MI VIAJE DE CÓRDOBA A VILLA DEL RÍO

POR FRANCISCO PINILLA CASTRO Y CATALINA SÁNCHEZ GARCÍA, CRONISTA OFICIALES DE VILLA DEL RÍO (CÓRDOBA)

Esta semana, mi viaje de Córdoba a Villa del Río ha sido más atractivo que en otras ocasiones. Con las lluvias otoñales, como por arte de magia, el Creador, había alfombrado con un tapiz verde todas las superficies calvas y los cortafuegos de la sierra, así como los valles del trayecto y las extensas praderas que en estas fechas se encuentran sembradas; ofreciendo al viajero, el color verde del paño terrestre un sugestivo contraste con los manteles blancos del algodón; con el verde oscuro de las encinas de las últimas estribaciones de Sierra Morena y con la arboleda del río Guadalquivir: donde los amarillos ocres de sus eucaliptos, plátanos y robles; el blanco de los álamos o el rojo de las adelfas, porfían sus atractivos colores ornamentando la ribera, y su belleza llama la atención como las esparragueras y los geranios que se exponen, en los zaguanes, sobre jardineras de madera con pañitos blancos de encaje

Y al entrar en casa, ya percibo la llama de la vida. Como dije en otra ocasión, el limonero había quedado seco y, desnudas sus ramas por las heladas del invierno; las hojas secas de color oro, arrugadas, volaron por el encementado suelo y arrastradas por la fuerza del viento quedaron arrinconadas en el patio. Lo lloré en silencio, ignorante de que en su interior reservaba fuerza que nuevamente le volvería a la vida; y así comenzaron a brotarle débiles tallitos en las ramas desnudas, que se han convertido en briosas varas y en sus entrenudos han florecido manojitos de flores blancas y limones verdes que ya alcanzan el tamaño de guisantes. A menudo observando su desarrollo me sorprende con nuevos grupos de capullos colgados, como calabazas en miniatura, que se abren en aromáticas flores blancas, el azahar, que descuelgan sus pétalos hasta el suelo dejando una agradable estela perfumada.

La casa nuevamente cobra vida. Los gorriones y los verderones, ante la abundante vegetación han vuelto y el patio va cobrando su imagen de jardín solitario al que acuden los pájaros para comer insectos, revolcarse en la arena y dormir.

Desde mi observatorio, a través del cristal, para no soliviantarlos, vuelvo a oír su trinar y los veo cruzar entre los tallos en vuelos rápidos con su aletear uniforme, uniendo sus picos, y, en el pozo, testigo mudo, en sus puras y tranquilas aguas cristalinas se irán memorizando las imágenes, hasta que otras nuevas en su continuo movimiento las destruyen y sustituyen.

Es por la tarde, está anocheciendo, y con su canto ensordecedor –benditos pájaros que no olvidan su hogar- han vuelto de nuevo a ocupar las ramas del laurel injertado en canelo, y de la parra y del jazmín amarillo. Seguro que entre ellos está aquel “pajarillo despistado” al que una mañana de junio le dejamos la puerta abierta para que se uniera a sus progenitore y le pusimos agua fresca a la sombra del jazmín, cuando se extravió en la casa. Seguro que ya será adulto y en la próxima primavera hará su nido en un lugar cercano y traerá a sus polluelos cuando tengan plumón a este patio vacío para instruirlos en los primeros vuelos, y como él, no aprenderán el a, e, i, o, u, pero sí a defenderse en el medio que le rodea, y a ocultarse de sus depredadores, y sobre todo de los humanos que piensan en la máxima de que “ave que vuela a la cazuela”.

Ya estoy pensando en mañana. Esta noche dormiré aquí y a mi regreso he procurado no tener las puertas del patio abiertas cuando encendí las luces de la casa para no despertar a mis “amiguitos” los pájaros que, tranquilamente duermen; aunque con este compasivo gesto, lamento haberles privado de la regañina que me dedican; pero si los despierto y asustados se van a dormir a otro lugar ¿qué despertar tendré yo mañana por la mañana, si ellos no están? En la noche suspiraré para que sea corta y pueda comenzar pronto a disfrutar de sus trinos al alba.

Nos llega de lontananza el “kikirikiii” de un gallo, que despierta a todos los inquilinos del árbol; y su canto se mezcla con el de los pájaros, que forman al despertarse un bullicioso y largo trinar; y mientras se transmiten encargos, saludos y recomendaciones, no cesan de trasladarse de lugar entre las ramas, los alambres de los tendederos y las antenas televisivas, y uno de ellos, seguramente el jefe de la bandada, se sube al pico más alto del tejado en la cochera, y desde allí orgulloso se pavonea dando saltitos, moviendo el cuello y oteando el espacio antes de decidir la marcha. En poco rato, los obedientes moradores, instruidos como una compañía militar, insuflan como globos sus cuerpos emplumados y con un salto echan sus patitas atrás, ponen su pico de timón y baten alas planeando con la cola, para dirigirse hacia horizontes más halagüeños a su condición de aves voladoras. En sus estiradas para desplegar sacudieron las ramas del limonero y atrás han dejado una lluvia de pétalos perfumados que, en tímido balanceo caen al suelo del patio, donde el verdín inicia su aparición.

Ahora el árbol se ha quedado solo y comienza a maquillarse; durante la noche en las puntas de sus varas han crecido los tallos y las nuevas hojitas son más rosadas y pálidas que el trozo anterior, como naricitas frías de bebés, y al contacto con la luz del día, la lluvia o el calor del sol, adquirirán la uniforme tonalidad. Desde lo alto de la azotea, contemplo sus tallos que, como espigas en que en continuo movimiento, crecen hacia el cielo, y sigo el curso de su preñez; primero con la floración de su cosecha, que este árbol por ser lunero ya tiene azahar en sus entrenudos, más tarde alimentar sus frutos para que engorden y se desarrollen jugosos y sabrosos, y fortalecerse para ser reconocido por sus inquilinos al anochecer.

Querido limonero, tengo para ti nuevas noticias: hoy, un amigo que vive retirado de casa me ha solicitado unas plantas. Dice, que te ha visto y a tus frutos a través de la tapia, y tan prendado de ti quedó, que no veía el medio de pedirme unos vástagos tuyos para exornar su jardín; pues al percibir tu olor, dice, comenzó a adorarte. No me he podido negar, es para ti un cumplido. Así que pronto tendré que visitar otro patio para ver tu descendencia. Tienes mi promesa de que no te olvidaré.

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