UN FONTANÉS EN MONTIJO, MIGUEL CUÉLLAR PECERO

POR MANUEL GARCÍA CIENFUEGOS, CRONISTA OFICIAL DE MONTIJO Y LOBÓN (BADAJOZ)

Junio, en su despedida, quiere hablarnos de cuando los hijos de “La Preciada” vendían dulces en el paseo, del señor Benito Terruelo que despachaba cisco, carbón y picón en “El Piquete”, de Manuel Arias “El Colorao”, quien, con la frasca en la mano, bajo ceremonioso rito, ordenaba al cliente “Apura que te llene”, y de Ben Barek, dignidad hecha persona, que vendía lotería y faenaba sacando brillo a los zapatos de los señoritos en el casino. Fue entonces cuando un fontanés, Miguel Cuéllar Pecero, llegó a Montijo.

Miguel Cuellar fue acogido con el corazón abierto, y eso que muchas veces solo sabemos abrir los brazos. Miguel, con la nobleza de su trabajo, incorporó a sus dos apellidos cuatro más. En la pescadería, en las cajas, habitaba el color de plata de las sardinas, las lágrimas de la pescadilla y la frescura de la merluza de pincho. Sobre el mostrador del bar se deslizaba la ilustre y fervorosa tiza bajo el dictado de la aritmética. Sus camiones, otro de los negocios, transportaban muy lejos mercancías. Y los espejos de las columnas del salón de baile, ¡ay, los espejos!, testigos de las risas de las jóvenes parejas, que cuando se arrimaban, al mirarse en ellos, se descomponían. Y con los apellidos, la hermosura y la gloria en el alma de cuatro nombres, Luisa, Esteban, Isabel y Mari Carmen

Miguel, con los años, alquiló el bar pasando a manos de José Sánchez, quien le puso el “Bar de José”. En la cocina, Juliana Vega, su mujer, sacaba, entre otros, unos excelentes montaditos. Los días de baile, una valla de madera, una cancela, separaban los territorios. Algunos, en busca de un trago, llegaban hasta allí bailando la yenka.

Cuando llegabas al salón del baile, pasabas primero por la señora Luisa, quien tenía para la recaudación, por caja de caudales, una hermosa y esbelta lata de dulce de membrillo de Puente Genil. Luego te esperaba Tani, el portero. Al fondo, a la derecha, estaba el escenario, y encima de él, “Los Rebeldes”. Los músicos, con agrado y simpatía, recibían las peticiones de las parejas. Rescato, en esta hora cierta de melancolía colectiva, el aroma y la música que daba entrada a la voz de Alfonso Romero, con su bolero sentimental “Reloj, no marques las horas”. Todos, absolutamente todos, queríamos que el reloj detuviese el tiempo, haciendo aquello perpetuo, para que nunca ella, con la que estábamos saliendo, a la que abrazábamos bailando, se fuera, ni tampoco amaneciera. El baile, luego, se reconvirtió en Esmay 3, porque llegaron las discotecas.

Hoy, tras los años, la antigua memoria sentimental, me ha traído los recuerdos y los tiempos de cuando las jóvenes, subidas en unos tacones, gustaban de mirarse y retocarse los labios, en los espejos del baile de Miguel Cuéllar, esperando que les llegase un novio. Mientras en el salón se escuchaba “Amapola, lindísima amapola, cómo puedes tú vivir tan sola”.

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