DE PESTES Y CONFINAMIENTO

POR ANTONIO MARÍA GONZÁLEZ PADRÓN, CRONISTA OFICIAL DE TELDE (CANARIAS)

El cólera morbo azotó Telde en 1851. (Foto Multimedia)

En estos días aciagos que nos han tocado vivir son muchos los comentarios que, a través de las redes sociales, se han vertido sobre esta nueva pandemia del COVID-19. Tan acostumbrados estábamos a que la soberbia Europa quedara libre de toda enfermedad infecciosa que habíamos olvidado, que éstas no estaban erradicadas del globo terráqueo.

Así, cuando en los telediarios se nos mostraban las poblaciones de África, Asia y América diezmadas por la malaria, el cólera, etc., para nuestros adentros pensábamos que eso jamás nos podría afectar. ¡Y miren por donde nos ha tocado y de lleno!

Si echamos mano a los libros de historia veremos reflejados numerosos documentos en los que el Continente Europeo sufrió pandemias de incalculable virulencia. Tal es el caso de la célebre Peste Negra de la Edad Media o la no menos conocida y temida Gripe Española, en este caso en las primeras décadas del siglo XX.

Ahora, confinados en nuestras casas, nos sobra tiempo para casi todo. De ahí que, buscando entre libros, he tomado por undécima vez la obra magna del Doctor Don Pedro Hernández Benítez, Cura Párroco de san Juan Bautista de Telde, Arqueólogo e Historiador, además de un excelente Cronista Oficial de nuestra ciudad. El volumen en cuestión lleva por título: Telde, sus valores: Arqueológicos, Históricos, Artísticos y Religiosos. Entre sus páginas, casi quinientas, encontramos varias alusiones a las llamadas pestes pandémicas, tales como: el tifus, la viruela, la fiebre amarilla, la tuberculosos y así hasta contar con una docena de enfermedades. La teoría de Don Pedro venía a coincidir con la de otros autores coetáneos suyos, que mantenían lo siguiente: en una sociedad tradicional en la que la mayor parte de la población vivía de lo que producía la agricultura y la ganadería, una sequía ponía en peligro a todos sus individuos, empezando claro está por los más débiles, ancianos y aquellos otros que ya acarreaban una deficiente salud.

Recuerda nuestro Cronista cómo las sucesivas arribadas de europeos a nuestras costas debilitaron sobremanera a la población aborigen, toda vez que en contacto con los foráneos se contagiaban de no pocas enfermedades, En la nueva sociedad insular, aquella que surge a partir de la Conquista Castellana de nuestras islas, tanto la mescolanza de gentes de distintas procedencias como el comercio de estas islas con otros puntos de la geografía, tanto africana como europea, facilitaban el traspaso de cuantas pandemias pudieran existir. Sin menospreciar las que con toda seguridad se dieron en los siglos XVI, XVII y XVIII, Hernández Benítez analiza con detenimiento las del siglo XIX. La razón de tal estudio pormenorizado no es otra que la existencia de cientos de datos contenidos en los llamados Libros Sacramentales, entre ellos los de Defunciones, que reseñan con toda suerte de detalles los óbitos ocurridos en algunos momentos determinados de esta centuria.

En el siglo XIX se inaugura con un largo periodo de sequías y por tanto de malas cosechas y, lo que es lo mismo de hambrunas. La Gran Canaria a pesar de su ventajosa economía con respecto a otras islas era deficitaria en cereales, que se importaban de las cercanas Tenerife y Fuerteventura, cuando no de la más lejana San Miguel de La Palma o de la propia Castilla. Lo malo era cuando el conjunto del Archipiélago tenía que soportar la misma escasez de lluvias o cuando recurriendo a Castilla no recibían respuesta alguna por estar ellos en idéntica situación. En esos momentos se abrían varios escenarios, uno era el lanzarse a los campos a buscar los más diversos alimentos, entre los que se encontraban las raíces de ciertas plantas, tales como los helechos. Tomar para sí bayas, tunos indios y algunas que otras hierbas que guisadas servían para mantener los vientres calientes, era toda una proeza, Pero al poco tiempo surgía la enfermedad. Los cuerpos debilitados ante el continuo ejercicio y la poca o nula alimentación llegaban a un punto en que sus defensas naturales se veían mermadas en demasía y por lo tanto no se podía resistir el embate de los virus o bacterias. La falta de higiene, casi generalizada, los pocos centros sanitarios y la escasez de médicos y farmacéuticos no hacían sino elevar el riesgo de las contaminaciones.

