PASEOS POR LOS FLUVIALES

POR RICARDO GUERRA SANCHO CRONISTA OFICIAL DE ARÉVALO (ÁVILA)

Enclaustramiento relajado ya en algo, aunque si bien es cierto que eso de las franjas horarias y de edades es un galimatías que no se cumple muy a rajatabla. Porque entre otras cosas, habría que ir con el carnet de identidad en la mano, sobre todo en esas edades fronterizas con lo establecido. Pero bueno, se permite ya alguna salida, que parecía que ya no estaban puestas las calles. O que nos estábamos perdiendo algo muy interesante. Y lo cierto es que ahí fuera sí se estaba produciendo un espectáculo grandioso, quizás nos lo ha parecido más porque últimamente mirábamos sin ver o sin apreciar lo que teníamos delante de nosotros. Eso también nos viene bien para recapacitar y ver mejor, admirar tatas cosas que nos venían siendo inapreciables y sin embargo ahí están para nuestro disfrute.

Lo primero que hicimos muchos al salir después de este confinamiento que estamos sufriendo, ha sido visitar ese magnífico paseo fluvial, el ya bien conocido y disfrutado por tantos arevalenses, el del río Arevalillo, con todas esas plantas silvestres y las plantadas que están en un momento de desarrollo, rodeadas de tanto verde silvestre que en estas fechas y sobre todo en años de primavera lluviosa, como éste, está eclosionando con una fuerza tal que hacía años que no se conocía, e irá a más, porque está empezando a florecer, las primeras flores primaverales que en pocos días tapizará ese manto verde, como ya empieza con las amapolas y margaritas, quizás las más madrugadoras.

Y claro, después de tantos días inanes y anodinos en los que las piernas han perdido fuerza y había que comenzar con tacto y suavemente para no terminas con agujetas… Primeros paseos cortos y medidos. ¿A dónde?, si, al paseo del río… además, el tiempo de estos primeros días ha sido espléndido y acompañó plenamente incitando al paseo. Al día siguiente, al paseo fluvial del Adaja, que aún no está rematado del todo, pero que ya muestra lo que será. Y los sonidos del campo, el agua de los ríos, aunque ya ha bajado la avenida de días pasados, pero aún el cauce es risueño y entretenido, al que se unen los cantos de los pájaros. Bajaba yo desde el castillo por aquella vereda cuidada y limpia en su salvaje trazado, cuando me detuve n un asiento improvisado, una piedra de granito que ha sido puesta premeditadamente como descanso de paseantes, cuando el ruiseñor que hizo quedar embelesado y abstraído con su dulzura y trinos desafiantes que de vez en cuando eran contestados por otros pájaros que cantaba en la lejanía. Todo un concierto improvisado, pero previsto, en esta naturaleza y en estas fechas. El humilde río nuestro, el segundón que, por llevar, lleva el nombre de la ciudad en diminutivo. Parco y casi siempre sin agua, por eso en estas ocasiones es buen momento para disfrutarle, como hace unos días en que su cauce saltó por encima de la presa del “Molino Quemao” o de Valencia, una cascada sonora y blanca que poco a poco ha ido disminuyendo con el cauce hasta desaparecer, hasta la próxima avenida. Ahora queda el potente chorro del desaguadero del antiguo molino.

Otro día de paseo me dirigí al puente de Valladolid o del cementerio, que está en obras de consolidación, después de tantos años esperando una iniciativa de salvamento. Una primera fase de reconstrucción de lo caído y así devolverlo al tránsito peatonal. Faltará la siguiente fase de restauración que le restituya a su aspecto su fisonomía mudéjar tan trastocada en sucesivos “apaños” que han ocultado mucho de su belleza. Ya hablaremos más de él, porque merece un monográfico.

Y otro paseo a La Isla y la presa de otro molino, el del Adaja, también llamado de “Don Álvaro de Luna”, sede del proyecto Life-IP Duero. Pero eso será para otro día…

Y a esto lo llaman desaceleración, ¡jope! Que nombre tan innombrable…

Total, la salida a la naturaleza nos reconcilia con el enclaustramiento pandémico.

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