(25).- HISTORIAS DE FUENTE-TÓJAR: LA LEYENDA DEL “BARRANCO DE LA BRUJA”

POR FERNANDO LEIVA BRIONES, CRONISTA OFICIAL DE FUENTE-TÓJAR (CÓRDOBA)

El dieciséis de junio ha hecho ocho años que, con motivo de la finalización del Curso Escolar, se celebró un emotivo acto en la Plaza de la Fuente: La teatralización del cuento del Barranco de la Bruja. Al evento, bajo el título “¡Qué trajín en Tójar, Juana!” (LÁM. 1), el AMPA “Canteruela” del CEIP Ntra. Sra. Del Rosario le dieron vida al “Cuento” adaptándolo a las secuencias de la narración, desde la aparición de los personajes en escena hasta el exorcizo y el final feliz de los jóvenes enamorados (vid infra).

Esa leyenda y otros decires me los relataban mis abuelos paternos (papa Fernando y mama Carmen) cuando de niño me sentaba apoyando mi cabeza en su regazo junto a la lumbre los días de frío, o cuando salíamos al campo, o cuando las tardes-noches de verano en el huerto de su casa contemplábamos la Luna llena: “Que si la figura que aparece en la Luna es la de un leñador encantado… Que durante la Inquisisión los padres que tenían hijas guapas las emparedaban para que no abusaran de ellas los curas ni los ricos… Que dicen que hace tiempo existía en el pueblo un misterioso grupo de gente y que si algún miembro lo abandonaba o si se iba de la lengua los otros lo mataban en El Huerto Francés… Que en el pueblo había unos pocos bandoleros… Que las noches previas a la Guerra Civil hubo un corrimiento de estrellas y que el cielo de la Campiña parecía cubierto de sangre… Que… Que… Y el cuento del Barranco de la Bruja”.

El Barranco de La Bruja (LÁM. 2) se localiza al Norte del término de Fuente-Tójar, a unos cuatro km. del municipio. Se halla en medio de los parajes de La Dehesa, a un lado, y Las Suertes del Rey y Los Llanos del Piojo, al otro. El Barranco, muy profundo, finaliza en un meandro del río Caicena o de Todos Aires. Sus laderas se hallan cubiertas por una vegetación raquítica a base de alcaparras, espartales, tomillos, retamas, ajonjeras y algún que otro majoleto y chaparro, y en su fondo abundan los cañaverales, los juncos y los tarajes que dan cobijo a un sin fin de pájaros y en donde pululan conejos, comadrejas, zorros y ranas. En los terrenos más elevados circundantes se dejan ver, de trecho en trecho, las mandrágoras.

El Barranco en sí comienza en el vértice de una “V” cuyos lados son otros dos barrancos más pequeños formados por el discurrir de sendos arroyuelos nacidos uno, en Malacara, y el otro, en Los Alamillos. Ambos se encuentran separados por una singular elevación amesetada triangular. El lugar donde coinciden ambos cañones se le conoce como La Nariz del Barranco de la Bruja o simplemente La Nariz de la Bruja, llamada así por el peculiar aspecto del promontorio. A su pie existen varias covachas (LÁM. 2 a, b y c, respectivamente). Y es precisamente en La Nariz donde, según el cuento narrado por mi abuela, ocurrió lo que sigue: “Hubo una vez en Fuente-Tójar una pareja de novios nacidos en el seno de dos familias muy linajudas, pero como Tójar es un pueblo chico, los chavales se conocían desde niños. Sus primeros galanteos comenzaron en la pubertad. A partir de entonces sus relaciones amorosas fueron muy entrañables; sin embargo, llegó un momento en que el joven se percató de que las noches de plenilunio de los últimos meses su amante no acudía a la cita cotidiana. Corría el otoño. El infeliz mancebo fue comentando el evento con sus parientes más próximos y amigos íntimos. Estos últimos, que conocían a fondo la recíproca pasión que sentían los donceles, se hicieron cruces de ello… No daban fe a lo que oían, pero trenzando los cabos sueltos cayeron en el por qué y le contaron, de no muy buena gana al muchacho, que en verano, mientras pernoctaban a prao en sus fincas de Los Limares y de Los Alamillos guardando las caballerías, las viñas, los melonares y las higueras, en más de una ocasión creyeron ver las siluetas de nueve mujeres desnudas surcando sigilosamente los cielos en dirección al Barranco, y que mientras dormitaban, merced al silencio nocturno, escuchaban una tremenda algarabía de raros cantos femeninos y que entre los gritos, provenientes posiblemente de La Nariz del Barranco, atisbaban una voz semejante a la de su novia, si bien no le habían dado la menor importancia por creerlo fantasía. A raíz de aquello el muchacho extremó la vigilancia hacia su prometida, sin embargo no le hizo comentario alguno; es más, cuando le preguntaba que qué había hecho la noche anterior o dónde se encontraba en la hora convenida de la cita, la chica siempre contestaba lo mismo: ´Tú eres quien no acude al encuentro, yo estoy asomada a la reja de mi cuarto esperándote, después, al ver que no llegas, me voy a la parte trasera del jardín donde me esperan unas amigas y nos entretenemos jugando a las cartas y a las adivinanzas; entretanto libamos unos licores agridulces que fabrican y llegamos al éxtasis. Después se marchan y yo debo acostarme, porque cuando de madrugada vuelvo en mí estoy en la cama, eso sí, algo cansada y con dolor de cabeza, como si me hubiese emborrachado´.

