LA CASA DE LAS HIJAS DE SANTA CLARA

POR MANUEL GARCÍA CIENFUEGOS, CRONISTA OFICIAL DE MONTIJO Y LOBÓN (BADAJOZ)

Este es un lugar de calma y recogimiento. ¿Puede darse un recinto que albergue más paz, más serenidad y sosiego que el de un convento? Grandes y gruesos paredones, rejas donde las oraciones y las letanías desafían al mundo. La espadaña en lo alto de sus tejados. La puerta de la iglesia. El locutorio. Otras puertas siempre cerradas que no sabemos a qué estancias comunican. El olor a las flores de sus claustros y el dulce sonido de una campana que nos despierta de las torpezas de este mundo. Sobre la cubierta del coro alto de la iglesia del convento de religiosas clarisas franciscanas, se alza una airosa espadaña triangular de cuatro cuerpos, coronada por hileras de pilares y un trapecio, cuya cara frontal lleva pintado el escudo de la Orden (dos brazos, uno desnudo, el de Cristo, el otro, el de San Francisco, vestido; encima de ellos una cruz). Cada uno de sus dos cuerpos inferiores lleva tres vanos enmarcados por medias columnas; el mayor de todos lo ocupan tres campanas. Tiene la superficie decorada con esgrafías geométricas de trazo popular, medias bolas y cerámica. Remata la espadaña una sencilla veleta, cuyo modelo se repite en la coronación del torreón cubierto y en la coronación del tejado que acoge la cúpula semiesférica sobre pechinas situada en el presbiterio de la iglesia del convento.

La luz dorada de la mañana de verano llega por la calle Acinco, inundando los tejados y apoderándose de la plazuela de las monjas. Acinco, Santa Ana (antigua del Miradero), Peñas (donde estuvo la Judería), calleja a la calle de Arriba, calle de Atrás (que desde su principio fue la calle Acinco, luego de Sevilla), hoy del médico Esteban Amaya. La luz rastrea antiguos oficios de artesanos y mercaderes en tiempos de saludable concordia. De rezos en el oficio de las horas de las hijas de madre Santa Clara. Primero beaterio, luego convento. En la esquina, sobre la roca, en silencio, una columna, principió a edificar y labrar la casa. Por San José, los cubiletes reales nacidos de unas expertas manos dulceras traspasan el torno del zaguán del convento de las hijas de Santa Clara. Basta solo con mezclar sus ingredientes: huevo, aceite, harina, agua, almendras y azúcar, junto con tres salves, un padrenuestro, la gracia de unas manos, paciencia y oficio que hacen que sepan luego a gloria bendita. Tradición, intimidad, antiguas recetas y el toque de unas mujeres dadas a Dios.

Por la ventana que hay en el muro izquierdo de la iglesia, frente a la reja, en la que las hijas de Santa Clara rezan, una luz tenue la atraviesa. Se oye un ligero murmullo de oraciones de vísperas. Cae la tarde. Late el Santísimo expuesto. La emoción y el silencio afinan la penetrante mirada haciendo que todo sea proclamado. La verdad habla dentro del alma sin ruido de palabras. Desde la reja de la clausura habita la libertad más absoluta de unas mujeres que creen en Él con tanto realismo y entrega que le han consagrado sus vidas. Ellas son felices sirviendo a Dios.

Tras llamar, al otro lado, se oye una voz suave y tierna: ¡Ave María Purísima! Para responder: ¡Sin pecado fue concebida! Por la rendija del torno nos llega un olor a costrada, mantecados y corazones de almendra. Mientras, con paciencia, permanecemos a la espera.

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