BANDERAS EN EL CERRO DEL PUERCO

POR EDUARDO JUÁREZ VALERO, CRONISTA OFICIAL DEL REAL SITIO DE SAN ILDEFONSO (SEGOVIA)

Hace más de catorce años que llevo conociendo a Jaime Portero. Este segoviano de nacimiento, estrecho y alargado como los atardeceres en La Lastrilla, comparte con un servidor un interés inusitado por los campos de batalla de la infausta Guerra Civil Española. A lo largo de tres lustros hemos compartido no pocas excursiones entre el bosque y las trincheras, roquedales y casamatas, arrastraderos, praderas y bastiones defensivos. Siempre en ese quedo hablar, serio, pero paciente y reflexivo, hemos ido desgranando nuestra búsqueda de la historia en un pasado patrio que nunca hubiéramos querido conocer. Ya fuera en las cercanías de las Praderas de Navalrey, atravesando el túnel de la posición avanzada, o en el campamento pétreo de Cabeza Grande, nuestros paseos han acabado por convertirse en coloquios abiertos, propios de seminarios universitarios. Y, dado que nuestra amistad empezó con la organización de unas jornadas sobre La Batalla de La Granja en el año 2007, nos vemos abocados a relacionarnos entorno a esta efeméride y su acción principal sobre el Cerro del Puerco, hacia el día 30 o 31 de mayo.

En efecto, si viajaran ochenta y tres años en el tiempo tal día como hoy, se verían inmersos en una vorágine destructiva sin igual, donde españoles de todo cuño y condición luchaban por sobrevivir en las cercanías del Cerro del Puerco.

Desafiante sobre la Pradera de Navalhorno, la posición estaba defendida por tropas fieles a la rebelión militar, mientras un sinfín de soldados del Ejército Popular de la República trataban de tomar el testero de un cerro horadado por trincheras y fosos de tirador. Al aquelarre sangriento de hombres muriendo en un sinsentido épico habría que sumarle los aviones italianos, alemanes, rusos e, incluso, americanos, con la presencia de Frank Tinker, así como la artillería tronante desde las altas posiciones del collado de Dos Hermanas. Si prestaran un poco más de atención, seguro que podrían ver los retazos de colores en movimiento desenfrenado que producían las banderas en su arduo escalar, resistir, bajar, de una loma insignificante para el transcurso de la guerra, pero determinante para miles de hombres jóvenes abocados a expirar en un esfuerzo difícil de explicar hoy en día.

En todo ello estaba pensando cuando vi en mi teléfono la llamada del mensaje de Jaime Portero. Sin embargo, en esta ocasión, mi amigo no me remitía a suceso alguno ocurrido en el Cerro del Puerco.

O sí.

Resulta que, indagando en la Guerra de la Independencia, Jaime había pasado un par de días disfrutando de varios números atrasados de la Revista de Historia Militar, para dar con la también olvidada Batalla de Chiclana, a decir de su gaditana esposa, acaecida en 1811. Para sorpresa de mi amigo, uno de los lances básicos de aquella batalla tuvo como escenario una posición conocida igualmente como Cerro del Puerco, ubicado sobre la playa de la Barrosa. En mitad del avance anglo-español y portugués para acabar con el cerco francés de Cádiz, las tropas fracasaron en el intento de tomar el cerro, achacando el desacierto a la falta de cohesión que la multiplicidad de idiomas había provocado en las tropas atacantes. Aunque, como ya supondrán, la mayoría de las perdidas hubieron de sufrirlas los franceses, del mismo modo que la XIV Brigada Internacional, constituida en su mayor parte por voluntarios franceses y belgas, padeció en las cercanías del Real Sitio Primitivo. En el caso de los brigadistas, su comandante, Karol Swierczewski, siempre se quejó del Babel en que se había convertido su Estado Mayor durante la batalla, donde los idiomas, en lugar de construir puentes entre las personas, levantaban muros infranqueables de incomprensión.

Sea como fuere, el que suscribe no dejaba de darle vueltas a la imagen de los dos cerros, repletos de hombres furibundos matándose entre sí bajo la sombra falaz de una infinidad de banderas. Ya fueran falangistas, republicanas, carlistas, monárquicas, francesas, portuguesas o inglesas; banderines de tercios legionarios, de tabores de tiradores de Ifni-Sahara o de regulares de Melilla; banderolas rojas con una estrella amarilla enarbolada en un asta por brigadistas argelinos en la fábrica de maderas de Valsaín o estandartes ingleses de la brigada ligera de Wheatley corriendo hacia Cádiz; sean del color que se le antoje al que la defiende, bajo su inconsistente ondear solo ha cabido la muerte y su recuerdo no lleva a lugar diferente del campo de batalla.

Es por ello que en estos días vividos de inseguro presente y desconocido e inexorable futuro, me resulta complicado entender que tantos busquen refugio a la sombra de las banderas. Si la historia nos ha enseñado algo ha sido que es en el ser humano donde debemos buscar esa protección, en su infinita capacidad de sacrificio y adaptación. Es en la bondad innata del individuo, como bien dijo Leibniz a pesar de las burlas de Voltaire, donde se halla la salvación.

Las banderas, queridos lectores, no representan humanidad alguna; tan solo nos muestran una posición en el campo de batalla. Seamos, por tanto, humanos y, unidos por esa humanidad, abandonemos la sombra falaz de las banderas. Sólo así seremos capaces de ver desde la loma del Cerro del Puerco el bermejo e incomparable atardecer castellano o el ocaso imperecedero en la bahía de Cádiz.

Fuente: https://www.eladelantado.com/

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