EL TÍO DE KIMBERLY

POR OSCAR GONZÁLEZ AZUELA, CRONISTA DE LAGOS DE MORENO, JALISCO (MÉXICO)

El tío Enrique Azuela Rivera, impulsor de las Obras Completas de su padre que trabajó Alí Chumacero en ese mismo espacio, la biblioteca de la casa de Santa María, escudriñando sobres y cajones.

A la derecha Enrique Azuela Rivera en plática con Francisco Monterde, presidente de la Academia de la Lengua, descubridor y gran defensor de la obra «Los de abajo» en 1925. Atrás mi querida tía María Arriaga de Azuela.

El tío Enrique, nacido el 2 de junio de hace exactamente cien años, fue la debilidad de la abuela “Tanita”. Siendo el menor de sus diez hijos, siempre le habló “de usted” como los demás; esa relación se amalgamó a la muerte del abuelo quedando desde entonces como fiel guardián en lenguaje y actitud de complicidad que duraría hasta su último suspiro.

Busto en plena modelación de Carmen Rivera de la Torre, elaborado por Octavio Ponzanelli, mismo que quedó en su propia tumba.

Las hermanas Carmen, Paulina, María de La Luz y Julia con «tanita», sentada, del lado derecho; la señora Bertha Norma la toma de la mano.

Como prueba de ello, la más celebre broma jugada por esa dupla en toda nuestra historia. El caso es que, desaparecido desde su juventud el hermano de la abuela -el legendario tío Jesús Rivera de la Torre-, personaje que una mañana cruzó secretamente la puerta de la casa en que ya gobernaba su padrastro, saliendo decidido de Lagos para siempre; sus últimos rastros los dejó en el puerto de Veracruz, desde donde zarpó rumbo a Cuba; nunca más se volvió a saber de él.

Entrega de la primera edición del epistolario y archivo de Mariano Azuela, editado por la Doctora Beatrice Berler quien entrega el libro a la abuela; como testigo Salvador, sentada mi mamá.

Entrega del busto en bronce a Carmen Rivera viuda de Azuela por parte de Octavio Ponzanelli; atestigua Enrique Azuela Rivera.

Pasados más de setenta años, Enrique tuvo la ocurrencia de revivirlo, en complicidad con la abuela y con la tía Carmen quien se salvó de ser embabucada dadas sus crisis depresivas luego de la muerte de su segunda y última hija, por lo que participó del enredo que consistía en fingir el regreso del tío Jesús.

Enrique planeaba una broma, pero también el hacer brotar la pasión de los integrantes de la familia, sobre todo de quienes le veían con cierto desprecio. Todo lo echó a andar analizando primero a las hermanas; escogió a Paulina que tenía la personalidad que se requería para ello: bravura, chispa y cultura., así que le llamó por teléfono:

Octavio Ponzanelli también le hizo un busto al tío Enrique, que quedó viendo de frente a la abuela en la tumba que ambos comparten en el panteón Español. Valiosa foto que nos comparte Toño Antuñano González, su ahijado. El artista logra captar la melancolía del personaje.

-Oye; fíjate que apareció el tío Jesús, el hermano de mi mamá; se ha comunicado y como no tiene descendencia, quiere venir a morir a México, con los suyos.

-¿Y a dónde piensa llegar..? le contestó con desagradable sospecha.

-Con mi mamá por supuesto…

-¡Estás loco!, seguramente será un viejo achacoso o cochino; capaz que la mata con los trabajos que le va a causar; ahora resulta que después de largarse toda la vida, regresa muy campante a que lo mantengan, ¡por supuesto que no!

-Espérate, no creo que venga tan bruja…

-¿Y qué es lo que dice que tiene?

-Creo que minas -le aventó el pial-; no sé si sean de sal, de areno o de qué cosa…

-¿Pues en dónde vive?

-Dice que viene de Kimberly…

Evento de la entrega de la edición del epistolario y archivo de Azuela; en la imagen el tío Salvador Azuela con mi primo y caro Maestro Héctor Santos Azuela, conocido en su juventud como Ettore Fieramosca. / Carla Susana Santos.

-¡Qué bruto!, ¡son diamantes..!

Es así como, de manera quirúrgica, sin haber hablado jamás de opulencia, la leyenda de una inmensa fortuna fue creada mentalmente cubriendo de oro, diamantes y dólares al personaje; en su genialidad, Enrique siempre aclaraba pasados los años, que él nunca había hablado de dinero, ese invento lo crearon sus hermanos.