Esta respuesta perturbó tanto al joven que creyó enloquecer, lo que le llevó a consultar a personas de conducta recta y a los santones de la zona. Unos y otros, tras estudiar la cuestión, le explicaron que el suceso tenía todas las trazas de ser obra del diablo y que su novia podría estar embrujada. El chaval les pidió consejo. Ellos le recomendaron que la noche de la próxima Luna llena se personara de incógnito en El Barranco donde, tal vez, la encontraría; pero que para no despertar sospecha debería salir del pueblo deprisa, en sigilo y vistiendo su mejor indumentaria en el preciso instante en que los primeros destellos del satélite se vislumbraran por el monte del Tesorillo (LÁM. 3). Tomando buena nota de ello así lo hizo, y galopando en su caballo blanco y cubriéndose con su capa blanca con una cruz roja bordada se presentó en La Nariz en pleno aquelarre hallando a la joven tendida en el suelo, en cueros, tiritando, fuera de sí y rodeada de brujas (LÁM. 4 y LÁM. 5).

Éstas, armando un espeluznante estrépito y maldiciendo al imprevisto testigo recién llegado, levantaron el vuelo dando alaridos, conjurando en los cuatro vientos y dispersándose por Los Barrancos, Los Tajos y El Piojo; mientras tanto, el mozo acercándose a su novia la besó y la cubrió con su capa, y arrodillándose exorcizó el lugar con sus rezos (LÁM. 6 y LÁM. 7). Tras ello, la joven iba volviendo poco a poco a la realidad deshaciéndose su hechizo. De regreso al pueblo la zagala le contó que desde hacía varios meses, las noches de Luna llena, tenía compañas con unas extrañas mujeres que se habían presentado por sorpresa en su casa aprovechando que no estaban sus padres, que aquellas mujeres eran muy afables y tenían unas interesantes conversaciones relacionadas con otros mundos y que le daban de beber unos cocitorios que hacían machacando yerbas campestres (LÁM. 8 y LÁM. 9) y que a partir de entonces no recordaba bien qué es lo que ocurría (LÁM. 10), pero que entre sueños entreveía que volaba después de untarse en los sobacos huesos triturados de muertos que por lo que tenía entendido buscaban por Villarta y por La Ratonera. ¿Y qué pasó?, pregunté a mi abuela.

Pues que una vez restablecida se casaron tiempo después y que fueron felices con los muchos hijos que Dios les dio, me respondió. ¡Ah!, se me olvidaba, también me dijo que desde entonces a aquel lugar le llaman El Barranco de la Bruja”.

En el Cuento coexisten la más pura fantasía (brujas), el personaje legendario con su característica indumentaria (¿caballero templario?) y lo real, como es el Barraco, a lo que hay que sumar una cruz y una copa (propias de la Orden Militar Templaria) que en un lugar oculto ¿puesto de control del territorio? (LÁM. 11) grabaron en tiempos imprecisos (¿primer tercio del s. XIII?) en Las Cabezas (LÁM. 12), hoy repintadas por Narciso Jurado Ávalos “Siso” (LÁM. 13), las cruces de Caravaca halladas en diferentes puntos del término, actualmente en el Museo Histórico Municipal (LÁM. 14), las del Libro Inventario de la Parroquia de Ntra. Sra. del Rosario (LÁM. 15) y las del hábito de San Antón (LÁM. 16, la imagen decapitada se expone en el M.H.M. de Fuente-Tójar, mientras la de la derecha luce en su templete en la Plaza de la Fuente). Suponiendo que nuestro protagonista fuese templario, pudo haber utilizado cualquiera de la gama de cruces que manejaba la Orden: la roja con los brazos más anchos en sus extremos (la más característica de todas), o bien la griega, la paté, la tau, la patriarcal (la de Caravaca) e incluso la latina (Vid: LEIVA BRIONES, F. (2005): “Los Templarios y Fuente-Tójar (Córdoba), entre el cuento y la realidad”.

En Crónica de Córdoba y sus Pueblos, XI, pp. 85-109. Córdoba, 2006). Ídem (2008): “Cruces de Caravaca presentes en el Museo histórico municipal de Fuente-Tójar (Córdoba).

En Caravaca y la aparición de la Stma. y Vera Cruz: actas del II Congreso de la Asociación de Cronistas Oficiales de la Región de Murcia / coord. por Luis Lisón Hernández, pp. 177-186. Puede verse más ampliamente consultando la página pacolaboega.

Dirección: fuentetojar.webcindario.com. Nuestro agradecimiento a D. Narciso Jurado Ávalos (N.J.Á.) y a D. Agustín Barea Moral (A.B.M.) por habernos cedido sus fotos para esta ocasión.

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