Las antiguas creencias religiosas hacían que los Rosarios, Novenas, Triduos, Procesiones, Misas y cualquier manifestación de fe fuera multitudinaria por lo que en vez de servir para aliviar el progreso de la enfermedad de convertía en sus grandes aliados.

Telde sufrió en el siglo XIX dos grandes pandemias, una tuvo lugar en las primeras décadas del siglo XIX y se le llamó fiebre amarilla, por el color que dicen que adquirían en su piel aquellos que la padecían y, la otra, en el año 1851 conocida como el Cólera Morbo. De este último tenemos cuantiosas noticias traídas hasta nosotros, no solo por el ya mentado varias veces Hernández Benítez, sino a través de la bibliografía del investigados Don Carmelo José Ojeda Rodríguez, quien realizó hace ya una treintena de años un estudio pormenorizado del tema en cuestión. Como conclusión del mismo nos adelanta que casi una cuarta parte de la población de Telde-Valsequillo sucumbió en los meses tristes de largo y angustioso verano.

En la hoy conocida como Montaña de Las Palmas, en una de las laderas que se abre hacia el noroeste, hay un lugar que conocemos como Lomo de los Muertos por haberse hecho allí una fosa común, en donde eran enterrados todos los que fallecían después de padecer los rigores del Cólera.

En la Playa de las Salinetas, en la finca del mismo nombre, hoy perteneciente a la familia de los Gómez y antes a los Martínez de Escobar, se erigió una ermita dedicada a San Diego de Alcalá y a Nuestra señora de la Salud. Dicho templo fue erigido por un sacerdote de aquella ilustre familia para dar gracias a Dios por no haber tenido que lamentar ninguna pérdida entre sus parientes. Sobre éste episodio existe un magnífico trabajo del historiador Don Javier Campos Oramas, publicado hace años en la Guía Histórico Cultural de la ciudad de Telde. También en el siglo XIX, en sus últimas décadas se levantó en el istmo de la Península de Gando su famoso Lazareto Sucio, ingente obra de Don Juan León y Castillo. Este centro sanitario fue diseñado para que pasasen las cuarentenas aquellos que viniendo de otros lugares e infestos de alguna enfermedad contagiosa, se acercaban a nuestro recién inaugurado Puerto de la Luz en la Bahía de Las Isletas.

Ya en el siglo XX, el Cabildo de la Isla y el Gobierno de la Nación construyeron varios centros hospitalarios en el Sabinal, uno como dermatológico y otro para tuberculosos.

Por esa razón recordamos como si fuese ahora cómo nuestros mayores nos hablaban con miedo, casi pánico, a dos enfermedades infecciosas: la lepra y la tuberculosos, esta última se hizo endémica en nuestra población insular.

Siendo alumno del Instituto de Enseñanzas Medias de la Villa de Agüimes, se nos hizo una prueba para saber nuestro estado con respecto a dicha enfermedad y, al día siguiente, analizando la reacción de nuestro cuerpo el médico no preguntó: ¿De dónde eres? Y al contestarle de Telde, nos dijo: Si a los quince años no has tenido tuberculosos en Telde, es que eres inmune a la enfermedad.

¿Quién de los que hoy tenemos algo más de 60 años no recuerda la quema de colchones, sábanas y mantas en el Barranco Real a la altura de San José de Las Longueras? Al preguntar: qué era aquello, nos contestaban, una y otra vez: están quemando los enseres de fulanito de tal, que murió de tuberculosis.

A la mitad de la década de los cincuenta del pasado siglo XX, asoló nuestra Isla la llamada Parálisis Infantil, cuyo nombre científico era Poliomielitis, ante ella pocos remedios había, lo único que se podía hacer era huir a algún pueblo del interior o quien pudiera, emigrar a otra isla. Yo nací en enero de 1955, en una casa desierta de hermanos, pues lo que no estaban internos en las Palmas de Gran Canaria y santa Cruz de Tenerife, fueron evacuados a la casa de mi abuelo en la Villa de Valverde de El Hierro. Mi madre me repetía continuamente que había sufrido muchísimo porque en torno al mes de mi nacimiento habían quedado infectados de tal enfermedad varios niños de familias conocidas.

Hoy rememorando todas estas cosas, pienso en los sufrimientos del pasado, que ciertamente fueron peores que los del presente. No comprendo cómo hay gentes que se quejan de la obligatoriedad del confinamiento domiciliario. Ya quisieran aquellas otras generaciones poder tener las condiciones alimenticias e higiénico-sanitarias que hoy disfrutamos.

Fuente: https://www.teldeactualidad.com/

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