MEMORIA EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS. LAS HUERTAS, ESCUCHANDO RADIO PIRENAICA

POR MANUEL GARCÍA CIENFUEGOS, CRONISTA OFICIAL DE MONTIJO Y LOBÓN (BADAJOZ)

(De mi libro “Los quehaceres y los días, Montijo en la memoria”)

Estamos en tiempos donde nos cercena el calor, la calor, los calores y las calores. También hay otra expresión muy propia ¡Hace una calor antigua! Cada uno retorna a los recuerdos de su infancia. ¡Hace calor como antiguamente! Pues hace un calor como siempre, más que ayer, pero menos que mañana. Cierto es que estamos metidos dentro de estos calores, bajo la memoria de un sonido de verano antiguo, con carros tirados por mulas que van y vienen de las eras. A viento solano de largas siestas. A tardes de silencio, de mecedora y gratificante aire de abanico. En la memoria suena a agua fresca de la alberca, bajo la sombra de la higuera y la morera. Agua y frescor de verano. Alberca de toda la vida. La alberca antigua de regar nuestras huertas. De un riego generoso cuando le quitaban el tapón, aquel tapón hecho con ramas y cubierto con un saco de arpillera. El agua salía a borbotones en busca de los bancales, maravilla de espectáculo, al encuentro con los melones, sandías, tomates, pimientos, con los frutales… bajo canales artificiales, algunos conducidos por la goma negra de las cubiertas de los camiones.

Memoria de la alberca, de niños zambulléndose en aquel edén de las aguas, bajo un fondo resbaladizo de cieno, en calzoncillo blanco, sorteando en sus chapuceos las carreras de insectos veloces, criados en el verdor del limo. Agua fría como ella sola, a prueba de gritos de la chiquillería y a tiritones aliviados por la generosidad de las toallas tendidas al sol. Albercas, norias, acequias, el agua, la vida, desde siempre, muy antiguas.

Olores y sabores de aquellas huertas. A brevas de las higueras, a la humedad de la alfalfa, al cacareo de gallinas, al penetrante olor de cochinos y vacas. A leche recién ordeñada. Al sonido del vuelo del pínfano sangrador que atacaba de día y de noche. A sopa de tomates, a gazpacho… A olor de café de puchero en la solemne y grata quietud de la hora de la siesta. A trago de agua fresca de barril. A sudor y trabajo. A callo del amocafre en las manos del hortelano. Por las noches siempre refrescaba, la huerta regulaba la temperatura nocturna veraniega. Aún, así, cuando terminábamos la cena, casi a oscuras, bajo la luz del carburo, desvelados por el calor, nos quedábamos embobados mirando hacia arriba, observando las estrellas.

El éxtasis nos transportaba a una blanca pantalla de cine de verano, en la que jugaban lagartijas y salamanquesas. El “Emperatriz de verano” proyectaba en eastmancolor ¡Fantomas vuelve! con el genial cómico francés Louis de Fùnes, y la rubia y atractiva actriz Mylene Demongeot. Cómo se nos fue muriendo cada día pequeños trozos de aquellos cines de verano: Palmera, La Concha, Salón Moderno y Avenida.

Aquella noche de la primera quincena de agosto esperábamos la madrugada. En el firmamento había un espectáculo asegurado, las “Lágrimas de San Lorenzo”, lluvia de estrellas fugaces. Las horas pasan y el sueño empieza a castigarnos. De pronto enchufan una vieja radio, un Askar. Al instante se oye una voz “Aquí Radio España Independiente; estación pirenaica, la única emisora española sin censura”. Estábamos en la dictadura, corrían tiempos de negación de las libertades y del bienestar, era cuando pocos se podían comprar un coche. Tiempos de dolor y emigración. La señora de la huerta, que era muy monárquica, ordena darle más voz: “Anoche dijeron que Franco está al caer y que está don Juan de camino”. A lo que respondió su marido “Ilusiones de libertad, de restauración monárquica. Baja la radio, que hasta en las huertas, en el campo, escuchan los falangistas y los tricornios, que ahí nada más que hablan Carrillo y La Pasionaria”.

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