LAS BRUJAS DE VERDELENA

POR JOAQUÍN CARRILLO ESPINOSA, CRONISTA OFICIAL DE ULEA (MURCIA)

Sierra de Verdelena.

Corrían los años de la post guerra entre 1942 y 1949 y, en el paraje de «Los Tollos», en la ladera norte de Verdelena, se daban cita las mujeres mayores, casi todas viudas y enlutadas, que vivían en aquel paraje de «La Rambla». De hecho, desde mi perspectiva de un niño de corta edad, parecían verdaderas brujas, venidas de otras latitudes, que nos producían terror. Menos mal que las conocíamos a casi todas. A pesar de todo, hablaban en un lenguaje que no entendíamos y siempre nos movíamos con sigilo; en un silencio maquiavélico.

Allí, estas ancianas mujeres, se daban cita en las noches veraniegas, alumbradas por un rosario de estrellas rutilantes y la luna, en cuarto creciente o llena.

Unas veces en casa de la tía Juana Antonia y, otras, en la de la Tía Josefa del «tío de la pipa». Eran las únicas que tenían una casa de huerta. Modesta pero aceptable. Las demás vivían en cuevas o barracas, sin higiene, ni luz, ni ventilación. Yo vivía con mi abuela Clarisa en una de ellas y con mi abuelo Joaquín; hasta que falleció en noviembre del año 1944.

Allí se daban cita la Tía Segundina, del Manco; la tía «Cascos», madre de Carlos España; Asunción, de Justo; Isabel, de Chichás; Josefa, del tío de la pipa; María Benavente, la de José el Gallo; Elena, la de Antonio «El Antolinos» Dorotea- con más de 90 años- y su hija «Tía Juana Antonia, madre de Evaristo y Josefa»; Encarnación; la tía Rosina y Clarisa, la de Joaquín el botijón. Algunas veces subían a dichas reuniones Ginesa, la mujer de José María Cutillas, y su vecina Amalia, la viuda de Peñaranda; ambas acompañadas por Cutillas; ya que Ginesa Rodríguez era hija de la Tía Josefa y el tío Francisco «el de la pipa», también conocido por «el tío Francisco «El gallina».

Durante el verano se reunían a la intemperie, junto a la casa y, en épocas menos bonancibles en el interior de sus viviendas. En las cuevas no cabía tanta gente y, además, el tufo del candil o de la pava de mariposas hacía que el poco aire reinante se hiciera irrespirable.

Casi todas eran viudas y, algunas, como mi abuela Clarisa, dejaba a su marido tumbado en un catre, en la cueva y, al igual que otros nietos/as, yo, un mequetrefe entre cuatro y diez años, acompañaba a mi abuela para que no se cayera por aquellos barrancos y vericuetos; ya que éramos los únicos que vivíamos en la ladera del monte Verdelena. Mientras las abuelas hablaban de sus cosas, los pequeños nos contábamos detalles de la escuela y jugábamos con lo que teníamos a mano; al menos nos entreteníamos y, al mismo tiempo, nos comíamos algunas galletas, peras o manzanas en dulce o algún raspajo de uva, que la tía Josefa o la tía Juana Antonia, ponían sobre la mesa para que nos las comiéramos y nos fuéramos a jugar al escondite o al pillar, en los aledaños de la casa. De esa forma se deshacían de nosotros para que no les estorbáramos y pudieran efectuar sus «aquelarres» nocturnos. Confieso que a veces me daban miedo y, al regreso, me cogía del delantal de la abuela para que no me saliera nadie de entre los árboles. Sí, a veces me abrazaba a la cintura de la abuela y no me soltaba. Un poco enfadada, me decía que la iba a tirar al suelo y yo iría detrás. Alguna vez ocurrió.

Al llegar a la balsa del canal, en las noches estrelladas, divisábamos «a la viuda del tío cascos», a la Asunción, «viuda del tío Justo» y a la tía Segundina, la verdadera bruja viuda del tío Carrillo «El Manco», andando por el camino del bancal de «La senda». A la Isabel de Paco el Chichás, que salía a esperarla, porque le daba miedo transitar por la noche, por el camino de «Los limoneros». A la Elena del tío Antolino y, a la María del Tío José «el Gallo», por el camino interior que colindaba con la finca del tío Julio Molina «El Carrasco» y, a la tía Juana Antonia y Encarnación de «La Rosina», por el camino que era lindero entre la finca de Joaquín Pastor y la de Federo Carrillo. Muchas veces salía a esperarles Pedro «El de la Paz y sus hijas Fina y Carmen». Ginesa, Amalia y José María Cutillas, bajaban hasta sus casas-cuevas, por la vereda de Federo, Lunares y Ernesto Ríos Torrecillas.

El verdadero problema surgía cuando subíamos por la cuesta de la tubería; ya que, cuando les tocaba la tanda de riego, por el canal de arriba se derramaba agua y siempre estaba mojada y con barro. Recuerdo una noche que estuvimos a punto de caer los dos al bancal de los melocotoneros; porque dábamos un paso adelante y tres hacia atrás y no se me ocurrió nada más que ponerme detrás de la abuela y empujarla por el culo. Cuando llegamos al pie del canal, se detuvo, sonrió y me dio un abrazo. El abuelo, que se durmió en una mecedora, a la entrada de la cueva, se despertó y le contamos la odisea. A pesar de estar muy enfermo, «sonrió».

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