DE LOS ANCESTRALES RITUALES CELTAS A LA MÁGICA NOCHE DE SAN JUAN

POR DOMINGO QUIJADA GONZÁLEZ, CRONISTA OFICIAL DE NAVALMORAL DE LA MATA (CÁCERES)

Desde la más remota prehistoria, el hombre siempre tuvo la costumbre de celebrar ciertos acontecimientos que les eran habituales, ya fueran religiosos o paganos. De tal modo que lo hicieron los egipcios, incas y mayas; hindúes, griegos y romanos; pero, especialmente para nosotros y el mundo europeo occidental, las que se derivaron de nuestros ancestrales pueblos celtas a través de vikingos, vetones y lusitanos.

Entre esos clanes que surgieron a con la Edad del Hierro –hace unos tres mil años, para que nos entendamos: siglo arriba, centuria abajo– en los más recónditos lugares que ellos poblaron, al margen de rendir cultos a los numerosos dioses que tenían, sentían una predilección especial por festejar los acontecimientos astronómicos y cambios estacionales. Es evidente, puesto que regían sus ciclos vitales. Éstas eran las ocho principales:

. Yule: solsticio de invierno, cuando se paralizaba la actividad.

. Litha: ídem de verano, encendiendo hogueras para proporcionar más energía al sol (vital en los países nórdicos y centroeuropeo, donde moraban).

. Ostara: equinoccio de primavera, celebrando la floración.

. Mabon: inicio del otoño, loando la segunda cosecha.

Sin olvidar sus periodos intermedios:

. Imbolc: mitad del invierno, recordando la purificación, necesaria para que se desarrollaran los meses –romanos o lunares–.

. Samhain: ídem del otoño, cuando recogían los últimos frutos y alejaban a los espíritus malignos.

. Lughnasad: medianía del verano (“luna de agosto” vetona), inicio de la primera cosecha y obtención de los frutos de la Europa alejada del Mediterráneo.

Los romanos imitaron algunas de ellas, cambiándoles el nombre y la dedicación: el Yule, con las Saturnales (en honor de ese Dios), entre el 17 y el 25 de diciembre; el Imbolc, con las Lupercales y Bacanales; aunque con un fin opuesto, predominando la orgía y el desenfreno, que más tarde originarían los Carnavales. Y otras varias más.

Siglos después, el cristianismo aprovechó esas celebraciones para adaptarlas a su culto, hasta desembocar en las fiestas actuales: el Yule y Saturnales con la Navidad (no existe ninguna prueba de que Jesús naciera el 25 de diciembre, pues hasta siglos después no se fijó esa fecha); el Litha, o solsticio de verano, con la festividad de San Juan Bautista (se justificó aludiendo a que su padre, Zacarías, encendió unas antorchas para anunciar la natividad de su inesperado y tardío hijo); el Ostara con la dedicación a San José y la Anunciación (25 de marzo); el Mabon con numerosas fiestas locales, como San Mateo (21-IX) o San Lino (2º Papa, el 23); el Imbolc con las Candelas; y el Samhaim con el Haloween anglosajón y Todos los Santos y Difuntos Cristianos (recordando que en esa fecha es cuando se produjo la gran persecución de Diocleciano.

Regresando a la Noche de San Juan, hoy ya festejo popular, no existe uniformidad respecto a su celebración: unas localidades la festejan durante la madrugada del 23 al 24, mientras que otras lo hacen entre el 24 y el 25.

Pero todas ellas tienen algo en común: el encendido de hogueras en las calles, plazas y playas, con todo el ritual del fuego purificador asociado. Es la magia de una noche especial, la celebración del triunfo de la luz sobre la oscuridad, del amor y la fecundidad. Asociado a una serie de ritos ´similares, pero muy variados: saltar por encima del fuego (siete, caso de Alicante; o nueve, como en Galicia) o sobre las olas del mar (dando la espalda), caminar sobre las brasas descalzo (en mi pueblo natal lo hacíamos cuando yo era niño y adolescente, tras quemar tomillo, lavándula y otras plantas aromáticas; introduciendo después unas ramas de las mismas en la casas, para purificarlas); la quema de los ‘Juanillos’ en Cádiz, parecidos al “Hombre Inicuo de Navalmoral; escribir deseos en un papel y quemarlo en las hogueras de la playa. Mas otras muchas relacionadas con las más variopintas supersticiones, relacionadas con el amor o la fertilidad de la tierra: dormir con tres patatas bajo la almohada; predecir el futuro de una relación, colocando dos agujas en un cuenco profundo lleno de agua y observando si se separan o se unen; hacer una cruz en los árboles a medianoche, para que se cumplan las promesas y se mantengan durante toda la vida; poner siete velas en una superficie cubierta con una tela roja para atraer la pasión, el valor y la protección (entre otras virtudes); enterrar un trozo de vela que haya ardido durante esta mágica noche, para pedir la fertilidad de la tierra y de las cosechas; encender dos velas rojas en el dormitorio y quemar con ellas un papel que incluya el nombre de una persona deseada; recoger nueve flores de cualquier tipo y colocarlas bajo la almohada, para tener sueños que desvelen aspectos sobre el futuro; beber agua de un manantial recogida la mañana siguiente de la Noche de San Juan, para ahuyentar el mal de ojo; vestirse de blanco (color símbolo de pureza al igual que el fuego), y un largo etcétera.

Para atraer la buena suerte y dejar de lado los malos augurios, sin tener que recurrir a amuletos para la buena suerte, cada lugar decide celebrar la noche de San Juan con su propia idiosincrasia: los petardos retumban en el Mediterráneo, mientras en el otro extremo, en Galicia, las queimadas y el asado de sardinas (ayer triplicaron su precio, según el Telediario) son las reinas del momento noctámbulo por excelencia. Los jóvenes incrementan los “botellones y, en el resto de Europa, no se quedan atrás.

Múltiples teorías y justificaciones, emotivas la mayoría, pero muchas de ellas erróneas: por ejemplo, siempre me llamó la atención: la creencia de que el gran astro estaba enamorado de la Luna (o de la Tierra, según a quién se pregunte), por lo que en el solsticio de verano se negaba a abandonar a su amada. Así, la noche más corta del año sería la fecha idónea para que la gente celebrase su amor y se expresaría el elemento romántico que parecía existir en torno a la actual Noche de San Juan. Esta explicación hace que cobren más sentido los encantamientos y rituales relacionados con la fertilidad y el amor. Pero, como adelantaba, tal hecho es falso, puesto que en el solsticio de verano (sobre todo en la primera semana de julio) es cuando la Tierra y la Luna están más lejos del Sol (el calor no es por la cercanía, sino por la verticalidad de sus rayos).

Y, como nos estamos alargando, finalizo con una costumbre que se celebraba en Navalmoral hace años en esta noche singular (según me contaban nuestros “mayores”, la mayoría difuntos ya): había mozos que hacían simulacros de plantar árboles en la puerta de la «moza» que pretendían (deseaban «echar raíces») y, al día siguiente, si permanecía era indicio cierto de que era aceptado, lo contrario de si era eliminada: los afortunados celebraban «rifas» para sufragar las verbenas; con suelta de dos «vaquillas», una para los solteros y otra para los casados.

¡¡¡FELIZ NOCHE DE SAN JUAN!!!

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