Comenzó así a rodar una bolita de nieve que crecía mientras Enrique se frotaba las manos… Paulina llamó a mi mamá, ella a Julita, a Esperanza… en un principio, cuando quisieron hablar con la abuela para felicitarla, ella se negaba; -seguramente está impresionada decían todos sin adivinar las risas con las que seguramente festejaba la ocurrencia del maquiavélico Benjamín.

De un día para otro, los hermanos Azuela-Rivera se sintieron próximos a recibir una gran fortuna; Enrique pidió cooperación para poder comprar su boleto de avión a fin de ir a recoger al tío Jesús a lo que se opuso la mayoría: -Capaz que este lo mata por allá y se queda con todo. No, mejor formemos una comisión para ir por él en grupo.

Mi papá buscó al Mariachi de Pepe Villa para costear la recepción al tío en el aeropuerto, a fin de echárselo ahí mismo a la bolsa; mi tío Salvador empezó a hablar ante propios y extraños de sus teorías: “Pero por supuesto, si mi lógica nunca falla”. La tía Julia buscó arquitecto para la ampliación de su casa mientras el tío Mariano hablaba a diestra y siniestra acerca del pronto regreso de su tío multimillonario, no fueran a pensar que andaba haciendo algún negocio… En mal momento a mi mamá, se le ocurrió platicar que había soñado “con caca”, lo que significaba dentro de su supersticiosa personalidad que recibiría una gran cantidad de dinero. Las bajas pasiones no se hicieron esperar, como el dejar de avisar a los demás parientes, en especial a los de San Luis, que tenían fama de ventajosos. Agustín, nuestro primo político, alto funcionario del Banco de Londres y México en ese entonces, inició el rastreo del personaje junto con sus propiedades en Kimberly, todo esto en un lapso de menos de una semana; fue entonces que la abuela quiso poner una hasta aquí pues el grado al que llegaba la broma alcanzaba ya niveles bastante peligrosos, por los que citó a las hijas a reunión en la casa de Santa María.

Carmen Rivera en su casa de Santa María, con mi inolvidable primo Antonio Arribas Azuela, en plena juventud. / Maria Fernanda Arribas Martín

En animada plática, todas seguían haciendo los planes con respecto al destino que cada quien daría a su dinero, todo esto mientras Enrique, hábil prestidigitador, anunció con inocencia que les iba a echar las cartas. A una le dijo que era una ventajosa, a otra la tachó de miserable, esta otra era una floja y así fue repartiendo culpas y curando resentimientos cuando lo que menos les importaba eran aquellos insultos. Llegó así el momento del desengaño, que salió de boca de la abuela: -Bueno niñas, pues esto ya se acabó, dijo muy seria… -¿Pero qué es lo que se acabó mamá? -Al tal tío solamente lo tienen en la cabeza, no hay tío ni hay nada, todo fue una inocentada que inventamos para pasar el rato.

El primer impulso de la tía Julia fue perseguir a Enrique para darle con el palo de la escoba en la cabeza, mientras la abuela y la tía Carmen muy serias, aunque divertidas para sus adentros, contemplaban las reacciones de cada una de acuerdo con su propio temperamento. Esta anécdota la recuperó de manera magistral mi primo Arturo en su exitosa novela, “El tamaño del infierno”.

Siempre atento a los reclamos de Tanita, Enrique le cumplió el capricho de verle recibido como abogado, ya muy entrado en los cuarenta, aunque causando también la vergüenza familiar al haberse hecho acompañar por algunas amigas que a trazas se veían bastante “indecentes”, en el brindis con que la abuela le festejó en Santa María. Tiempo después, para celebrar sus noventa años consiguió que su amigo, Octavio Ponzanelli hiciera el busto de la abuela que se develó en Santa María, mismo que quedó sobre su tumba.

Como ya lo he platicado, estando la abuela próxima a morir, Enrique vistió de gala y llevó sacerdote al pie de su cama, para hincarse frente a ella y recibir su Primera Comunión, dejándola satisfecha y lista para morir en paz.

No era raro ver a Enrique Azuela en algún puerto, en pos de la aventura, como aquí es captado.

Enrique quedaría en una orfandad de la que curó luego de siete años de residencia en Europa, de donde resurgiría en plenitud, como el ave fénix, para seguir compartiendo su genialidad salpicada de alegría y amargura, hasta el final de sus días.

Aquí se quiso tomar una «selfie» con los recursos de aquel tiempo, bailando.

Composición elaborada por Antonio Toño Antuñano González para el centenario del nacimiento de su padrino.

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