EL VIRUS NO ME HA HECHO LLORAR

POR ÁNGEL ESTEBAN CALLE, CRONISTA OFICIAL DE CASLA (SEGOVIA)

Antes de que viniera a España el coronavirus, mis ojos eran propensos a llorar y mis sentimientos se convertían fácilmente en lágrimas.

El abrazo a una persona querida, contemplar una película tierna, escuchar un poema bien recitado, asistir a un entierro o simplemente ver a un perro herido, quejándose con ladridos lastimeros, eran motivos suficientes para que mis párpados se humedecieran.

Sin embargo, desde la aparición del covid-19 (si es correcto llamarlo así), me es imposible llorar, aunque hayan sucedido y sigan sucediendo tantas desgracias, a nivel personal y social. Una cosa es que yo sufra internamente y otra es que esos sufrimientos los pueda trasladar al exterior.

PERÍODO DE HOSPITALIZACIÓN

Tengo que reconocer que ese malvado virus llegó a alojarse en mis pulmones y, gracias a la oportuna intervención de la excelente doctora de mi Centro de Salud, pude ingresar en el Hospital de la Fundación Jiménez Díaz, donde permanecí desde el día 1 hasta el 10 del pasado mes de abril, para pasar dos días más en una Residencia Medicalizada. No voy a decir que mi estancia en ambos centros fuese agradable dadas las circunstancias, pero sí puedo afirmar que mi visión no se enturbió en ningún momento. Supongo que pudo influir mi facilidad para crecerme ante las adversidades; pero me ayudó mucho más el magnífico y amable trato recibido por parte de todo el personal sanitario que me atendió durante esa dura etapa: médicos, enfermeros, auxiliares, etc.

Finalmente recibí el informe del “Alta de Hospitalización”, en el que se afirmaba: “El paciente es covid negativo, así que no necesita cuidados especiales de aislamiento”. Entonces tampoco lloré, a pesar de mis penas y alegrías, ni siquiera cuando el doctor me explicó lo que eso significaba: que ni yo podía contagiar a los demás, ni los demás me podían contagiar a mí.

MI VUELTA A CASA

Al volver a mi domicilio, tuve la suerte de que mis hijas supieron cuidarme, sobre todo los primeros días, con un cariño y una dedicación muy especiales, lo cual me sirvió para recuperar el ritmo de mi anterior vida habitual, eso sí, dentro de la situación de confinamiento y con las debidas precauciones.

En esos días tampoco se humedecieron mis ojos, aunque en mi corazón guardo, y conservaré siempre, el profundo sentimiento de amor paterno y de agradecimiento hacia ellas. Por supuesto, mi cariño lo hago extensivo, por haber estado tan pendientes de mí, a mis nietos, hermanos, yernos, sobrinos y demás familia, sin olvidar a mis buenos amigos.

REFLEXIÓN FINAL

Esta temporada difícil me ha servido para apreciar muchas cosas que antes me pasaban desapercibidas y también para aumentar mi fortaleza interior.

Y si alguien observa alguna vez, en mis ojos, una lágrima que resbala hasta mis mejillas, puede asegurar que no se debe a la pandemia sufrida, sino a que una ráfaga de viento ha irritado mis pupilas.

Sin Comentarios.

Responder

Mensaje