EL LUNAR DE PATO

POR ALBERTO GONZÁLEZ, CRONISTA OFICIAL DE BADAJOZ

El 30 de mayo de 1808, ayer hizo justamente 212 años, empezó en Badajoz la Guerra de la Independencia cuando grupos de exaltados se amotinaron y dieron muerte al gobernador de la plaza, Toribio Gragera, conde de Torre del Fresno, acusado de tibio ante la invasión napoleónica. La señal del alzamiento, como es sabido, fue el disparo de los cañones del baluarte de San Vicente por María Cambero, la Maricona y Ciriaco el Tambor.

Durante los días siguientes los amotinados recorrieron la ciudad cometiendo toda clase de desmanes bajo pretexto de buscar a las personas pocos fieles a Fernando VII, traidores a la causa nacional, afrancesados, y otros malquistos por la plebe, para darles muerte.

En tal ambiente, con el populacho desmandado dominando la calle nadie estaba seguro, y el menor indicio de desafección bastaba para que el sospechoso resultara linchado.

Eso es lo que le ocurrió a un pacífico ciudadano al que el solo hecho de tener en la cara un lunar pudo costarle la vida. Se trataba de Diego Pato Ruiz, un joven de Alburquerque, antiguo seminarista graduado en teología en Salamanca, que por la situación del momento había regresado a Badajoz donde, para perfeccionar el idioma francés, que estaba estudiando, se relacionaba con nativos. Y que tenía la peculiaridad de lucir en el rostro un llamativo lunar de color morado que lo identificaba ostensiblemente.

Hallándose de paso en la plaza de San Juan el día de las algaradas, tuvo la mala suerte de ser reconocido por su lunar, lo que motivó que la masa furiosa se abalanzara contra él al gritó de: ¡Al del lunar, que es un afrancesado¡ ¡Al traidor amigo de los franceses¡. Le llovieron los golpes, y a no ser por la mediación de personas que lo avalaron, allí hubiera terminado sus días. Con todo, para preservarlo de la furia colectiva fue necesario recluirlo unos días en el cuartel de La Bomba.

Cuando pasado el peligro pudo salir del refugio, y a fin de apartar cualquier duda que pudiera perdurar sobre su falta de patriotismo y borrar su imputación de afrancesado, el joven Pato se alistó como soldado honorario en el batallón de Voluntarios de Valencia, con el que participó en numerosas acciones militares en Villar del Rey, Azuaga, Fuente de Cantos, Bienvenida, Cantalgallo o el propio Badajoz durante el ataque al fuerte de la Picuriña, en las que fue herido varias veces y por las que, en reconocimiento a su probado valor, se le otorgó un escudo de honor.

Murió muy joven, al poco de concluir la Guerra de la Independencia, con grado de teniente y fama acreditada de buen patriota tras el desafortunado percance del 30 de Mayo de 1808. De su viuda, Vicenta Soto; hijos, convertidos en abogados y jueces, y otros familiares, todos afincados finalmente en Alburquerque, dan cumplida noticia las crónicas de la época.

Fuente: https://www.hoy.es/

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