invitó a que le señalizara el lugar donde estaba la puerta de entrada, una pequeña ventana, la longitud de la cueva, una habitación utilizada como cuarto trastero, a unos dos metros de la entrada; a la izquierda, una pequeña alacena en donde la abuela ponía sus mariposas encendidas y un gancho en el techo donde colgaba el candil que encendía por las noches, hasta que nos acostábamos; siempre temprano, pues vivíamos de forma muy primitiva, utilizando al máximo la luz solar.

Por la orilla del canal y la tubería regresamos hasta la explanada en donde aparcamos los coches. En un principio alcé la vista y oteé el horizonte. Sentí desazón, nostalgia…; quizá una mezcla de todo. Allí nos despedimos. Carmelo me emplazó para contemplar el interior de la cueva, si queda algo de ella.

Ellos se quedaron en la finca y yo cogí el coche para iniciar el regreso. Al llegar a la altura de la “higuerita de Federo”, detuve el auto y me bajé. Contemplé todo el paraje y lo comparé con el celuloide que tenía en mi mente.

En aquella atalaya privilegiada pensé: ¿debí regresar a la rambla? ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Creo que no. Es distinto: sencillamente es distinto. Agaché la cabeza y me dirigí hacia el coche: Sentí una gran “AÑORANZA”.

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